Santo Tomás, un apóstol que difundió en el mundo la única fe

Cristina Siccardipublicado el

El 21 de diciembre el calendario del Vetus Ordo recuerda a Santo Tomás, el Apóstol que dudó de la Resurrección de Jesucristo (Jn. 20, 24-29). ¿Cuántos hoy dudan y son incrédulos frente a una Iglesia que no anuncia más la Buena Nueva y no pide más a las personas convertirse a Cristo, sino al ecumenismo, al pluralismo, al globalismo, a la multietnicidad? Santo Tomás vio y tocó las llagas del Señor, después creyó. En la situación en la cual nos encontramos sería más fácil creer en la resurrección de Cristo, como lo hicieron las multitudes de cristianos, después de siglos y siglos de espera de la llegada del Mesías a la tierra por parte del pueblo elegido, que creer en el ecumenismo que, desde el Concilio Vaticano II, académicos y teólogos, incluyendo los Pontífices, están tratando de suministrar por todos los medios a las almas, ahora más que nunca sedientas de verdad, seriedad, certezas evangélicas, unidas en Aquel que es el Hijo de Dios, Uno y Trino. De hecho, los autores del ecumenismo continúan lamentando una carencia de resultados.

Palabras vacías y erróneas se han acumulado sobremanera en estos cincuenta años, de ahí que la gente continúe permaneciendo distante de esta argumentación, tal como se deduce del libro de Mons. Vincent ChukwumamkpamIfeme (docente del Instituto Superior de Ciencias Religiosas Redemptoris Mater de Ancona y director del Oficio para el ecumenismo y el diálogo interreligioso), prefaciado por Riccardo Burigana, Director del Centro de Estudio para el Ecumenismo en Italia (Venecia). El texto, que no es propositivo sino impositivo, tal como se desprende del mismo título: El ecumenismo no es optativo (San Pablo), se propone explicar de forma divulgativa el concepto ecuménico para colocarlo en práctica, difundirlo y, por lo tanto, hacerlo objeto de misión.

Se lee en el prefacio que el Papa «Francisco multiplicó encuentros e intervenciones para promover el crecimiento de la comunión como primero e irrenunciable paso hacia la construcción de la unidad visible. Sus palabras y sus gestos abrieron nuevos horizontes […]. Debe ser enfatizado que las nuevas perspectivas de un testimonio ecuménico involucraron también a las otras religiones en la construcción de una cultura de la acogida arraigada en la escucha y en el diálogo, y de la paz fundamentada en la reconciliación de la memoria y sobre el ejercicio de la justicia.»

La Iglesia es misionera cuando enseña la doctrina y el catecismo, no cuando establece intercambios con falsas religiones, incluidas las protestantes. Cuando Santo Tomás reconoció a Jesús salió a predicar el Evangelio para convertir, colocando en riesgo su propia vida: si Cristo había sido condenado a muerte por haber revelado la Verdad, los apóstoles de su tiempo y los del futuro, llamados a predicar y a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hasta el fin del mundo, eran y siempre serán llamados a seguir a su Maestro a costa de su propia vida, como lo han hecho tantos y tantos mártires de la Historia de la Iglesia. Cristo y sus discípulos nunca perdieron tiempo en escuchar a los paganos o a los creyentes de otras religiones: utilizaron su precioso tiempo en la tierra para convertir, y cuando se cerraron a esta misión cristológico lo hicieron únicamente porque se les impidió por la fuerza. Tomás, después de su conversión, sembró la Verdad que entonces poseía y, misericordiosamente, salió a repetirla en alta voz más allá de los confines del Imperio Romano, en Persia y en India, donde fundó la primera comunidad cristiana.

Dice Jesús: «Y si alguno no quiere recibiros ni escuchar vuestras palabras, salid de aquella casa o de aquella ciudad y sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad, os digo, que en el día del juicio (el destino) será más tolerable para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad» (Mt. 10, 14-15).

Santo Tomás llevó el Evangelio primero a Siria y después se detuvo en Edesa, en la Turquía sudoriental, donde convirtió a Tadeo, que pasó a ser Obispo, en seguida fundó la comunidad cristiana de Babilonia, donde permaneció siete años. San Eusebio de Cesárea cuenta que Tomás dejó a Tadeo la conducción de la comunidad cristiana en la Mesopotamia porque decidió viajar en dirección a la India sudoccidental, que alcanzó por vía marítima en el año 52. Inició su prédica en la ciudad portuaria de Muziris, donde vivía una floreciente colonia hebraica. Convirtió al cristianismo a hebreos e hinduistas, la mayor parte de los cuales pertenecía a las castas, así como a los primeros sacerdotes cristianos. Las ciudades de Malabar – hoy parte de Kerala – en las cuales Santo Tomás fundó comunidades cristianas fueron: Maliankara (hoy Malankara Dam), Kottaikkavu, Niranam, Kollam y Gokamangalam (hoy Kothamangalam).

