Los “ministerios con rostro amazónico”: un eclipse del sacerdocio católico y del carácter jerárquico de la Iglesia

Jose Antonio Uretapublicado el

El Documento de Trabajo del próximo Sínodo especial sobre la Amazonía1 colocó una bomba de tiempo. En él se afirma que “la Iglesia se ha de encarnar en las culturas amazónicas que poseen un alto sentido de comunidad, igualdad y de solidaridad por lo que no se acepta el clericalismo en sus diversas formas de manifestarse”. Agrega que las tribus amazónicas conservan “una rica tradición de organización social donde la autoridad es rotativa y con un profundo sentido de servicio”. E invita a los Padres Sinodales a “reconsiderar la idea de que el ejercicio de la jurisdicción (potestad de gobierno) ha de estar vinculado en todos los ámbitos (sacramental, judicial, administrativo) y de manera permanente al sacramento del orden” (n° 127).

Ese párrafo retoma, con un palabreado técnico, la propuesta del obispo Fritz Löbinger de inventar un sacerdocio de segunda clase y de carácter temporario, ordenando a hombres casados que tengan solamente la facultad de celebrar misa y de administrar los sacramentos, pero sin la potestad de enseñar ni de gobernar – propuesta que el papa Francisco juzgó “interesante” en una conferencia de prensa aérea2.

En la presentación del documento sinodal, la periodista Cristiana Caricato, animadora de TV2000 (la red televisiva de la Iglesia italiana), comentó que dicho párrafo “è l’espressione più avanzata che si può trovare sul Instrumentum laboris” y preguntó al Cardenal Lorenzo Baldisseri si “questa idea di scollegare l’esercizio della giurisdizione dal ordine sacro sia relegata sola alla questione amazonica” o representa “il preludio di qualcosa di diverso”. El secretario general del Sínodo de los Obispos, un poco vacilante, respondió que “questo discorso sull’autorità di governo dove essere studiata ancora”, porque “in fatto, è un problema di carattere dottrinale, non solo disciplinare”, una vez que los tres poderes que se reciben en la ordenación sacerdotal (de enseñar, gobernar y santificar) son inseparables3.

Los medios resaltaron casi exclusivamente la dispensa del celibato implícita en la propuesta de ordenación sacerdotal de hombres maduros casados (viri probati). Pero la dilución del sacerdocio que se tiene en vista va, en realidad, mucho más lejos: un nuevo tipo de sacerdocio asociado al liderazgo rotativo de las comunidades indígenas, lo que llevaría a eclipsar el carácter clerical y jerárquico de la Iglesia, que se basa justamente en el sacramento del Orden.

Ese trabajo de sapa del sacerdocio ministerial viene de lejos y fue realizado mediante la inflación progresiva del sacerdocio universal de los fieles y la manipulación semántica del concepto de “ministerio”, abriéndolo primero a los “ministerios laicales” y ahora a los “ministerios autóctonos”. Para ayudar los lectores a comprender ese debate de fondo, pretendemos dar en este artículo un resumen de la enseñanza católica tradicional sobre el sacerdocio y la Jerarquía eclesiástica y seguir paso a paso, en los próximos, el transbordo eclesiológico inadvertido que condujo hasta el eclipse del sacerdocio y de la Jerarquía que los organizadores del Sínodo de la Amazonía pretenden implementar.

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Nuestro Señor Jesucristo redimió el género humano por un triple ministerio: sacerdotal, doctrinal y pastoral.

Ministerio sacerdotal, porque la tarea propia del sacerdote consiste en ser el mediador entre la divinidad y los hombres y su función esencial es el sacrificio4. El sacerdocio de Cristo comenzó con la unión hipostática, culminó con el sacrificio en la Cruz, al reconciliar la humanidad decaída con Dios, y proseguirá eternamente por la visión beatífica.

