La resistencia católica se manifiesta

Roberto de Matteipublicado el

Según el calendario antiguo, el primer martes de Septuagésima, que este año ha caído en el 19 de febrero, está dedicado a la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos, que tal vez fuese el momento más doloroso de la Pasión; el del sufrimiento, no físico sino espiritual, que culminó con su sudor de sangre (Lc. 22, 43-44).

Una de las principales razones de los sufrimientos era contemplar la infidelidad, y no sólo del pueblo elegido, sino de todos los que en lo futuro habrían de dirigir la Iglesia que fundaría Nuestro Señor en el Calvario.

Quae utilitas in sanguine meo? (Sal. 29,10). Esta pregunta tan atroz traspasó su corazón, y debería atravesarnos el nuestro como una afilada espada. Dios respondió que había permitido todas las infidelidades, todas las apostasías y todos los sacrilegios que se sucederían a lo largo de los siglos para que resplandeciese más vivamente la pureza de la doctrina y la vida de quienes a lo largo de los tiempos enarbolarían la bandera ensangrentada de la Cruz para enfrentarla a la de los secuaces de Lucifer.

Actualmente, como siempre ha sido a través de la historia, vivimos la lucha entre las dos banderas: la de los amigos de la Cruz y la de sus enemigos, que no sólo son los perseguidores, sino también los apóstoles infieles. La cumbre que se celebra estos días en el Vaticano se muestra a los ojos de muchos como un conciliábulo que tiene por objeto desviar la atención de los católicos de la espantosa crisis ocasionada por la pérdida de la fe y la moral, para centrarla en un problema como el abuso de menores, que es un síntoma limitado de un mal mucho más extendido y profundo. Pero sin duda, de los tres actos que se han celebrado este 19 de febrero ha salido una palabra de consuelo para Nuestro Señor.

Una coalición de laicos, Acies ordinata, ha formado como un ejército que marcha al campo de batalla. Cien seglares católicos provenientes de todo el mundo se manifestaron en pie y en silencio para «romper el muro de silencio de las autoridades eclesiásticas». La manifestación tuvo lugar en Roma, en la centralísima Plaza de San Silvestre, que toma su nombre de la iglesia de San Silvestro in Capite, donde se custodia la reliquia de la cabeza de San Juan Bautista, precursor del Mesías, que no calló ante Herodes y sufrió el martirio por haber roto el silencio sobre la infidelidad conyugal. En dicha iglesia, tras la conclusión del acto, los manifestantes se reunieron para rezar recitando el Santo Rosario.

Poco después, en la sala de prensa extranjera, ante un nutrido grupo de periodistas representantes de los más destacados órganos de prensa internacionales, siete dirigentes católicos de distintos países explicaron los motivos de su protesta silenciosa y pusieron de relieve que sería escandaloso que la cumbre de obispos callase sobre el problema de la homosexualidad, estrechamente ligado al de la pederastia.

Finalmente, al atardecer,  la voz más autorizada, la de dos príncipes de la Iglesia, los cardenales Walter Brandmüller y Raymond Leo Burke, se unió a la súplica de los laicos, casi a modo de respuesta: «La plaga de la agenda homosexual se ha extendido dentro de la Iglesia, fomentada por redes organizadas y protegida por un clima de complicidad y silencio. Las raíces de este fenómeno se encuentran, es evidente, en esa atmósfera de materialismo, relativismo y hedonismo en la que la existencia de una ley moral absoluta, es decir, sin excepciones, es puesta en discusión abiertamente. Se acusa al clericalismo de los abusos sexuales, pero la responsabilidad primera y principal del clero no es el abuso de poder, sino el haberse alejado de la verdad del Evangelio. La negación, también pública, con palabras y hechos, de la ley divina y natural, es la raíz del mal que corrompe determinados ambientes de la Iglesia. Ante esta situación, hay cardenales y obispos que permanecen en silencio. ¿También vosotros permaneceréis en silencio con ocasión de la reunión convocada en el Vaticano el próximo 21 de febrero?»

Podemos decir que por primera vez desde el comienzo del presente pontificado la resistencia católica a la autodemolición de la Iglesia se ha manifestado con fuerza y con éxito. La semana en que el papa Francisco ha decidido celebrar la cumbre de obispos es precisa aquella en la que la liturgia, el 23 de febrero en la antigua y el 21 en la nueva, honra la gran figura de San Pedro Damián, el obispo-cardenal que en su Liber gomorrianus fulminó contra la sodomía en la Iglesia. Desechar sus enseñanzas y las del Catecismo, como parecen hacer los pastores reunidos en Roma, es una especie de provocación. Pero de la voz de San Pedro Damián y del Magisterio de la Iglesia se han hecho eco los fieles, cardenales y laicos que se han expresado con sus palabras y sus gestos este 19 de febrero. Que Nuestro Señor sufriente en el Huerto de los Olivos y la Virgen Dolorosa que vela junto a Él en la agonía de la Iglesia infunda valor y esperanza a este pueblo fiel.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)

Roberto de Matteipublicado el