La fuerza invencible de la Preciosísima Sangre

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Estamos en los últimos días de julio, mes dedicado a la Preciosísima Sangre del Señor. Es la razón por la cual publicamos un excelente artículo sobre el tema escrito por el Prof. Roberto de Mattei -a quien agradecemos su amable autorización- que el periódico norteamericano The Remnant Newspaper  ya divulgó en inglés el 14 de julio ppdo.

La fuerza invencible de la Preciosísima Sangre

Una multiplicidad de iglesias acogieron la Misa tradicional en Roma durante los cincuenta años que van desde la promulgación del  Novus Ordo Missae  de Pablo VI (3 de abril de 1969) al día de hoy, pero la que más se destacó por la continuidad con la cual el antiguo Rito Romano se celebró desde entonces es la iglesia de San Giuseppe a Capo le Case, en la calle Francesco Crispi, cerca de la más famosa vía Sistina. Esta iglesia alberga una preciosa reliquia de la Preciosísima Sangre de Jesucristo. La Sangre de Cristo, a la cual debemos nuestra redención, le da a la vida de cada cristiano el carácter de sacrificio, como participación en la inmolación que Cristo hizo de Sí mismo en el Calvario. Lo cual está íntimamente relacionado con el Santo Sacrificio de la Misa, que es la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz. Y no está privado de significado el hecho de que la iglesia de San Giuseppe a Capo, tan íntimamente vinculada a la reliquia de la Sangre de Cristo, tenga el privilegio de ser la iglesia más antigua de Roma, donde se celebra regularmente la Santa Misa según el rito romano antiguo.

Gianluca Orsola, en un libro reciente dedicado a  San Longino en la tradición griega y latina de la edad antigua  (Graphe.it Edizioni, Ponte Felcini (PG) 2008, reimpresión de 2017), basándose en los testimonios del  Acta Pilati , del  Martyrologium Hieronimianum y en numerosas otras fuentes griegas y latinas reconstruye la figura de San Longino, el centurión romano que en el Calvario le traspasó el costado a Jesús con la Santa Lanza para constatar si había muerto. Después de reconocer y confesar como verdadero Dios al hombre crucificado por él (Mc. 15, 39), Longino recogió la «sangre y el agua.» (Jn. 19, 34) que brotó del costado divino y cayó al pie de la cruz, colocándola en un vaso, que llevó a Italia, junto con la esponja usada para darle a beber vinagre a Jesús. Se detuvo en la ciudad cesárea de Mantua, enterrando las reliquias en una pequeña caja de plomo, sobre la cual escribió «Jesu Christi Sanguis«. En la misma ciudad, el 15 de marzo del 37 dC, San Longino sufrió el martirio al ser decapitado en un suburbio llamado Cappadocia. Después de casi ocho siglos, en el año 804, el apóstol San Andrés se apareció a un fiel, indicándole el lugar donde se encontraban los huesos del mártir y la caja que había enterrado. La noticia llegó a la corte de Carlomagno, quien le pidió al Papa León III que confirmara la veracidad del descubrimiento. El Papa fue a Mantua y aprobó la aparición de San Andrés y la autenticidad de las reliquias, llevando un fragmento a Carlomagno, que después se conservó en la Sainte Chapelle de París. El Papa luego elevó Mantua a diócesis, nombrando como primer Obispo, a Gregorio de Roma. En el siglo XI, se construyó una gran basílica en honor a San Andrea, restaurada a partir del año 1472 según el proyecto de León Battista Alberti. La canonización del centurión tuvo lugar el 2 de diciembre de 1340 bajo el pontificado de Inocencio III y su memoria se celebra el 15 de marzo. Una estatua esculpida por Gian Lorenzo Bernini lo representa en la base de uno de los cuatro pilares que sostienen la cúpula de la Basílica de San Pedro. Dentro de la Basílica de Sant’Andrea, una capilla alberga los restos de San Longino, mientras que en la cripta de la basílica se conserva el frasco de la Preciosísima Sangre. En Mantua, todos los años, en la tarde del Viernes Santo, se celebra la ceremonia de apertura de los cofres que guardan las sagradas reliquias, que después se exponen a la veneración de los fieles a los pies del Cristo crucificado en el ábside de la Catedral.

