Llamamiento a las verdaderas élites contra la mediocridad

Roberto de Matteipublicado el

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe – 31 ottobre 2020) ¿Existe una relación entre el virus que ha atacado a dos mil millones de hombres en los últimos diez meses y la pandemia de errores que desde hace muchos decenios infectan el mundo? En ambos casos nos hallamos ante agentes patógenos que atacan al organismo social. En el primer caso, el agresor es un virus que ataca los cuerpos y sólo se puede distinguir al microscopio; en el segundo, se trata de un germen que infecta y corrompe las almas, y cuya identidad reveló el Cielo cuando la Virgen anunció en Fátima en 1917 que, si la humanidad no se corregía, Rusia propagaría sus errores y se sucederían guerras, revoluciones y la aniquilación de naciones enteras.

La Santísima Virgen María no sólo tenía ante los ojos las dos espantosas guerras mundiales y los centenares de millones de muertos a manos de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista, sino también la crisis sanitaria que hoy atraviesa el mundo, con todas las consecuencias políticas y sociales que ya se delinean claramente. Un horizonte no de  control  social mediante la dictadura sanitaria como muchos piensan, sino por el contrario de colapso social, y antes incluso psicológico, de la sociedad actual que, alejándose de Dios, ha optado por seguir el camino de la autodisolución.

Esta trágica situación parece irreversible, porque a la impenitencia de la humanidad se agrega la apostasía de la cúpula de la Iglesia, que no predica la necesidad de la oración, la penitencia y la conversión a la única Iglesia de Cristo. Al contrario, proclama un nuevo evangelio ecológico, ecuménico y mundialista. ¿Cómo se puede evitar el castigo previsto por la Virgen en Fátima cuando nos encontramos con eclesiásticos que, como el flamante cardenal Raniero Cantalamessa, que desde hace años se obstinan en repetir que las desgracias nunca son un castigo divino (cf. Avvenire, 23 de abril de 2011 y, más recientemente, Il Corriere della Sera,10 de abril de 2020). Deus non irridetur! De Dios nadie se burla, como nos amonesta San Pablo en la epístola a los Gálatas (6,7).

Como tantos otros altos prelados, Cantalamessa es un digno hijo del Concilio Vaticano II. Pero quien niegue la responsabilidad del Concilio no puede negar que afrontamos una crisis de valores sin precedentes que se manifiesta en la pérdida de la noción del bien y el mal, en el relativismo y en el ateísmo práctico que vive la humanidad, que tras haber dejado de creer en Dios profesa la fe en ídolos como la Madre Tierra.

El trastocamiento de valores manifiesto en la protección jurídica y social conferida a la homosexualidad es una elocuente y palpable expresión del proceso de degradación moral que atravesamos. Pero más grave todavía es la aprobación o la benevolencia que las autoridades supremas de la Iglesia parecen manifestar por tal degradación de la sociedad.

La grey está falta de quien le brinde orientación religiosa y política; eso sí, en el fondo tiene los pastores que se merece. En realidad no basta con protestar contra las autoridades públicas, sean religiosas o políticas, si ante todo no se empieza por corregirse a uno mismo cambiando de forma de vida y de mentalidad y rompiendo toda avenencia con el mundo moderno, en el cual reside la causa profunda de la crisis.

Se diría que hoy en día la nota dominante es la mediocridad, que es el rechazo de la grandeza y la superioridad de ánimo, reemplazadas por el afán de éxito y de colmar los propios intereses. El escándalo de que es objeto en estos días la Secretaría de Estado vaticana pone de manifiesto una manera vulgar e interesada de servir a la Iglesia en la que encuentran su caldo de cultivo natural los errores teológicos y morales.

Con razón Ernesto Galli della Loggia, en un artículo titulado La Chiesa Cattolica e l’Italia svanita (la Iglesia Católica desaparecida) publicado en Il Corriere della Sera el pasado 17 de este mes, señala a propósito de la desastrosa gestión de las finanzas vaticanas «la desaparición de una Italia católica de cuño aristrocrático y burgués de cuyas competencias se beneficiaba la Iglesia de diversas maneras hasta tiempos no muy lejanos, y que sirvió a la Iglesia y los destinos del catolicismo con gran empeño ético con un profundo despego de todo interés personal (…) La falta de verdaderas competencias de carácter extrarreligioso, y al mismo tiempo, la imposibilidad de contar con las competencias de una sociedad civil católica ya inexistente o lejana, no sólo condenan la gestión financiera de la Santa Sede, sino más en general la totalidad de su relación con el mundo, a vivir peligrosamente, siempre al borde de la estafa o la ilegalidad o, en el mejor de los casos, de la más lamentable ineptitud.

El 30 de octubre de 1993 tuvo lugar en el palacio romano de Palaviccini un encuentro internacional con motivo de la publicación del libro de Plinio Corrêa de Oliveira Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al patriciado y a la nobleza romana (Editorial Fernando III el Santo, Madrid 1993). El cardenal Alfonso María Stickler arengó a las élites tradicionales a librar un valeroso combate en defensa de los valores cristianos y humanos (Tommaso Monfeli, Cattolici senza compromessi, Fiducia 2019, pp.  137-138). Pocos respondieron al llamamiento, pero la resistencia de esos pocos, que siguen al pie del cañón, señala el camino para el renacimiento moral de Italia y de Europa: formar hoy las élites del mañana. Verdaderas élites, sobre todo espirituales, pero también políticas y sociales. Una aristocracia del alma, del pensamiento y de la educación que enarbole la bandera de contrarrevolución católica mientras se sacuden por debajo los cimientos de la sociedad. Ése es el camino que seguimos y que señalamos a quien no desee hundirse en las arenas movedizas que tenemos ante nuestros pies.

Roberto de Matteipublicado el