Ministerio doctrinal o profético, porque Jesucristo disipó la ignorancia religiosa que resulta del pecado y reveló los más profundos misterios de Dios. Es el mayor Profeta prometido en el Antiguo Testamento y el Doctor absoluto de la humanidad: “Uno solo es vuestro preceptor: el Mesías” (Mt 23, 10).

Ministerio pastoral, porque Él mostró a los hombres, extraviados por el pecado, el buen camino para alcanzar su fin sobrenatural, inculcando la obediencia a los Mandamientos de Dios y dando el nuevo mandamiento del amor. Su poder pastoral de rey, legislador y juez abarca todo el universo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18).

Al fundar su Iglesia como una sociedad al mismo tiempo sobrenatural y visible, con la finalidad de prolongar en el tiempo su obra redentora5, Jesucristo la dotó, en la persona de los Apóstoles6, de una Jerarquía a la cual transmitió su triple ministerio sacerdotal, profético y pastoral, con los respectivos poderes. En la cumbre de esa jerarquía, Cristo instituyó a Pedro y sus sucesores como príncipe de los Apóstoles y jefe visible de toda la Iglesia, confiriéndole directa y personalmente no solamente un primado de honra sino el primado de jurisdicción (o sea, la posesión completa y soberana del poder legislativo, judiciario y coercitivo)7. Ese triple ministerio fue transmitido directamente a los Apóstoles, para que a su vez lo transmitiesen a sus sucesores.

Ese triple ministerio sacerdotal, magisterial y pastoral es conferido a los clérigos por la imposición de las manos y la oración del obispo, que son la materia y la forma del sacramento del Orden sagrado, el cual imprime un carácter indeleble que configura a su poseedor a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y le confiere un poder espiritual permanente. Según Santo Tomás, el sacramento del Orden tiene la especificidad de residir principalmente en la transmisión de una spiritualis potestas; o sea que su esencia se realiza en su efecto primero, que es el de imprimir el carácter sacerdotal, y no en la gracia de santificación personal del que lo recibe (como en todos los demás sacramentos)8.

Esa triple potestad espiritual para apacentar al rebaño es, entretanto, una e inescindible, en razón de su relación con la misión única de Cristo, de su origen en un solo sacramento y en la unicidad de su fin: la salvación de los hombres. Lo que no impide la posibilidad, por el bien de las almas, de que el Ordinario, al otorgar la misión canónica, regule el ejercicio por parte de los ordenados de alguna de las tres funciones o munera de la potestad sagrada (regendi, docendi et sanctificandi).

Tal poder espiritual se concentran en torno a la Eucaristía y establece los tres grados de la jerarquía de orden: los diáconos asisten al celebrante de la misa y distribuyen la Sagrada Comunión; los sacerdotes reciben el poder de consagrar y de absolver los pecados; los obispos, que poseen la plenitud del poder de orden, reciben, además, la potestad de ordenar nuevos clérigos, inclusive otros obispos. Es por la transmisión de esa plenitud del sacramento del orden a través de los siglos que los actuales obispos están unidos a los Apóstoles por vía de sucesión. Sin esa transmisión sacramental, la Iglesia dejaría de ser “apostólica”, como proclama el Credo.

Tradicionalmente se distinguen dos vertientes dentro de la jerarquía de la Iglesia, la de Orden y la de Jurisdicción. Ella se funda en el hecho de que Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, actúa a través de sus ministros tanto por el influjo interior de la gracia (jerarquía de orden) cuanto por el gobierno exterior de los fieles (jerarquía de jurisdicción). Si la primera ejerce su poder sobre el Cuerpo real de Cristo en la Eucaristía, la segunda ejerce su poder sobre el Cuerpo místico de Cristo, su Iglesia.

Por derecho divino, la jurisdicción propia y ordinaria la poseen solamente el papa sobre la Iglesia universal (en grado supremo) y los obispos sobre sus respectivas diócesis. Todos los demás grados de la jerarquía de jurisdicción son de institución eclesiástica y sus titulares gozan apenas de una jurisdicción delegada.

