McCarrick y sus protegidos. La milagrosa carrera del cardenal Farrell

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Como es sabido desde hace días, con un comunicado lacónico el papa Francisco hizo público que Theodore McCarrick, de 88 años, arzobispo emérito de Washington, no es más cardenal, está recluido en su domicilio, debe hacer vida de oración y penitencia y de hecho está suspendido “a divinis”. Y todo esto a la espera del resultado del “proceso canónico regular”.

Es necesario remitirse a 1927 para encontrar un caso anterior de remoción del colegio de cardenales. Esa vez quien fue privado de la púrpura cardenalicia fue el jesuita Louis Billot, a causa de su adhesión al movimiento político “Action Française”, condenado el año anterior por la Santa Sede. Pero para McCarrick las razones son de un género totalmente distinto e incomparablemente más graves desde el punto de vista moral. Remiten a su prolongada y desordenada actividad sexual con adultos, jóvenes y también menores, con sacerdotes y seminaristas, practicada durante décadas sin que obstaculizara en lo más mínimo – a pesar de que era conocida por un gran número de personas en distintos niveles de la Iglesia – su triunfal carrera eclesiástica.

Del caso McCarrick ya se ha escrito mucho en estos días. Pero muy poco todavía en cuanto involucra no sólo al protagonista de la experiencia, sino también a los eclesiásticos más ligados a él, también ellos beneficiarios, gracias a él, de carreras al límite de lo milagroso.

Uno de éstos, en especial, hace surgir graves interrogantes. Es Kevin J. Farrell, de 71 años, creado cardenal en el 2016 por el papa Francisco y prefecto del nuevo Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

Nacido en Irlanda, Farrell ingresó a mitad de los años sesenta a la Congregación de los Legionarios de Cristo, cuando esa organización era pequeña todavía y su maléfico fundador Marcial Maciel estaba envuelto por un aura de respetabilidad universal. Al retirarse quince años después de la Congregación, Farrell mantuvo a continuación un silencio total sobre las andanzas sexuales de Maciel – salidas clamorosamente a la luz – y ostentó siempre no haber tenido jamás contactos dignos de mención con él. Pero de testimonios verosímiles se desprende que siempre ocupó cargos en la Congregación y gozó de una proximidad no episódica con Maciel, lo que hace inverosímil su total desconocimiento de los comportamientos malsanos de su superior.

Después de haber abandonado la Congregación de los Legionarios de Cristo, Farrell se incardinó como sacerdote en la arquidiócesis de Washington. Y a fines del 2001 se convirtió allí en obispo auxiliar, cuando McCarrick era el titular desde un año antes.

La promoción de McCarrick a arzobispo de la capital de Estados Unidos – culminando un ascenso que lo había visto primero como auxiliar de Nueva York, después obispo de Metuchen y luego también como arzobispo de Newark – había suscitado ya entonces serias objeciones, motivadas justamente por todo lo que se había filtrado de sus insaciables prácticas sexuales. Las objeciones llegaron hasta Roma. Pero el nombramiento siguió igualmente su curso y al año siguiente McCarrick fue creado cardenal.

Pero también el nombramiento del irlandés Farrell como auxiliar suyo suscitó asombro. Su anterior militancia entre los Legionarios de Cristo no hablaba ciertamente a favor suyo, a causa de lo que comenzaba a filtrarse sobre la doble vida de su fundador Maciel y sobre la complicidad o silencios culpables de muchos en torno a él. Pero McCarrick era en ese entonces una potencia, en la alta jerarquía estadounidense y no sólo en ella. Quería a Farrell junto a sí y lo obtuvo, ordenándolo obispo en persona. Y quiso también que en Washington habitara en su mismo departamento, no en el palacio episcopal, sino en el cuarto piso de un ex orfanato, oportunamente readaptado. Una vez más: parece inverosímil que Farrell no advirtiera nada de las reiteradas aventuras sexuales ocasionales de su patrón.

En el 2006 McCarrick dejó la arquidiócesis de Washington al haber superado el límite de edad, aunque siguió manteniendo un peso considerable entre las altas jerarquías de la Iglesia. Y al año siguiente también Farrell cambió de sede, promovido a obispo de Dallas, una diócesis de primer orden, con el abierto apoyo de su mentor.

