Para la Conferencia Episcopal Italiana, el camino más accesible, como siempre, es el más resbaladizo

Alfredo De Matteopublicado el

El Cardenal Gualtiero Bassetti intervino con un extenso discurso en el evento público sobre Eutanasia y el suicidio asistido. ¿Cuál es la dignidad de la muerte y del morir?, llevado a cabo en Roma en el centro de congresos de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) el miércoles 11 de septiembre ppdo. A la reunión promovida por el Foro «Familia y Vida» -que agrupa a la Asociación de Psicólogos y Psiquiatras Católicos, la Asociación de Médicos Católicos, el Foro de las Familias, el Foro Social y de Salud, el Movimiento por la Vida y la Asociación Ciencia y Vida- fueron invitadas las más variadas asociaciones del laicado católico y se llevó a cabo pocos días después del anunciado dictamen del Tribunal Constitucional sobre la despenalización del suicidio asistido, con una probable injerencia en la supuesta inconstitucionalidad del Artículo 580 del Código Penal que castiga a quienes ayudan o instigan al suicidio asistido. Como se sabe, el asunto fue planteado por el Tribunal Penal de Milán el 14 de febrero ppdo. durante el juicio de Marco Cappato, acusado de haber ayudado a morir a Fabio Antoniani.

A lo largo de su discurso, el presidente de la CEI precisó que la eutanasia no debe confundirse con el rechazo a la obstinación terapéutica, porque se asemeja mucho al llamado suicidio asistido, «ya que en ambos casos la intención del acto y su efecto son los mismos, es decir, la muerte de la persona«. El Cardenal Bassetti también ha denunciado la consecuencia utilitaria en marcha que genera una mentalidad que solo mira la eficiencia y la paradoja cultural según la cual «la solicitud de morir debe ser aceptada por la única razón que proviene de la libertad del sujeto (…) casi la determinación de vivir o morir tienen el mismo valor«.

Según el Purpurado, estamos en presencia de una crisis del Derecho, «que se ve transformado en una simple convención, en una arbitrariedad y un acuerdo entre las partes, en lugar de ser el medio para promover los valores humanos. La crisis jurídica se manifiesta con claridad en la transición institucional a la que estamos asistiendo, aparentemente encerrados en un callejón sin salida, pero en realidad orientado sutilmente a la aprobación de principios lesivos al ser humano«.

Por lo tanto, debe entenderse que para el Presidente de la CEI, la eutanasia y el suicidio asistido substancialmente se equivalen y existen valores universales que no pueden ser eludidos o negados por el derecho positivo ni pueden ser objeto de mediaciones o compromisos políticos, porque, evidentemente, verían limitada su propia eficacia y ya no desempeñarían más el papel de disuasorios respecto a comportamientos y a acciones contrarias a la dignidad del ser humano, hecho a imagen y semejanza del Creador.

No obstante, las conclusiones a que en su discurso llega el Cardenal Bassetti parecen repentinamente desviarse del camino principal que él mismo traza: «Encargado por el Tribunal Constitucional de legislar sobre los temas de la eutanasia y de la muerte voluntaria, el Parlamento se limitó a presentar algunos proyectos de ley, sin llegar ni a un texto compartido, ni a enfrentar seriamente el debate. Ahora, para evitar que un fallo de la Corte Constitucional provoque el desmantelamiento del delito de ayuda al suicidio, el Parlamento- como esperaba el Presidente del Consejo Giuseppe Conte – pronto debe poder discutir y modificar el art. 580 o, al menos, iniciar un proceso de discusión de la ley que podría inducir al mismo Tribunal a conceder un tiempo extra. La forma más viable sería la de atenuar y diferenciar las sanciones por ayuda al suicidio, en el caso particular en que actúen los familiares o aquellos que tienen a su cargo el cuidado del paciente. Este escenario, que está lejos de ser ideal, sería distinto que la eventualidad de una despenalización del delito en sí mismo».

Pero, ¿este escenario lejos de ser el ideal auspiciado por el presidente del Episcopado italiano no equivaldría a alcanzar ese acuerdo entre las partes señalado como una de las causas de la crisis del derecho que estamos presenciando? En última instancia, el vacío legal promovido por los nuestros equivaldría a una rendición incondicional a las pseudorazones presentadas por la actual cultura de la muerte a favor del homicidio consentido. Según Bassetti, si se siguiera adelante hacia la despenalización completa y el Parlamento se viera obligado a reglamentar el suicidio asistido, «tendríamos entonces una predecible multiplicación de casos similares al de Noa, la niña holandesa que encontró en el médico ayuda para morir, en lugar de un apoyo para recuperarse de su atormentada existencia. Desafortunadamente, casos como estos son lamentablemente frecuentes en países donde la práctica del suicidio asistido es legítima«.

Pero, ¿quién garantiza que la mitigación y la diferenciación de las sanciones por ayuda al suicidio constituyan medidas para evitar el descenso imparable en ese plano inclinado denunciado por el mismo Cardenal?

En realidad, la línea de acción propuesta por la Conferencia Episcopal Italiana es la habitual estrategia del fracaso implementada en las últimas décadas por el mundo católico y que ha cosechado una serie de clamorosos fracasos, desde el divorcio hasta el aborto pasando por la inseminación artificial. A título de ejemplo, podemos citar el caso de la ley 40, concebida y promovida por la Conferencia Episcopal Italiana y por las fuerzas católicas en aquel momento presentes en el Parlamento, que deberían haber constituido una barrera al llamado far west procreativo y que, en cambio, constituyó el trampolín para lanzar toda suerte de manipulaciones de la vida humana. Ahora de esa legislación no quedan sino las buenas intenciones de sus promotores tras haber sido desmantelada pieza por pieza en las salas de los tribunales.

¿Qué hacer entonces para impedir esos desvíos que ciertamente serán desencadenados por la despenalización del suicidio asistido en Italia? Ciertamente, la línea maestra a seguir no es la de llegar a un acuerdo con el enemigo, ilusionándose que es un modo de detener su voluntad destructiva. La Iglesia debe actuar como un baluarte en defensa de la vida humana, de los llamados principios no negociables, no ubicarse como cualquier movimiento político o de opinión «autorizado a opinar» sobre cuestiones relacionadas con la ética y la moral. La Iglesia es de hecho maestra, no está subordinada a nadie. Si las fuerzas políticas e institucionales legislaran en sentido contrario a la ley natural sobre el tema del suicidio asistido y de la eutanasia, la culpa y las consecuencias de dichos actos recaerán únicamente en ellos. Si, en cambio, las cúpulas de la Iglesia, solo para intentar hacer algo, contribuyeran activamente con sus propuestas a desencadenar el proceso destructivo se convertirán en cómplices del mal que inevitablemente se produciría.

Alfredo De Matteopublicado el