Pero a los pies de la Cruz no fue solo Longino quien recogió la sangre de Cristo. Según una antigua tradición reconocida por la Iglesia, otro soldado romano, perteneciente a la familia Savelli, tenía, como otros, la túnica rociada por algunas gotas de la Preciosísima Sangre de Jesús y se convirtió. El soldado separó la parte roja de Sangre de su vestido y regresó a Roma, donde la guardó en su palacio en Monte Savello, encerrada en un relicario de ébano y cristal, donde permaneció celosamente guardada durante muchos siglos. Los Savelli, una de las primeras familias baronales de Roma, dieron a la Iglesia dos Papas, Honorio I y Honorio IV, y fueron oficiales del Cónclave. El Príncipe Giulio Savelli (1626-1712), el último de su casa, donó la reliquia a la Iglesia de San Nicola in Carcere, adyacente a su palacio, en el Teatro de Marcelo. La reliquia fue guardada en una caja de plata y colocada para ser venerada en el altar del Santísimo Crucifijo, el mismo que una vez había hablado a Santa Brígida.  El 8 de diciembre de 1808, con motivo del primer centenario del regalo, el Canónigo Francesco Albertini, rector de la Iglesia, fundó, con un grupo de devotos de la reliquia, una Asociación Pía en honor de la Preciosísima Sangre y asignó como predicador al recién ordenado sacerdote Gaspare del Bufalo (1786-1837), dirigido espiritualmente por él. El Canónigo Albertini es considerado el «padre secreto» de todo el movimiento de devoción hacia la Sangre de Cristo en el siglo XIX, que alentó a San Gaspar del Bufalo a la fundación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, en el que también se inspiró Santa María De Mattias (1805- 1866), fundadora de las Adoratrices de la Sangre de Cristo.

Pero eran días tormentosos para la Iglesia. El 2 de febrero de 1808, el ejército francés, bajo el mando de Napoleón, ocupó la ciudad de Roma. Las intimidaciones y las violencias morales contra el Papado se multiplicaron, hasta que el 10 de junio de 1809 se derribó el pabellón pontifical del Castillo de Sant’Angelo y se levantó la bandera francesa. Pío VII firmó la bula de excomunión contra Napoleón y la noche del 6 de julio fue tomado prisionero y deportado. Cuando se le pidió que jurara lealtad a Napoleón, el P. Gaspar del Bufalo respondió con firmeza:  «No puedo, no debo, no quiero«, una frase que también usará Pío IX durante la «cuestión romana». El joven sacerdote sufrió cuatro años de exilio y deportación, hasta la caída de Napoleón. El 15 de agosto de 1815, Gaspare del Bufalo fundó la congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre a la que  Pío VII, y después León XII,  confiaron la misión de predicar contra las sociedades secretas, que llevaban a cabo una propaganda activa en el pueblo y evangelizó a los bandidos que infestaban los Estados papales para traerlos de vuelta a la fe. El sacerdote romano murió el 28 de diciembre de 1837 en una sala del palacio arriba del Teatro de Marcello, que pasó de la familia Savelli a la de los Orsini. San Vicente Pallotti vio que su alma se elevaba al cielo bajo la forma de una estrella luminosa y a Jesús yendo a su encuentro. Canonizado por Pío XII el 12 de junio de 1954, San Gaspar del Bufalo fue definido por Juan XIII en 1960 como «gloria toda resplandeciente del clero romano»  y  «el verdadero y más grande apóstol de la devoción a la Preciosísima de Jesús en el mundo» . Su cuerpo descansa en Roma, en la iglesia de Santa María in Trivio.

Cuando, en 1849, Pío IX se vio obligado a dejar Roma ocupada por los revolucionarios para refugiarse en Gaeta, tuvo un encuentro con el venerable P. Giovanni Merlini, sucesor de San Gaspar del Búfalo y muy apreciado por el Pontífice por su santidad y sabiduría. Al Papa, que le preguntó cuándo pasarían esos terribles momentos para la Iglesia, el santo misionero respondió que si Pío IX hubiera introducido la Fiesta de la Preciosísima Sangre, habría regresado a Roma liberada. Después de haber reflexionado, el 30 de junio el Papa le dijo a Merlini que aceptaba su consejo. El domingo 1 de julio de ese año, los revolucionarios se vieron obligados a abandonar Roma y el Papa, por decreto del 10 de agosto de 1849, extendió la fiesta de la Preciosíma Sangre a toda la Iglesia, para ser celebrada con un doble rito de segunda clase el primer domingo de julio. San Pío X la estableció definitivamente el 1 de julio y Pío XI, en memoria del XIX centenario de la redención, en abril de 1934, la elevó a rito doble de primera clase. Pablo VI, después de la reforma litúrgica postconciliar, combinó la Fiesta de la Preciosísima Sangre  con la de  Corpus Domini, pero su decisión provocó un fuerte descontento entre los devotos de una y de otra devoción. Al recibir a los Misioneros de la Preciosísima Sangre, el Papa les comunicó que también podían celebrar la Fiesta el 1 de julio, en liturgia con grado de solemnidad.

La Pía Asociación de la Preciosísima Sangre fundada por Mons. Albertini,  erigida en Archicofradía por el Papa Pío VII en 1815, se trasladó en 1936 cerca de la iglesia de San Giuseppe en Capo le Case, propiedad de los Carmelitas, donde, detrás del Altar, aún se conserva el antiguo relicario venerado por San Gaspar del Buffalo y donde continúan venerándola los fieles de la Misa tradicional que frecuentan desde hace cincuenta años esta pequeña iglesia.

