La Epifanía de la salvación y de los castigos

Cristina Siccardipublicado el

Cuando los Reyes Magos, guiados por el surgimiento de «su estrella» (de Jesús), se presentaron en Jerusalén ante el Rey de la Judeo romana para preguntarle dónde había nacido el nuevo Rey, porque querían ir a adorarlo, Herodes entró en pánico, creyendo que alguien quería usurpar su reino. Al no conocer las profecías de las Sagradas Escrituras que anuncian (Miqueas 5:1) el nacimiento del Rey de los Judíos en Belén, consultó a los escribas y, al enterarse del lugar sagrado, quedó desconcertado y turbado. Reveló entonces a los dignatarios de Oriente la ciudad que también había dado los orígenes al rey David, pidiéndoles que encontraran al Niño y que le comunicaran asmismo los detalles del lugar donde encontrarlo «para que él también lo adorara» (Mt 2,1-8). Los Reyes Magos descubrieron al Salvador, lo adoraron y le regalaron oro, incienso y mirra porque reconocieron su condición de rey sagrado. Habían sido iluminados divinamente: percibieron que este Rey no era un soberano común y que su Reino iba mucho más allá de este mundo.

Los Reyes Magos no representan únicamente el mundo pagano que reconoce al Verbo encarnado y ante Él se inclina, sino también una autoridad terrenal con implicaciones de carácter sobrenatural. Dios no eligió a simples titulares del poder civil, sino a Magos, reconocidos públicamente como sacerdotes, sabios, filósofos, científicos y astrólogos. Eran persas y, dado que los territorios al este de la Palestina bíblica coincidían con el Imperio Persa, no cabe duda del origen étnico y de la religión zoroástrica de los personajes descritos en el Evangelio de San Mateo.

El Salvador se manifestó primero a los pastores e inmediatamente después a personalidades ilustres, aquellas que simbolizan lo conocible y la búsqueda de la Verdad. La historia del Cristianismo reconduce a hechos sustanciales, donde la razón y la fe proceden al unísono para llegar a la Verdad revelada por Cristo. Esta única Verdad, a lo largo de la historia, fue siempre reconocida por la Santa Madre Iglesia, que ha luchado para defenderla heroicamente por medio de la santidad, la teología y los concilios. Son tres las épocas de sus mayores crisis: el Arrianismo, el Protestantismo y el Modernismo. Este último sigue manifestándose de una forma prepotente y agresiva; su hostilidad hacia la Tradición de la Iglesia es abrumadora, a tal punto que el mismo Papa Francisco realiza actos de auténtica persecución contra las «epifanías» doctrinales, teológicas, cultuales y devocionales. La idolatría mundana, ecológica y paupérrima se ha apoderado de los intereses eclesiales, y los castigos irrumpieron y están irrumpiendo dentro y fuera de la Iglesia. Divisiones por doquier en el Cuerpo de la Iglesia; la propia Iglesia se ha erosionado por la falta de nuevas levas; vacío de contenido; malestar y perturbación; sensación de abandono por parte de los católicos huérfanos de una autoridad responsable; hay una tediosa y aburrida repetición de lugares comunes; cierre de iglesias y parroquias; irrelevancia del peso de los pecados; hay esterilidad y aridez, así como pérdida de credibilidad por parte de la Santa Sede relacionada con la cultura de los «lobbies» de poder.

La pandemia, por supuesto, es otro castigo con todas sus implicaciones sanitarias, psicológicas, sociológicas y económicas, que han agravado el malestar ya existente. Y luego está la violencia que ha aumentado exponencialmente dentro de las paredes del hogar, paredes exacerbadas por el feminismo exagerado y la sexualidad libre, ideologías que anulan el sentido común y el respeto a las personas, incluida la responsabilidad que hay que ejercer especialmente con los propios hijos. La ciencia y la ecología se han convertido en religiones, adoradas también en el seno de la Iglesia, que no parece advertir el camino del transhumanismo, tan devastador como inhumano y que conduce al control total de las existencias individuales. La Iglesia ya no es Maestra de la vida eterna, la Maestra de la verdadera libertad que lleva al respeto de uno mismo y de los demás, sino secuaz del mundo; así, las almas ya no son protegidas, guiadas, asistidas y cuidadas, sino que se las deja perecer y condenar en las cárceles viciosas de los pecados veniales y mortales.

El horror de los abortos admitidos por el Estado, niños y jóvenes que viven en situaciones familiares no sólo complejas, sino a menudo anormales, son el fracaso evidente de una civilización occidental cada vez más barbarizada. A los jóvenes se les ofrecen «bailes» y clubes nocturnos, la mayoría de las veces privándoles de su legítima necesidad intrínseca y visceral de tener un padre y una madre dignos de esos nombres. Se ven obligados a vivir divididos entre dos hogares, en los que el libertinaje se ha convertido en algo «bueno» y la buena norma es tener relaciones sexuales en la adolescencia temprana, avaladas por los malos profesores que de esta manera justifican sus vidas alteradas y desequilibradas.

Los castigos forman parte de la humanidad desde sus albores, como lo demuestra la caída tras el pecado original, que se produjo cuando el hombre y la mujer pensaron en prescindir de Dios y robar Su espacio. Los castigos provienen de la Justicia, y cuando se reconocen, pueden ser una excelente oportunidad para hacer entrar en razón a la conciencia obnubilada y a veces enloquecida.

La psicología y la sociología ya no saben cómo orientarse en la confusión total a la que asistimos, mientras que el Pontífice no sólo calla ante las catástrofes culturales y morales, no proponiendo diagnósticos y terapias ganadoras, sino invitando a «sentir el olor de las ovejas» y a hacer entrar a Jesús en los «establos interiores», sin exhortar en voz alta a la necesidad, aquí y ahora, de la regeneración en la conversión mediante el arrepentimiento, la penitencia, la oración, los sacramentos para que las almas puedan convertirse en templos dignos, como nos lo recuerda San Pablo: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no os pertenecéis? Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.«(1 Cor. 6:19-20)

La Epifanía del Supremo Juez Todopoderoso, que vino a salvar y condenar, está siempre en curso, por lo que los creyentes no deben temer nada.

Cristina Siccardipublicado el