Todo lo anterior era sucinta y claramente expresado por el canon 108 del Código de Derecho Canónico de 1917: “§1. Son llamados clérigos los destinados a las funciones sagradas y que han recibido por lo menos la tonsura. §2. No todos los clérigos son del mismo grado, sino que existe entre ellos una jerarquía sagrada, que subordina unos a otros. §3. Por divina institución, la sagrada jerarquía en cuanto fundada sobre la potestad de orden, se compone de obispos, sacerdotes y ministros [diáconos]9; en cuanto fundada sobre el poder de jurisdicción, ella incluye el pontificado supremo y el episcopado subordinado; por institución eclesiástica, otros grados fueron agregados”.

¿Y cuál es el papel de los laicos en esa estructura jerárquica: apenas ser pasivamente ovejas del rebaño? ¿No dice San Pedro al conjunto de los fieles “vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada”, por lo que deben disponerse “como piedras vivientes, a ser edificados en casa espiritual y sacerdocio santo” (1 Pt 2, 6 y 5)?

Sin duda. Pero, inmediatamente después, el príncipe de los apóstoles distingue tal sacerdocio universal de los fieles del sacerdocio ministerial de los clérigos, diciendo que los primeros deben ofrecer “víctimas espirituales agradables a Dios”, o sea las buenas obras personales y no las víctimas reales ofrecidas sobre el altar. Además, deja claro que, en dicha nación consagrada, hay una jerarquía: el jefe supremo es Cristo, pastor y guardián supremo (1 Pt 2, 25; 5, 4) que, no estando más presente de manera visible, ejerce su autoridad a través de representantes humanos a los que los simples fieles deben obediencia: “A los presbíteros que hay entre vosotros los exhorto yo, presbítero también … apacentad el rebaño que Dios os ha confiado y cuidad de él no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere” y “de igual manera vosotros, jóvenes, vivid sumisos a los ancianos” (1 Pt 5, 1-5).

Por lo tanto, el sacerdocio universal de los fieles es un sacerdocio apenas en un sentido lato y analógico. Si por el Bautismo, todos los fieles (inclusive los clérigos) poseen la capacidad de dar a Dios el culto espiritual, ofreciendo a sí mismos y las realidades materiales y espirituales del mundo, los que recibieron el sacerdocio por el sacramento del Orden suben al altar y ofrecen el sacrificio eucarístico porque son “ministros”, es decir, servidores10 y representantes de Jesucristo.

Los laicos tienen una función propia y peculiar: informar de espíritu cristiano todas las realidades terrenas: “Corresponde a los laicos, por su específica vocación, buscar el reino de Dios, tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales”, dice el Concilio Vaticano II11.

De esa manera, como explica el conocido canonista español Pedro Lombardía, “clérigos, religiosos y laicos tienen en común su pertenencia al Pueblo de Dios, su participación en la condición de fieles; difieren, en cambio, en el contenido de sus específicas misiones eclesiales” 12:

  • los clérigos, “por el sacramento del orden, son destinados a regir y a servir a los demás guiando, enseñando y santificando”, por lo que, “para ellos pasan a segundo plano las cosas temporales”;
  • los religiosos “son llamados a apartarse del mundo para recordar con su testimonio a los que edifican la ciudad terrena … que sólo tiene sentido la vida presente si en ella sabemos adivinar la futura”;
  • y los laicos, además de su vocación de darle una dimensión divina al quehacer humano, deben ofrecer su testimonio personal de vida cristiana y emprender el combate contra los enemigos de la fe, que, según Santo Tomás de Aquino, es lo propio de quien recibe el sacramento de la confirmación: confesar públicamente su fe en Cristo. Además, los laicos contribuyen a la formación de la costumbre – que a veces tiene fuerza jurídica – y, más aún, a la conservación y el desarrollo del sensus fidei. En materia de apostolado, no sólo pueden auxiliar al clero en su misión (como catequistas o animadores de asociaciones públicas de fieles, etc.), sino gozan también de la facultad de emprender obras de evangelización, llevadas a cabo a título privado y bajo la vigilancia de la Jerarquía.

