La Magdalena, San Pedro y la resurrección del Señor

Roberto de Matteipublicado el

Me gustaría exponer algunas reflexiones sobre la resurrección del Señor, tomadas de las meditaciones del venerable padre Luis de la Puente (1543-1624), que en italiano conocemos como Ludovico da Ponte. Esas reflexiones no tienen que ver con la resurrección propiamente dicha, sino con su manifestación al mundo, para que los hombres saquen más provecho de ella. Según el padre De la Puente, Cristo manifestó su resurrección de tres maneras:

La primera por medio de santos que resucitaron con Él, los cuales, como narra San Mateo, fueron a la ciudad santa de Jerusalén y se aparecieron a muchos (Mt.27,53) para predicarles que Jesús era el verdadero Mesías, Rey de Israel y Salvador del mundo. Es de creer que entre ellos se aparecieron a José de Arimatea y a Nicodemo para consolarlos y confirmarlos en la fe de su Maestro.

La segunda por medio de ángeles, que manifestaron su resurrección a las santas mujeres que fueron al sepulcro para ungir su cuerpo, y les dieron noticia de lo sucedido y les mostraron la sepultura vacía.

Pero Nuestro Señor no quedó satisfecho con estos anuncios, y quiso manifestarse en persona a sus amigos, quedándose algunos días en el mundo a fin de consolarlos y para que ellos mismos pudiesen predicar su resurrección como testigos oculares (Hch.1,3). Se quedó, pues, cuarenta días en la Tierra para purificarla con su presencia y demostrar que no había olvidado en la prosperidad a quienes lo habían acompañado en la adversidad.

De ahí que, como señala el padre De la Puente, Jesús se sirva de tres vías para manifestar sus misterios a las personas espirituales.

La primera por medio de los santos, que conocen por experiencia la santidad y la grandeza de Dios y muestran con santo empeño a los demás cuanto saben, para que Dios sea conocido y glorificado.

La segunda por medio de los ángeles, que con sus inspiraciones secretas nos iluminan, enseñan, consuelan y ayudan a eliminar los obstáculos que nos impiden disfrutar de Jesucristo.

Y la tercera es el propio Jesús, que nos habla al corazón y nos da testimonio de su divina Presencia. Lo hace con sus más fieles devotos y amados discípulos, cumpliendo en ellos lo que dijo en la Última Cena: «Quien me ama, será amado de mi Padre, y Yo también lo amaré, y me manifestaré a él» (Jn.14,21).

Por ello, comprendemos que después de resucitar Jesús quiso aparecerse antes que a nadie a la criatura a la que más amaba, su santísima Madre, la única que aun en la más honda aflicción conservó íntegra la fe en la resurrección.

No es fácil imaginar el intercambio de palabras y de afectos entre la Madre y el Hijo en aquel extraordinario encuentro. Jesús le reveló sin duda mucho sobre el futuro, pero le pidió también que guardara el secreto de los Apóstoles.

Pero antes que a los Apóstoles, quiso manifestar su resurrección a las santas mujeres que se habían mantenido a su lado en todo momento hasta la deposición en la sepultura. Cuenta el Evangelio que María Magdalena, María de Cleofás y Salomé (Mc.16,1) se dirigieron al sepulcro, y allí se encontraron con el ángel que les anunció la resurrección del Señor y les dijo que fueran a comunicársela a los Apóstoles. Cuando llegaron a donde estaban los discípulos, afligidos y llorando según cuenta San Marcos (Mc.16,10), para transmitir el mensaje de los ángeles, no las creyeron sino que como dice San Lucas, sus palabras les parecieron un delirio (Lc.24,11); tampoco creyeron a la Magdalena cuando añadió que ella misma lo había visto con sus propios ojos (Mc.16,11).

El venerable De la Puente observa que este episodio nos debe enseñar que debemos aprender a encontrar el equilibro entre dos errores, porque no es menor error llamar delirio de la imaginación a la revelación de Dios que llamar revelación de Dios a un delirio de la imaginación.

Pero sobre todo da motivo para reflexionar que la primera criatura a la que se apareció Nuestro Señor después de la Virgen fue a una pecadora arrepentida. El amor de la Magdalena por Jesús no sólo fue ardiente sino perseverante. Cuando las otras santas mujeres se alejaron del sepulcro, satisfechas con lo que les había dicho el ángel, y mientras que también San Pedro y San Juan volvieron a casa conformados con haber visto las telas que habían envuelto al Señor, la Magdalena se quedó allí llorando porque no encontraba consuelo en las criaturas, y Él se le apareció. Señala el padre De la Puente que esto nos hace tener en cuenta la infinita caridad con que honra el Señor a los pecadores convertidos, pues escogió para primer testigo de su resurrección a una mujer en la que habían habitado siete demonios (Lc.8,2), o sea siete pecados mortales fruto de esos demonios; esto es para que se entienda que la cantidad y gravedad de los pecados cometidos no es obstáculo para la salvación cuando se reparan esos pecados con penitencia y fervor.

San Pedro y San Juan corrieron al sepulcro y no encontraron el cuerpo de Jesús, sino las telas que lo habían envuelto. Los dos apóstoles volvieron a casa, pero mientras San Pedro estaba pensativo, reflexionando en lo que había visto, se le apareció Cristo. Según cuenta San Lucas, «Surrexit Dominus vere, et apparuit Simoni»: Cristo verdaderamente resucitó y se le apareció a Simón (Lc.24,34).

San Juan también había ido al sepulcro, pero Jesús sólo se le apareció a San Pedro, para que se vea –según explica el venerable De la Puente– que con frecuencia los pecadores verdaderamente arrepentidos, como San Pedro y la Magdalena, son objeto de mayores favores, con preferencia sobre justos que nunca pecaron; así –lo cual no deja de tener su misterio–, el primer hombre y la mujer de aquellos a quienes se apareció Jesús según el Evangelio, habían sido pecadores, de modo que «donde abundó  el pecado sobreabundó la gracia» (Rm.5,20).

Es también motivo de reflexión que precisamente San Pedro, que lo había negado, fue elegido por Jesús para que fuera su Vicario en la Tierra. Pero a diferencia del otro traidor –Judas–, San Pedro se arrepintió y derramó fervientes lágrimas. Justo era por tanto que a pesar de sus pecados anteriores, por ser jefe de la Iglesia fuese el primero en disfrutar de la aparición del divino Maestro.

La Iglesia actual atraviesa un momento terrible de pasión y el mundo está inmerso en el pecado. El venerable De la Puente nos invita en sus meditaciones a rezar en particular a la Magdalena y a San Pedro para que nos ayuden a cada uno de nosotros, pecadores, a amar a la Iglesia y ayuden a quien la preside a guiarla siguiendo fielmente las palabras de Cristo.

La resurrección del Señor y sus enseñanzas siguen siendo el fundamento de nuestra fe, y los santos el ejemplo que debemos imitar.

Roberto de Matteipublicado el