La génesis de la Humanae vitae a la luz de los archivos vaticanos

Roberto de Matteipublicado el

A comienzos de 2017, el papa Franciscó nombró una comisión de estudios a fin de preparar el quincuagésimo aniversario de la encíclica Humanae vitae (25 de julio de 2018).

La existencia de dicha comisión secreta fue revelada hace varios meses por dos publicaciones católicas, Stilum curiae y Corrispondenza romana.

La comisión, dirigida por monseñor Gilfredo Marengo, tiene por objeto buscar en los Archivos Vaticanos la documentación relativa a los trabajos preparatorios de la redacción de Humanae vitae,que se iniciaron mientras se celebraba el Concilio y culminaron algún tiempo después.

Primicia de la labor de la comisión es el libro de monseñor Marengo La nascita di un’Enciclica. Humanae Vitae alla luce degli Archivi Vaticani, publicado por la Libreria Editrice Vaticana. Al que tal vez sigan otras publicaciones, y es de suponer que otros documentos le serán presentados, en privado, al papa Francisco .

Desde el punto de vista historiográfico, el libro de monseñor Marengo resulta decepcionante. A mi juicio, el mejor libre sobre la génesis y las consecuencias de Humanae vitae, en el contexto de la revolución anticonceptiva, sigue siendo el de Renzo Puzzetti I veleni della contraccezione (Edizioni Studio Domenicano, Bolonia 2013).

Ahora bien, el estudio de monseñor Marengo contiene algunas novedades. La más relevante es la reproducción del texto integral de una encíclica, De nascendi prolis (pp. 215-238) que, tras cinco años de  frenética   labor, aprobó Pablo VI el 9 de mayo de 1968, fijando la fecha de su promulgación para la festividad de la Ascensión (23 de mayo).

La encíclica, a la que monseñor Marengo califica de «rigurosa definición de doctrina moral», ya se había publicado en latín, cuando de pronto sucedió algo inesperado: los dos traductores franceses, monseñor Jacques Martin y monseñor Paul Poupard, expresaron graves reservas por el enfoque excesivamente «tradicional» del documento. Impresionado por las críticas, Pablo VI se ocupó personalmente en efectuar numerosas modificaciones en el texto. Ante todo le cambió el tono pastoral, que se volvió más abierto a las exigencias culturales y sociales del mundo contemporáneo.

Dos meses después, De nascenci prolis se había transformado en la Humanae vitae. El Papa se ocupó de que «fuese recibida del modo menos problemático posible» (p.121), no sólo expresando de modo diferente el lenguaje, sino devaluando además su carácter dogmático (p.103).

Monseñor Marengo recuerda que Pablo VI no aceptó la invitación que le había hecho llegar el cardenal de Cracovia, Karol Wojtyła, de publicar una «instrucción pastoral, para reiterar sin ambigüedades la autoridad doctrinal de la Humanae Vitae ante la oleada de críticas de que fue objeto» (p. 128).

El objetivo, o al menos la consecuencia, del libro de monseñor Marengo parecer ser relativizar la encíclica de Pablo VI, que aparece como una fase más de un complejo itinerario histórico que no concluye con la publicación de Humanae vitae ni con la subsiguiente polémica. No es posible «decir la última palabra y cerrar, si se diera el caso, un debate que se arrastra desde hace décadas» (p.11).

Apoyados en la reconstrucción histórica de monseñor Marengo, los nuevos teólogos que se apoyan en Amoris laetitia dirán que las enseñanzas de Humanae vitae no han cambiado, pero hay que entenderlas en su conjunto, sin limitarse a la condena del control de natalidad, que no es sino uno de sus diversos aspectos. La pastoralidad –añadirán– es el criterio para interpretar un documento que nos recuerda la doctrina de la Iglesia sobre la regulación de nacimientos. Se trata, a fin de cuentas, de entender Humanae vitae a la luz de Amoris laetitia.