El conocido catedrático milanés Vincenzo Del Giudice resume de la siguiente manera la diferencia entre los clérigos y los laicos:

En Ella [la Iglesia] hay superiores jerárquicos y súbditos, hay un elemento activo y pasivo [en cuanto a la administración y recepción de los sacramentos], personas que gobiernan (ecclesia dominans) y personas que obedecen (ecclesia obediens), personas que enseñan (ecclesia docens) y otras que aprenden (ecclesia discens). Hay, en resumen, una clase ‘elegida’ (clerus) que tiene la tarea de enseñar y de gobernar espiritualmente a los fideles, y de administrar los sacramentos, y por otra parte, la clase de los fideles, considerada indistintamente ( o sea, tanto los laicos como los mismos que pertenecen al clero, es decir, a todos los que forman el ‘pueblo de Dios’), a quienes se les enseña, gobierna y conduce a la santidad gracias a la actividad explicada más arriba (c. 107 y 948) (Lumen gentium, n° 2829)”13.

Por lo tanto, como enseña Pio XII, “se ha de tener por cosa absolutamente cierta que los que en este Cuerpo poseen la sagrada potestad, son los miembros primarios y principales, puesto que por medio de ellos, según el mandato mismo del divino Redentor, se perpetúan los oficios de Cristo, doctor, rey y sacerdote”14.

Fue para resaltar esa diferencia ontológica entre el “sacerdocio común” de los fieles y el “sacerdocio ministerial” de los clérigos – diferencia que no elimina la igualdad fundamental entre ellos en razón del Bautismo – que la Iglesia siempre reservó el vocablo “ministerio” apenas para el “sagrado ministerio”, o sea, aquella “función de institución divina por la que se coopera con el sacerdocio de Cristo en la mediación entre el mundo y Dios” 15 y para cuyo desempeño se realizan actividades públicas, o sea ejercidas en nombre y con la autoridad de la Iglesia, y que requieren el sacramento del Orden sagrado (por ejemplo, en el Código de Derecho Canónico de 1917, los vocablos “ministerio” y “ministro” son usados exclusivamente en relación a los sacramentos o a las funciones sagradas de la liturgia). Es por ese mismo intento de preservar la diferencia entre clérigos y laicos que tradicionalmente los oficios eclesiásticos16 eran reservados a los clérigos, únicos sujetos hábiles de potestad de jurisdicción, pues los laicos no han recibido, con el Bautismo, ninguna autoridad para mandar, por derecho propio, en la Iglesia17.

Como en todas las civilizaciones de la Antigüedad, también en la Cristiandad medieval (y hasta la laicización del Estado durante de la Revolución Francesa), los clérigos, por su papel de intermediarios junto a Dios, constituían la primera clase también en la esfera temporal y gozaban de un estatuto privilegiado18. Inclusive después de la secularización de las instituciones públicas, el Clero continuó a ser tratado, en el protocolo de la vida social privada, con las mismas marcas de veneración que en los siglos anteriores19.

La primera explosión revolucionaria contra el sacerdocio católico y los privilegios eclesiásticos y político-sociales de que gozaban los clérigos ocurrió durante la Pseudo-Reforma protestante en nombre del triple slogan “sola fides, sola Scriptura, sola gratia”. La doctrina protestante postula, de hecho, que basta la fe para que los frutos de la Redención sean aplicados directamente al creyente sin la intermediación de la Iglesia ni de sus ministros, quienes pierden también todo poder magisterial merced a la libre interpretación de las Escrituras. De ahí resulta necesariamente la eliminación radical de la distinción entre los clérigos y los laicos20.

