Primer balance del viaje de Francisco a Iraq

Roberto de Matteipublicado el

¿Qué balance podemos hacer de la visita que el papa Francisco realizó a Iraq entre el 5 y el 10 de marzo pasados, primera de un pontífice a un país del Golfo Pérsico, musulmán y de mayoría chiíta?

En el plano humano, no se puede negar que ha sido un gesto valiente, que algunos han llegado a calificar de temerario.

Cuando llegó a Iraq el día 5 de marzo, Francisco se dirigió a las autoridades del país con las siguientes palabras: «Vengo como penitente que pide perdón al Cielo y a los hermanos por tantas destrucciones y crueldad. Vengo como peregrino de paz, en nombre de Cristo, Príncipe de la Paz.»

Jesucristo es el Príncipe de la Paz, la verdadera paz bajo el único Salvador, pero Francisco no mencionó a Cristo en el discurso que pronunció en la explanada de Ur el pasado día 6.

Al día siguiente e Papa visitó Quaraqosh, cuya catedral fue profanada en 2014. Las estatuas fueron decapitadas y los libros sagrados quemados. Dirigiéndose a los cristianos de allí, el Romano Pontífice les dijo: «Mirándolos, veo la diversidad cultural y religiosa de la gente de Qaraqosh, y esto muestra parte de la belleza que vuestra región ofrece al futuro. Vuestra presencia aquí recuerda que la belleza no es monocromática, sino que resplandece por la variedad y las diferencias».

Francisco presenta la diversidad cultural y religiosa como algo preferible a la unidad religiosa, a la que llama monocromática, más pobre por ser de un solo color. O sea, que el modelo no es la unidad religiosa, ni cristiana ni islámica, sino la pluralidad religiosa, porque «la belleza no es monocromática, sino que resplandece por la variedad y las diferencias». De lo que se deduce que no hay una religión que salva, sino que todas conducen a un mismo Dios al que se puede llegar por caminos diversos. Jesucristo no es el único Camino, Verdad y Vida; también lo puede ser Mahoma, porque Alá, Dios del islam, no se diferencia del de los judíos y los cristianos. Pero entonces, ¿para qué seguir siendo cristiano en un país musulmán al precio de tanto esfuerzo, sufrimiento y persecución que puede tener como consecuencia la pérdida de las posesiones y aun de la propia vida?

¡Qué diferentes estas palabras de las que dijo Nuestro Señor en el Evangelio!: «Yo soy el Buen Pastor; conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen, y doy la vida por ellas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también las debo pastorear. Oirán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn.10, 11-18).

Francisco habló de Cristo en la homilía de la Misa que celebró el 7 de marzo en Erbil, en la que afirmó: «Sólo Él puede purificarnos de las obras del mal; Él, que murió y resucitó; Él, que es el Señor». Pero luego al final de la Misa saludó con las siguientes palabras al Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente: «Gracias, gracias, querido hermano. Junto a él abrazo a los cristianos de las distintas confesiones, muchos de los cuales aquí han derramado su sangre sobre el mismo suelo. Pero nuestros mártires resplandecen juntos, estrellas en el mismo cielo».

Entonces, ¿hay un mismo cielo para un mártir cristiano y para uno musulmán? ¿Acaso es el mismo el paraíso celestial de los cristianos y el terrestre de los musulmanes?

No es esta la religión católica, ni tampoco la musulmana. Parece una religión distinta, sincrética y humanística, profesada por quien es Vicario de Cristo pero no ejerce su función de Supremo Pastor de la Iglesia que le confió Jesucristo.

Esta es la triste y dolorosa realidad. Pero esa realidad no la hemos descubierto en el viaje a Iraq. El viaje no ha añadido nada a lo que ya sabíamos; tenía razón el vaticanista John Allen cuando comentó que la visita de Francisco a Iraq entre el 5 y el 8 de marzo pasados no será tal vez, «el viaje papal más importante hasta ahora, sino en realidad el más emblemático, el que mejor sintetiza el espíritu de un papado y su mensaje para el mundo en su momento histórico».

¿Qué espíritu y qué mensaje? Desgraciadamente, se diría que el modelo más apropiado para los creyentes de todo el mundo ya no está en Roma, cátedra infalible de la fe, sino en Iraq, tierra que fue la de Abrahán, pero también la de la Torre de Babel. Y la utopía babélica reaparece en la época confusa y dramática de la pandemia.

Roberto de Matteipublicado el