Precisamente él, a quien Jesús se había revelado con palabras amargas: «Porque me has visto, has creído: ¡dichosos los que han creído sin haber visto!» (Jn. 20, 28), no escatimó esfuerzos para la evangelización de la única Verdad traída por el Salvador y, nunca saciado de conversiones, se trasladó también a China para difundir la Buena Nueva, para volver nuevamente a la India a fin de evangelizar a la población de la costa oriental. Murió mártir en Maila-pur (ciudad comúnmente citada como Mylapore), sobre la costa de Coromandel, India suroriental: tal vez, por voluntad del Rey Misdaeus (Vasudeva II), fue atravesado por una lanza. El martirio se consumó sobre una colina cerca de la actual Chennai, capital del Tamil Nadu, el 3 de julio del 72.

Marco Polo, en el Libro Del Millón, narra que de los descendientes de los asesinos del Apóstol habría nacido la casta indiana de los parias. Santo Tomás fue sepultado precisamente en Mailapur, donde fue levantada una iglesia. Allí, en el 1523, los portugueses efectuaron una excavación en los cimientos de la Basílica, llamada «Casa de Santo Tomás», meta de peregrinaciones. Se encontró una sepultura a pocos metros más abajo respecto al nivel del edificio sacro. Mientras pocos metros más allá fue encontrada parte del revestimiento de cerámica, gracias al cual fue posible fechar el lugar arqueológico: Siglo I d. C.

En el siglo III, durante una persecución contra los cristianos, los fieles salvaron los huesos de Santo Tomás y los transportaron a Edesa, donde la Tradición cuenta que allí se encontraba el mandylion acheropita (imagen no producida por mano humana, trasladada a Constantinopla en el siglo X, de la cual se perdió el rastro en 1204, cuando la ciudad fue saqueada durante la cuarta Cruzada: es probable que esta tela fuera el Santo Sudario, es decir la Sábana Santa, en la cual fuera envuelto el cuerpo de Cristo. Edesa se convirtió en el centro irradiador del Cristianismo siríaco en Oriente. Posteriormente los despojos de Santo Tomás fueron trasladados a la Isla de Chios, en el mar Egeo. En 1258 el navegador de Ortona, la ciudad del Abruzzio, el devoto Leone de la familia florentina de los Acciaiuoli (?-1300), veterano de una expedición naval compuesta por tres galeras para apoyar a los Venecianos en guerra contra los Genoveses, llevó el cuerpo del Santo y la lápida a Italia.

Las reliquias llegaron el 6 de septiembre de 1258 a la ciudad marítima de Ortona y encontraron descanso en Santa María de los Ángeles, después denominada Basílica de Santo Tomás Apóstol, donde están aún guardadas. La iglesia fue blanco de muchos enemigos y fue destruida varias veces: en el 1566 sufrió el asalto de los Turcos de Piyale Pascià; en 1799 fue atacada por los franceses, pero los despojos de Santo Tomás no sufrieron daño. Hasta que al llegar el 5 noviembre de 1943, el Vicario de la diócesis, Monseñor Luigi Carbone, el párroco P. Pietro Di Fulvio y el P. Tommaso Sanvitale decidieron con la ayuda de dos albañiles -Nicola Di Fulvio, hermano del párroco, y Peppino Valentinetti- proteger el busto de plata de Santo Tomás, objeto de interés de los alemanes: lo amuraron en el segundo piso del campanario, en un ángulo obscuro, cubierto de leña. Ortona fue bombardeada: hubo más de 1300 víctimas civiles y todo el patrimonio edilicio se derrumbó, incluida la Catedral de Santo Tomás. Pero las reliquias del Apóstol fueron milagrosamente encontradas bajo el altar, construido sobre la tumba, así como el sagrado busto en plata, sacado del muro donde había sido ocultado.

La catedral reconstruida fue abierta al culto y dedicada el 5 de septiembre de 1949, con una solemne ceremonia celebrada por Monseñor Gioacchino Di Leo, Obispo de Ortona y por el Cardenal Federico Tedeschini.

Que el gran predicador Santo Tomás pueda hacer redescubrir a los confusos predicadores de nuestros días la alegría de hacer descubrir a quien está en el error la luz de la fe, razonable y salvífica, custodiada durante dos milenios por la Santa Madre Iglesia.

Cristina Siccardipublicado el