La refutación de la herejía protestante fue el objeto principal del Concilio de Trento, el cual, en lo que se refiere al tema específico del sacerdocio y de la jerarquía, fulminó como herejías las siguientes proposiciones:

Si alguno dijere que en el Nuevo Testamento no existe un sacerdocio visible y externo o que no se da potestad alguna de consagrar y ofrecer el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor y de perdonar los pecados, sino sólo el deber y mero ministerio de predicar el Evangelio y que aquellos que no lo predican no son absolutamente sacerdotes, sea anatema.”21

Si alguno dijere que en la Iglesia Católica no existe una jerarquía instituida por ordenación divina, que consta de obispos, presbíteros y ministros, sea anatema.”22

A pesar del Concilio de Trento, las tendencias igualitarias del protestantismo continuaron a infiltrarse en los medios católicos. La negación protestante del sacerdocio ministerial resurgió, en una versión tardo-jansenista, en el Sínodo de Pistoya, convocado por el obispo de Prato (Italia), en septiembre de 1786. El decreto sinodal sobre la gracia y la predestinación (3ª sesión, art. § 1) sostenía que la potestad ligada al ministerio sacerdotal no fue dada por Jesucristo directamente a los Apóstoles sino a la Iglesia, para ser transmitida a los pastores. Casi contemporáneamente y basado en las mismas tendencias, la Constitución Civil del Clero promulgada por la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa adoptó una estructura democrática para su iglesia cismática, en la cual los curas y los obispos eran elegidos por la comunidad (como aparentemente también comenzó a suceder ahora en China, después del pacto secreto entre el Vaticano y Pequín).

La tesis de Pistoya fue condenada por el papa Pio VI en la bula Auctorem Fidei, con las siguientes palabras: “La proposición que establece que ha sido dada por Dios a la Iglesia la potestad, para ser comunicada a los pastores que son sus ministros, para la salvación de las almas; entendida en el sentido que de la comunidad de los fieles se deriva a los pastores la potestad del ministerio y régimen eclesiástico, es herética”23.

Al fin del siglo XIX, el modernismo – que resultó de la infiltración de las ideas racionalistas del protestantismo liberal dentro del catolicismo – sustentaba la misma herejía, profesando que la jerarquía de la Iglesia no fue establecida por Jesucristo sino que emergió gradualmente para satisfacer las necesidades litúrgicas y administrativas de las primeras comunidades cristianas. Es conocida la frase de Alfred Loisy: “Jesus anunciaba el Reino y fue la Iglesia que surgió”24.

Cuando la República laica francesa quiso atribuir el culto y la administración de los bienes eclesiásticos a simples asociaciones de fieles, San Pio X rechazó ese atentado a la constitución jerárquica de la Iglesia con una encíclica de fuego, la Vehementer Nos:

La Escritura enseña, y la tradición de los Padres lo confirma, que la Iglesia es el Cuerpo místico de Jesucristo, regido por pastores y doctores, es decir, una sociedad humana, en la cual existen autoridades con pleno y perfecto poder para gobernar, enseñar y juzgar. Esta sociedad es, por tanto, en virtud de su misma naturaleza, una sociedad jerárquica; es decir, una sociedad compuesta de distintas categorías de personas: los pastores y el rebaño, esto es, los que ocupan un puesto en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías son de tal modo distintas entre sí, que sólo en la categoría pastoral residen la autoridad y el derecho de mover y dirigir a los miembros hacia el fin propio de la sociedad; la obligación, en cambio, de la multitud no es otra que dejarse gobernar y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores”25.

¡Muy diferente de los “ministerios autóctonos” rotativos, con un sacerdocio de segunda clase, que el obispo Fritz Löbinger y los organizadores de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para la región pan-amazónica quieren implementar!

Como se pasó de un modelo de Iglesia a otro, es lo que veremos en los próximos artículos.

