Monseñor Viganò y la hora del juicio

Roberto de Matteipublicado el

En medio del clima de silencio e incluso de omertà que reina en la Iglesia Católica ha resonado una vez más la voz del arzobispo Carlo Maria Viganò que, respondiendo al cardenal Ouellet, ha reiterado que el escándalo de McCormick no es sino la punta de un inmenso iceberg que representa la hegemonía del lobby homosexual dentro de la Iglesia.

No quiero hablar mucho de esta trágica realidad. Por el contrario, me parece importante destacar un punto que ilumina con luz sobrenatural el testimonio de monseñor Viganò: la alusión a la responsabilidad que tendremos cada uno en el día del juicio.

Dirigiéndose a sus hermanos en el colegio episcopal y el sacerdocio, este arzobispo escribe lo siguiente: «Vosotros también os veis obligados a tomar una decisión. Podéis retiraros de la batalla permaneciendo en la conspiración de silencio y cerrar los ojos al avance de la corrupción; idear excusas, avenencias y justificaciones para posponer la hora de la verdad, y consolaros con la falsedad y el engaño de que será más fácil decir la verdad mañana, y más aún pasado mañana. O bien, podéis optar por hablar. Confiad en Aquel que dijo: «la verdad os hará libres». No dijo que sea fácil distinguir entre callar y hablar. Os exhorto a pensar de qué decisión no tendréis que arrepentiros en el lecho de muerte y ante el Justo Juez.»

Hoy en día nadie habla del destino supremo del hombre, lo que antes se conocía como novísimos: la muerte, el juicio, el infierno y el paraíso. Ahí está la causa del relativismo y el nihilismo que se propagan por la sociedad. El hombre ha perdido la conciencia de su propia identidad y su propio fin, y se precipita día tras día en el abismo de la nada.

No obstante, ningún hombre razonable puede cerrar los ojos a la realidad de que hay algo más que la vida terrena. El hombre no es un amasijo de células, sino un compuesto de alma y cuerpo, y después de la muere hay otra vida que no será igual para quien haya hecho el bien que para quien haya obrado el mal. Hoy en día, incluso al interior de la Iglesia, muchos prelados y sacerdotes viven inmersos en el ateísmo práctico, como si no hubiese una vida venidera. Pero no pueden olvidar que los aguarda un juicio supremo.

Ese juicio tendrá lugar en dos momentos. El primer juicio, llamado juicio privado, tiene lugar en el momento de la muerte. En ese instante, un rayo de luz penetra el alma hasta el fondo para hacerle ver cómo es y fijar para siempre su destino, ya sea bienaventurado o desgraciado. Se nos mostrará ante nuestros ojos toda nuestra existencia. Desde el primer momento en que Dios nos sacó de la nada para darnos el ser, nos ha mantenido vivos con infinito amor, ofreciéndonos día tras día y momento tras momento las gracias necesarias para salvarnos.

En el juicio privado veremos claramente lo que se nos pidió en nuestra vocación particular, ya se tratase de una madre, un padre o un sacerdote. Iluminada por la luz divina, la propia alma pronunciará el veredicto definitivo sobre si misma, el cual coincidirá con el juicio de Dios.

La sentencia será de vida eterna o de pena eterna. No hay tribunal superior al que apelar la sentencia porque Cristo es el Juez Supremo, no hay otro por encima de Él. Y, como enseña Santo Tomás, «iluminada por esta luz en cuanto a sus propios méritos y deméritos, el alma se va por sí misma a su destino eterno, así como los cuerpos ligeros y pesados ascienden o descienden al lugar en que culmina su movimiento» (Suma Teológica, supl. q. 69,a.2). «Esto –explica el P. Garrigou-Lagrange– acontece inmediatamente, apenas el alma se separa del cuerpo, de modo que es lo mismo decir de una persona que está muerta como decir que está juzgada» (La vida eterna y la profundidad del alma, Rialp, Madrid 1950, p. 106).