Pero no podemos concluir esta narración acerca de la devoción a la Preciosísima Sangre, sin recordar que antes de ser derramada de una manera cruenta durante Su Pasión, la Sangre de Cristo fue ofrecida a Dios y distribuida sacramentalmente a los Apóstoles el Jueves Santo. Durante la Última Cena, por primera vez el mismo Jesús transformó el pan y el vino en Su cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y la copa que usó Nuestro Señor para celebrar la primera Misa constituye la reliquia más preciosa de la Pasión después de la Santa Cruz.

Janice Bennett en  St. Laurence And The Holy Grail: The Story Of The Holy Grail Of Valencia (Ignatius Press, San Francisco 2012) y el Abad Bertrand Labouche, en su libro  Le Saint Graal ou le vrai Calice de Jésus-Christ. Histoire, archéologie et théologie du Calice de Valencia, Editions de Chiré, Chiré 2015), cuentan la historia de esta reliquia, tan vinculada a la Preciosísima Sangre, ahora venerada en la Catedral de la ciudad española de Valencia. Una investigadora universitaria española, Ana Mafé García, en su tesis doctoral en historia del arte en la Universidad de Valencia, realizada en 2010, basada en nuevos datos iconográficos y arqueológicos, confirmó las conclusiones de estos estudios y dijo que estaba segura, en un 99,9% que el cáliz de Valencia es el que usó Jesucristo en la Última Cena.

Janice Bennett sustenta que el cáliz, una taza de cornalina -ágata de color de sangre o rojiza- habría sido propiedad de la familia de San Marcos Evangelista, quien lo habría confiado a San Pedro. Sin embargo, es probable que haya sido custodiado en su oratorio por la Virgen María hasta su Asunción al Cielo y después se lo entregara al Príncipe de los Apóstoles. En Roma, San Pedro y sus sucesores a menudo usaban este santo cáliz para celebrar la Misa. El último Papa que celebró los santos Misterios con este cáliz fue San Sixto, martirizado el 6 de agosto del 258, durante la persecución de Valeriano, acusado de no haber entregado a los paganos todos los bienes de la Iglesia, entre los cuales el Sagrado Cáliz. Quien custodiaba estos bienes era el Diácono Lorenzo, quien, el 10 de agosto, también fue martirizado por negarse a entregar las reliquias que guardaba. Lorenzo, originario de la ciudad española de Huesca, en la zona de los Pirineos, logró enviar el cáliz a su ciudad. Un antiguo mosaico que adornaba la nave central de la basílica de San Lorenzo fuera los Muros y que fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial, representaba a San Lorenzo confiando el cáliz a un soldado romano de rodillas. Este soldado, que se llamaba Precelius y también era español, llevó el cáliz a Huesca donde permaneció durante otros cuatro siglos hasta la invasión musulmana del 711. Cuando los invasores se acercaron, el Obispo de Huesca huyó a la gruta de Yebra, en los Pirineos, donde, sin embargo, fue encontrado por los musulmanes y martirizado. El cáliz sagrado fue llevado a un lugar seguro en San Pedro de Siresa, el monasterio más antiguo de Aragón, cerca de Roncesvalles, y después de muchas vicisitudes, llegó al monasterio de San Juan de la Peña, donde permaneció hasta 1399, cuando los religiosos lo donaron al Rey Martín I de Aragón. En el año 1437 finalmente encontró su refugio definitivo en la Catedral de Valencia, donde hoy es venerado en una suntuosa capilla, en la que Juan Pablo II y Benedicto XVI predicaron y celebraron la Misa. Una de las primeras concesiones de la Santa Sede fue, en el año 1582, la del rezo de un oficio De Sanguine Christi  a la Diócesis de Valencia.  

La odisea del Cáliz Sagrado no había terminado. Después de escapar de los musulmanes, la reliquia sagrada logró milagrosamente en 1809 escapar del vandalismo del ejército napoleónico y en 1936 del ejército anarco-comunista. Pero hoy la ataca una agresión más sutil: las fábulas difundidas por los círculos esotéricos alrededor del Grial pretenden oscurecer el auténtico significado de la Preciosísima Sangre de Jesús. Pero la Sangre del Verbo Encarnado, derramada en la Pasión de Cristo y en la Eucaristía, es, como dicen las letanías dedicadas a él, victoriosa sobre los demonios, fortaleza de los mártires, virtud de los confesores, una prenda de vida eterna, «omni gloria et honore dignissimum » y, podríamos agregar, un arma poderosísima y triunfante contra los enemigos de la Iglesia.

Cooperatores Veritatis – 25 de julio de 2019

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