Fuente original panamazonsynodwatch.info

3 https://www.youtube.com/watch?v=CUT5SWqcEpU Ver del minuto 1 :05 :20 al 1 :10 :07.

4 “El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por ordenación de Dios que en toda ley han existido ambos” (Concilio de Trento, Denz.-Hün. 1764).

5 “El Pastor eterno y guardián de nuestras almas (1 Pt 2, 25), para convertir en perenne la obra saludable de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia en la que, como en una casa del Dios vivo, todos los fieles estuvieran unidos por el vínculo de una sola fe y caridad” (Concilio Vaticano I, Denz.-Hün. 3050).

6 “Como el Padre me envió a mi, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21),

7 “Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituido por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente el primado de honra, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema” (Concilio Vaticano I, Denz.-Hün. 3055).

8 Suppl. q. 34, a. 2 y q. 35, a. 1.

9 Usa el mismo vocablo que el Concilio de Trento. La sentencia común de los teólogos es hoy en día que las órdenes inferiores al diaconado no poseen sacramentalidad.

10 En su origen latina, el vocablo “ministro” significa “servidor”, como en Mt 20, 28: “Filius hominis non venit ministrari sed ministrare et dare animam suam redemptionem pro multis” (“el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida por la liberación de todos”).

11 Constitución Lumen Gentium, n° 31.

12 “Los laicos en el derecho de la Iglesia”, Ius Canonicum, vol. 6, n° 12 (1966), p. 343. El Código de Derecho Canónico vigente los distingue de la siguiente manera: “Canon 207. §1. Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denominan también clérigos; los demás se denominan laicos. §2. En estos dos grupos hay fieles que, por la profesión de los consejos evangélicos mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y sancionados por la Iglesia, se consagran a Dios según la manera peculiar que les es propia y contribuyen a la misión salvífica de la Iglesia; su estado, aunque no afecta a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la misma.”

13 Nozioni di Diritto Canonico, 12° edición, preparada con la colaboración del Prof. G. Catalano, Milán 1970, p. 89.

15 J.A. Fuentes, “Ministerio sagrado”, en Diccionario General de Derecho Canónico, t. V, p. 385.

16 Oficio es cualquier cargo constituido de manera estable que ha de ejercerse, por disposición divina o eclesiástica, para un fin espiritual. Las nociones de oficio y la de ministerio – aunque ambas traducen el vocablo latino munus – no son equivalentes: todo oficio es un ministerio pero no todo ministerio constituye un oficio (cf. J.I. Arrieta, “Oficio Eclesiástico”, en Diccionario General de Derecho Canónico, t. V, p. 689).

17 El actual Código de Derecho Canónico reza en su canon 129: “§ 1. De la potestad de régimen, que existe en la Iglesia por institución divina, y que se llama también potestad de jurisdicción, son sujetos hábiles, conforme a la norma de las prescripciones del derecho, los sellados por el orden sagrado. § 2. En el ejercicio de dicha potestad, los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho”.

18 “En aquellos tiempos, el clero era la primera clase social. No sólo por su carácter sagrado, sino también porque aportaba al país el propio fundamento de la civilización. Realmente un país sin moral no vale nada; y quien tiene los recursos naturales y sobrenaturales para embeber un país con la verdadera moral es precisamente el clero. Esta es su misión específica; y como es la más importante, la más fundamental, es natural que la clase encargada de esa misión sea considerada la primera clase de la sociedad” (https://www.pliniocorreadeoliveira.info/DIS%20-%2019921111_CleroNobrezaPovoGoverno.htm).