En una revelación que, con permiso de Dios, recibió una religiosa sobre una amiga que se había condenado, podemos leer: «En el momento en que morí salí bruscamente de la oscuridad. Me vi inundada por una luz deslumbrante en el mismo lugar en que yacía mi cadáver. Fue como cuando en el teatro se apaga la luz y sube el telón mostrando un escenario inesperado, terriblemente luminoso… y contemplé la escena de mi vida. Vi como en un espejo mi alma, las gracias que había pisoteado desde mi juventud hasta mi última negativa. Me sentí como un asesino al que se le hubiese mostrado su víctima: “¿Arrepentirme? ¡Jamás! ¿Avergonzarme? ¡Jamás! Sin embargo, no podía resistir la mirada de aquel Dios al que había rechazado. Sólo podía hacer una cosa: huir. Como huyó Caín de Abel, mi alma fue ahuyentada de la vista de aquel horror. Fue el juicio privado. El Juez invisible dijo: “¡Apártate de Mí!” Entonces mi alma, como una sombra amarillenta de azufre, se precipitó en el lugar de los eternos tormentos.»

Pero la enseñanza divina no se detiene aquí, y revela que nos espera un segundo juicio, el juicio universal cuando al fin de las cosas terrenas Dios, con su omnipotencia, resucitará nuestros cuerpos. En el primer juicio sólo se juzgará el alma; en el universal, se juzgará la totalidad del hombre, alma y cuerpo.

Este segundo juicio será público, porque el hombre nace y vive en sociedad, y todos sus actos tiene repercusiones en la sociedad. Se revelará la vida de todo ser humano, porque «nada hay oculto que no haya de ser descubierto, nada hay secreto que no haya de ser conocido»  (Lc.12,2). No se omitirá la menor circunstancia: ni una acción, ni una palabra, ni un deseo. Como recuerda el P. Francesco M. Gaetani (I supremi destini dell’uomo, Università Gregoriana, Roma 1951), todos los escándalos, intrigas, maquinaciones tenebrosas y pecados secretos borrados de la memoria se harán públicos.

Caerán todas las máscaras, los hipócritas y los fariseos quedarán al descubierto. Quienes habían intentado ocultarse a sí mismos la gravedad de los propios pecados quedarán confundidos al ver la vanidad de todas sus excusas, las pasiones, las circunstancias, los obstáculos. Dará testimonio contra ellos el ejemplo de los elegidos, tal vez más débiles y agotados, menos dotados en cuanto a dones y gracias naturales, sus sin embargo lograron ser fieles a sus deberes y la virtud. Dios sólo extenderá un manto de misericordia sobre los pecados de los buenos.

En el juicio final, los buenos serán apartados públicamente de los malvados e irán con su cuerpo glorioso al Cielo con Cristo para poseer el Reino preparado por el Padre desde la creación del mundo, mientras los réprobos irán, malditos, al fuego del infierno preparado para el Diablo y los demás ángeles rebeldes. Cada uno será juzgado en base a los talentos recibidos y a la misión que Dios le haya encomendado en la sociedad.

El trato más severo será para los pastores de la Iglesia que hayan traicionado a su grey. No sólo los que abrieron el redil a los lobos, sino también los que mientras los lobos devoraban el rebaño se encogieron de hombros, miraron para otro lado, alzaron los ojos al cielo y permanecieron en silencio dejando en manos de Dios una responsabilidad que era de ellos. Pero la vida consiste en asumir responsabilidades, y el testimonio de monseñor Viganò nos lo recuerda hoy.

Las palabras de este valeroso arzobispo son un reproche público a los pastores que callan. Dios les hace ver que el silencio no es una opción obligada. Se puede hablar, y a veces es obligatorio. Y el testimonio de monseñor Viganò es también una exhortación a todo católico a reflexionar sobre su futuro destino. La hora del juicio que nos espera sólo Dios la conoce. Por eso dice Jesús: «Estad en guardia, velad y orad, porque no sabéis cuando será aquel tiempo. Lo que os digo a vosotros, a todos lo digo: velad» (cf. Mt. 24, 36 ss.).

Vivimos tiempos que imponen vigilancia y obligan a elegir. Es el momento histórico de la fortaleza y la confianza en Dios, infinitamente justo, pero también de infinita misericordia para quien, a pesar de su debilidad, lo sirva a cara descubierta.

 

Traducido por Bruno de la Immaculada/Adelante la Fe – 24 octubre 2018

Roberto de Matteipublicado el