La fiesta litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores

Roberto de Matteipublicado el

El 15 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. El dolor no es puntual en María; se podría afirmar que es algo propio de ella, ya que sí Jesús es llamado Vir dolorum en palabras del profeta Isaías (5,3), a la Virgen bien se la podría llamar Mulier dolorum, Señora de los Dolores, Madre Dolorosa.

Jesucristo, Dios Hombre, es llamado Rey de los Dolores y de los mártires porque en su vida padeció más que todos los demás mártires. Su padecimiento no fue mayor que el de cada uno de los mártires por separado, sino que el del conjunto de todos los mártires que ha habido a lo largo de la historia. María, mera criatura, sufrió más que ninguna otra criatura. Ese inmenso dolor le fue profetizado por Simeón cuando le dijo a la Virgen que una espada le traspasaría el alma (Lc.2,35). La espada del dolor atravesó a María toda la vida, pero alcanzó su ápice en el Calvario. Según Santo Tomás, la presencia de Nuestra Señora en la Pasión fue «el mayor de todos los dolores» (Summa Theologica, III, q. 46, a. 6).

Los dolores de Jesús fueron físicos y morales; el dolor de María no fue físico, sino moral, y no se limitó al momento de la Pasión. Cuando el arcángel Gabriel anunció a María que concebiría al Salvador. Le hizo comprender también cuáles y cuántos serían los padecimientos que aguardaban a su divino Hijo. Ésa fue la causa más profunda de su dolor. Es más; si es cierto que los padres sienten más los dolores de sus hijos que los propios, eso también se cumplió ante todo en María, dado que amaba enormemente a su Hijo que a Sí misma. Por eso, su martirio moral duró toda la vida, desde Nazaret hasta el Gólgota. Dice San Alfonso que María se pasó la vida en un perpetuo dolor, porque siempre tenía tristeza y sufrimiento en el corazón. A la Virgen se le aplica el pasaje de Jeremías que dice: «Tu quebranto es grande como el mar» (Lamentaciones 2,13).

Jesús sufrió en el alma y en el cuerpo; María sólo en el alma, pero el alma es más noble que el cuerpo, al cual da vida, y no se puede comparar el dolor del alma con el del cuerpo.

Los católicos devotos meditan en la Pasión del Señor, como si estuvieran presenciando in situ los sufrimientos de Jesús en el Calvario. Pero pocos meditan en los dolores de María, que según la tradición fueron siete: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, el Niño Jesús perdido en el Templo, el encuentro de María con Jesús camino del patíbulo, la muerte de Jesús, la lanzada, el descendimiento de la Cruz y por último la sepultura. Podríamos agregar el dolor del Sábado Santo, día del supremo dolor y la suprema esperanza.

Uno de los motivos por los que se medita poco sobre los dolores de la Virgen es que se es muy sensible a los dolores del cuerpo, pero no es fácil comprender lo grandes que pueden ser los padecimientos del alma. La insensibilidad al sufrimiento moral se debe también a la menguada capacidad de amar de los hombres de nuestro tiempo. De hecho, el dolor se mide por el amor. La razón es clara, porque, como dice San Alfonso citando a San Bernardo, «más está el alma donde ama que donde vive». Se podría decir que quien no sufre no ama.

Por eso, el dolor lacerante que desgarró el alma de la Virgen era fruto de su ilimitado amor por su Hijo, pero también de su inmenso amor a la Iglesia y a cada uno de nosotros. De ahí que, en unos momentos en que la Iglesia atraviesa un proceso de impresionante autodemolición, debemos tener la gracia para amar a la Iglesia y sufrir con ella. Quien ama a la Iglesia sufre con ella, y quien no sufre con la Iglesia demuestra que no la ama.

Sufrir con María por la Iglesia significa también combatir defendiendo el nombre de María y el de la Iglesia en la hora de la humillación y la traición. La devoción a Nuestra Señora de los Dolores nos dispone a recibir dicha gracia.

Roberto de Matteipublicado el