En la fase final del pontificado de Juan Pablo II y durante el pontificado de Benedicto XVI Farrell no se expuso jamás en primera línea, entre los cardenales y obispos estadounidenses de signo progresista. McCarrick sí lo hizo. Por ejemplo, estuvo entre los críticos de la directiva dada por Joseph Ratzinger a los obispos de Estados Unidos para que negaran la comunión eucarística a los políticos católicos favorables a la legalización del aborto. Y fue un abierto partidario de unos de estos políticos pro-elección, John Kerry, en la campaña para las elecciones presidenciales del 2004.

Pero desde el momento que el papa Francisco reemplazó a Benedicto XVI también Farrell se alineó rápidamente al nuevo curso. En los Estados Unidos formó inmediatamente equipo con los nuevos líderes progresistas – también ellos con McCarrick como su patrono – Blaise Cupich y Joseph Tobin, promovidos respectivamente por Jorge Mario Bergoglio a Chicago y a Newark, el uno y el otro creados también prontamente cardenales. Saludó con entusiasmo “Amoris laetitia” en su lectura favorable a la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar. Sobre todo, al llegar a ser en el ínterin cardenal prefecto del nuevo Dicasterio vaticano para los Laicos, la Familia y la Vida, firmó el prefacio y la recomendación de uno de los libros más representativos del nuevo clima bergogliano:

> James Martin S.J., “Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion, and Sensitivity”, HarperCollins US, 2018.

El autor, un jesuita entre los más conocidos en Estados Unidos y firma prominente del semanario “America”, quiere abrir con este libro el camino a una revisión sustancial, por vía “pastoral”, de la doctrina de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad.

Pero el prefacio del cardenal Farrell al libro no es el único apoyo notable otorgado a este invocado cambio de paradigma. Farrell, por el rol que ahora desempeña en la curia, es también el director oficial del próximo encuentro mundial de las familias que se va a llevar a cabo en Dublín a fines de agosto, donde Martin estará entre los invitados y expositores, junto a parejas homosexuales de todo el mundo.

Para no hablar del movimiento personal del papa Francisco en esta misma dirección, con el nombramiento de Martin como consultor del nuevo Dicasterio vaticano para las Comunicaciones, evidente signo del aprecio al trabajo efectuado por este jesuita.

Es cierto que es fácil imputar a Juan Pablo II y a los funcionarios vaticanos de esa época haber carecido de prudencia al promover a los más altos niveles a un eclesiástico de un estilo de vida notoriamente no ejemplar como McCarrick, ignorando todas las señales de alarma que les llegaron.

Pero todavía más imprudente parece la decisión del papa Francisco de llamar a Roma para presidir el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida a un personaje como Farrell que tuvo uno después de otro como malos maestros a los predadores seriales Maciel y McCarrick, y que además se propone hoy como promotor de una legitimación de los amores homosexuales.

Y no se trata en absoluto de un caso aislado. En el Consejo de los 9 Cardenales llamados por Francisco para ayudarlo en el “gobierno de la Iglesia universal”, están ya entre los tullidos por motivos de abusos sexuales:

– el australiano George Pell, bajo proceso en su país;
– el chileno Francisco Javier Errázuriz Ossa, acusado de haber defendido hasta el extremo, contra toda evidencia, al sacerdote y abusador serial Antonio Karadima y al obispo que fue su discípulo, Juan de la Cruz Barros Madrid, sobre cuya inocencia también el papa Francisco en persona derrochó toda su autoridad hasta comienzos de este año, salvo después para reconocer su culpabilidad y removerlo;
– el hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, hasta ahora coordinador del “C9”, pero cuyo obispo auxiliar y discípulo Juan José Pineda fue removido el pasado 20 de julio, con motivo de abusos sexuales continuos comprobados por una visita apostólica.

Pero a éstos se agregan también no pocos eclesiásticos de despreocupados comportamientos homosexuales que pueblan la corte de Bergoglio, que él mismo ha querido próximos a él, uno por uno: “in primis” ese monseñor Battista Ricca que dirige la Casa Santa Marta y es el enlace oficial entre el Papa y el Instituto para las Obras de Religión, la llamada “banca” vaticana. Distinguido por conductas escandalosas cuando era consejero de la nunciatura en Argelia, en Berna y más todavía en Montevideo, por eso mismo llamado a Roma, Ricca ha visto su visto su dossier personal en la curia reescrito “ex novo” con sus antecedentes eliminados, ha rehecho su carrera de nuevo y ha ganado el afecto del actual Papa, que se refirió precisamente a él, al comienzo de su pontificado, con esa famosa frase: “¿Quién soy yo para juzgar?” que se ha convertido de hecho en un salvoconducto universal.

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