San Alfonso de Ligorio nos orienta en los problemas morales de nuestro tiempo

Roberto de Matteipublicado el

En el editorial del número de Radici cristiane correspondiente a los meses de agosto y septiembre he evocado la figura de San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), fundador de la orden de los redentoristas, obispo y doctor de la Iglesia. El título le fue otorgado por el beato Pío IX el 23 de marzo de 1871.

Por la carta apostólica Qui Ecclessiae sue del 7 de julio de ese año, el mismo pontífice declaraba comentando el título de doctor de la Iglesia que le confería al santo, «se puede afirmar con toda razón que no hay error en nuestros tiempos que, al menos en líneas generales, no haya sido confutado por Alfonso».

En la época de San Alfonso, la herejía jansenista obraba como una quinta columna al interior de la Iglesia. El jansenismo invocaba la teología de San Agustín interpretada en un sentido protestante, predicando un rigorismo moral que alejaba a los fieles de los sacramentos y marchitaba su vida espiritual. El estudio de la teología moral de San Alfonso nació de su dedicación a la vida apostólica. Su célebre Teología moral fue fruto de la actividad pastoral y misionera desarrollada por el santo napolitano como fundador de la orden redentorista y como obispo de Santa Águeda de Goti. El apostolado de predicación al pueblo de San Alfonso iba dirigido principalmente a las clases rurales, no sólo de su diócesis, sino de toda la provincia del Reino de las Dos Sicilias, la cual recorrió con gran éxito en incesantes misiones.

Durante la segunda parte de su vida, cuando la fatiga y la enfermedad le impidieron proseguir su labor misionera, San Alfonso centró sus esfuerzos en la escritura, que consideró una forma de continuar su actividad pastoral. Sus escritos se basaban en la experiencia que había adquirido, y los ofreció a su congregación como orientación práctica para el apostolado.

Las obras completas de San Alfonso, publicadas por Mariotti entre 1824 y1827 por iniciativa del venerable Pio Brunone Lanteri (1759-1830), comprenden setenta volúmenes divididos en tres clasificaciones: textos ascéticos, morales y dogmáticos. Según el cardenal Pietro Palazzini, la mayor contribución de estas óperas tiene que ver con la teología moral, en la que «su autoridad es única» (Bibliotheca Sanctorum, vol. I, col. 860-861).

La obra maestra de San Alfonos María de Ligorio es la Teologóia moral, publicada en 1753, que ha conocido numerosas reimpresiones. El método de San Alfonso consiste en determinar con exactitud el estado de la cuestión de un problema moral agrupando a los autores según sus opiniones, para evaluar a continuación sus argumentos. No es la autoridad de ellos lo que impresiona a San Alfonso, sino la fuerza de sus argumentos: «No –escribe–; jamás he seguido ciegamente como un carnero (por utilizar la expresión de los rigoristas) los pasos de los autores. (…) Siempre he procurado, por lo que a mí se refiere, dar preeminencia a la razón sobre la autoridad, y cuando la razón me ha convencido no he vacilado en contradecir a numerosos autores» (Theologia moralis, lib. 3, n. 547,). Y añade: «En toda cuestión he procurado determinar la verdad tras largo estudio en cuanto respecta a los aspectos más directamente relacionados con la acción» (íbid.)

Si la razón debe orientar al moralista en la su estudio, también debe iluminar la acción del hombre. El último juicio práctico corresponde a la conciencia, y cuando la conciencia duda, San Alfonso propone atenerse a las tres reglas siguientes:

1. Para que una ley moral sea de obligado cumplimiento es necesario que esté promulgada. En tanto que un acto no esté expresamente prohibido u ordenado no obliga.

2. En caso de duda con respecto a una ley promulgada, se puede seguir la opinión moral más mitigada (benigna) en tanto que sea tan probable o casi como la opinión más rígida.

3. Si el confesor no tiene claro que una cosa sea pecado mortal, debe atenerse a la sentencia más mitigada (sententia benigna), y no puede obligar al penitente a cumplir una sentencia más estricta si la más blanda es fundadamente probable.

Estos principios se impusieron en el mundo católico y acabaron con el rigorismo jansenista, y el método moral alfonsino llegó a ser reconocido como doctrina de la Iglesia. Así pues, el papa Pío IX, en el decreto por el que le concedió el título de doctor en 1871, afirmó lo siguiente de San Alfonso: «Modelo de toda virtud, como lámpara sobre un candelero, iluminó tan vivamente a todos los cristianos que ya se cuenta entre los santos y familiares de Dios. Enseñó de palabra y por escrito y dio testimonio de sus enseñanzas con su vida. Con sus doctas obras, en particular con el Tratado de teología moral, alejó y refutó las tinieblas del error ampliamente difundidas por los incrédulos y los jansenistas. Asimismo, aclaró cuestiones dificultosas y resolvió otras dudosas, abriendo una ancha vía a los confesores, a medio camino entre las complicadas opiniones de los teólogos, que unas veces se pasaban de rigoristas y otras de laxas. Y al mismo tiempo, aclaró y defendió con perspicacia las doctrinas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y de la infalibilidad del Sumo Pontífice cuando enseña ex cathedra, doctrinas que en nuestro siglos han sido definidas como dogmas».

En 1950, Pío XII lo proclamó «celeste patrono de todos los confesores y moralistas», con todos los honores que corresponden a dicho título (del breve Consueverunt omni tempore del 26 de abril de 1950). Por su parte, Juan Pablo II, en la Carta Apostólica del 1 de agosto con motivo del segundo centenario de la muerte del santo, declaró: «No hay duda de que la Praxis confessarii, el Homo apostolicus y la obra principal, Theologia Moralis han hecho de él el maestro de la moral católica». Y Benedicto XVI, en la audiencia del 30 de marzo de 2011, recordó que «San Alfonso nunca se cansaba de repetir que los sacerdotes son un signo visible de la infinita misericordia de Dios, que perdona e ilumina la mente y el corazón del pecador para que se convierta y cambie de vida. En nuestra época, en la que son claros los signos de pérdida de la conciencia moral y —es preciso reconocerlo— de cierta falta de estima hacia el sacramento de la Confesión, la enseñanza de san Alfonso sigue siendo de gran actualidad».

Es cierto. En nuestros confusos y desorientados tiempos en los que la vida diaria nos plantea tantos problemas morales, el ejemplo y las enseñanzas de San Alfonso María de Ligorio son una luz que alumbra nuestros pasos, nos conforta y nos guía.

Roberto de Matteipublicado el