19 Véase, por ejemplo, lo que sugiere un best seller de la Belle Époque, el manual Usages du monde : règles du savoir-vivre dans la société moderne, de la Baronesa Staffe, seudónimo de Blanche Soyer, en el capítulo sobre cómo organizar las cenas: “Si un sacerdote estuviese entre los huéspedes de una familia católica, tendría derecho al primer lugar en la mesa, incluso si fuese un simple vicario, o sea que ocuparía la derecha de la dueña de casa. Además, como entre los católicos un sacerdote tiene siempre la precedencia, inclusive sobre las mujeres, la dueña de casa sería la primera en pasar a su lado (sin apoyarse en su brazo) al entrar y al salir del comedor. No se invita a un sacerdote si no se le puede tratar con esa deferencia, cuando se debe honrar a otro invitado.”

20 “Según el concepto protestante, no había en la Iglesia cristiana primitiva distinción esencial entre los laicos y el clero, ni diferencia jerárquica entre los tres órdenes (obispo, sacerdote, diácono), ni reconocimiento del Papa y de los obispos como los poseedores, el primero del supremo poder de jurisdicción sobre la Iglesia universal, los segundos sobre sus diferentes divisiones territoriales. Por el contrario, la Iglesia habría tenido en sus comienzos una constitución democrática, en virtud de la cual, las Iglesias locales elegían sus propios jefes y ministros y les transmitían la autoridad espiritual inherente, tal como en la república moderna el ‘pueblo soberano’ confiere a su presidente electo y a sus funcionarios la autoridad administrativa. El fundamento último de esta trasmisión de poder debería buscarse en la idea cristiana primitiva del sacerdocio universal, la que excluiría el reconocimiento de un sacerdocio especial. Cristo es el único sumo sacerdote del Nuevo Testamento así como su muerte cruenta en la cruz es el único sacrificio de la Cristiandad. Si todos los cristianos, sin excepción, son sacerdotes por virtud de su bautismo, un sacerdocio oficial, obtenido por ordenación especial, es tan inadmisible como el Sacrificio católico de la Misa” (Catholic Encyclopaedia, v. Priesthood, http://www.newadvent.org/cathen/12409a.htm).

21 Denz./Hün. 1771.

22 Idem 1776. Sobre el uso del vocablo “ministros”, ver la nota 9.

23 Denz./Hün. 2602.

24 “Ya que el cristianismo se convirtió en una religión y, al convertirse en una religión, se convirtió en un culto, necesitaba ministros. Reuniones con mucho público no pueden celebrarse de forma regular y frecuente sin jefes, presidentes, supervisores y oficiales subalternos que garanticen un orden adecuado. El colegio de los antiguos, más o menos imitado de las sinagogas, era, en cada comunidad, lo que el colegio apostólico había sido primero en la comunidad de Jerusalén. La atribución de la presidencia a los ancianos era algo evidente, y también era natural que uno de ellos ocupara el primer lugar en la celebración de la Cena del Señor. La hipótesis de una rotación de funcionarios, de una presidencia ejercida alternativamente por cada anciano, presentada por algunos críticos, no apoya en ningún testimonio, y carece de plausibilidad. Junto a los jefes, los ancianos, los presbíteros (sacerdotes) o los episcopios (obispos), había ministros inferiores, los diáconos. Cuando disminuyó el extraordinario ministerio de los apóstoles y de los predicadores itinerantes, así como el entusiasmo que despertaban los profetas, como tenía que acontecer, hacia el final del primer siglo, el cargo de enseñanza y la dirección de la comunidad pasaron enteramente a los jefes residentes, podemos decir a los administradores, quienes probablemente ya ejercían algunos de ellos desde el principio. Solo ellos pasaron a decidir sobre la admisión de los neófitos y, salvo en casos excepcionales, a conferir el bautismo; a medida que se hizo necesario organizar una disciplina de penitencia para los cristianos bautizados, fueron ellos quienes determinaron sus condiciones. La jerarquía de orden, con tres grados, se halló constituida cuando el primero de los ancianos se separó enteramente del grupo presbiteral y se reservó el título de obispo”

(L’Évangile et l’Église, p. 191-192).

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