Humanae vitae fue una encíclica atormentada (así la calíficó Pablo VI), y sin duda alguna valiente. La esencia de la revolución sesentayochista se condensaba en el lema prohibido prohibir, que expresaba el rechazo de toda autoridad y ley en nombre de la liberación de los instintos y deseos.

Al reiterar la condena del aborto y la anticoncepción, Humanae vitae recordaba que no todo está permitido, que existen una ley natural y una autoridad suprema –la Iglesia– que tiene el derecho y el deber de custodiarla. Con todo, Humanae vitae no fue una encíclica profética. Lo habría sido si a los falsos profetas del neomaltusianismo se les hubiera respondido con las palabras divinas «creced y multiplicaos» (Gén.1,28; 9,27).

Cosa que no hizo, porque Pablo VI, por temor a contrariar al mundo, aceptó el mito de la explosión demográfica en 1968 por el libro de Paul Ehrlich La explosión demográfica. En 2017, el propio Ehrlich fue invitado por por monseñor Marcelo Sánchez Sorondo a   recalcar    sus teorías sobre la superpoblación en el congreso organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias sobre el tema  Extincióne biológica: cómo salvar al mundo natural del que dependemos (27 de febrero-1 de marzo de 2017).

En dicho libro, el autor exponía el catástrofico futuro que aguardaba a los habitantes de la Tierra si no tomaban medidas para contener el aumento de población. Lo que la encíclica acertadamente condena es la regulación artificial de nacimientos, pero sin refutar el nuevo dogma de que es necesario reducir la natalidad. Humanae vitae sustituyó a la Divina Providencia, que hasta ese momento había regulado los nacimientos en las familias cristianas, por el cálculo humano de una paternidad responsable.

El Magisterio de la Iglesia afirma, sin embargo, de manera dogmática, que el control de natalidad no es objeto de condena solamente por ser un método en sí innatural, sino también porque se opone diametralmente al fin primario del matrimonio, que es la procreación. Si no se declara que el fin procreativo tiene precedencia sobre el unitivo, se podrá sostener la tesis de que la anticoncepción puede ser lícita cuando perjudica la intima communitas de los cónyuges.

Juan Pablo II reiteró enérgicamente las enseñanzas de Humanae vitae, pero el concepto de amor conyugal que se difundió durante su pontificado ha dado origen a numerosos equívocos. A quien desee estudiar este aspecto lo remito a las oportunas observaciones del P. Pietro Leone, pseudónimo de un excelente teólogo contemporáneo, en su libro La familia sotto attacco, Solfanelli 2017.

Por culpa de un concepto engañoso de los fines del matrimonio, en los últimos cincuenta años se han olvidado las enseñanzas pontificias y se han extendido ampliamente entre los católicos la anticoncepción, el aborto, la convivencia prematrimonial y la homosexualidad. La exhortación postsinodal Amoris laetitia supone la culminación de un itinerario iniciado hace mucho tiempo.

Repitiendo casi textualmente las palabras pronunciadas el 29 de octubre de 1994 en el Concilio por el cardenal Leo-Joseph Suenens, «Es posible que hayamos hecho tanto hincapié en la exhortación de las Escrituras “Creced y multiplicaos” que hayamos eclipsado la otra frase que dijo Dios: “Los dos serán una sola carne”», el papa Francisco ha afirmado en Amoris latitia: «Con frecuencia presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación» (nº 36).

Invirtiendo esta frase, podríamos decir que en las últimas décadas se ha puesto casi exclusivamente el acento en la expresión bíblica «serán los dos una sola carne» hasta el punto de dejar eclipsadas las divinas palabras «creced y multiplicaos». Estas palabras, preñadas de sentido, deberían también servirnos de punto de partida para un renacimiento no sólo demográfico, sino espiritual y moral, de Europa y el Occidente cristiano.

 

Adelante la Fe – 20 julio 2018

Roberto de Matteipublicado el