La Asunción: triunfo de la Madre de Dios

Cristina Siccardipublicado el

María Santísima es realmente la más bella de todas las criaturas, tanto en el alma inmaculada como en el rostro virginal. La Madre de Dios, preservada del pecado mortal y venial, es un triunfo de la belleza, de la pureza, de la inocencia y, al mismo tiempo, un triunfo de la sabiduría, de la fuerza, de la firmeza, razón por lo cual, atravesada por la espada, jamás ha dado signos de fragilidad, permaneciendo presente hasta el ápice del dolor, cuando se encontró al pie de la Cruz en el Calvario. «Stabat Mater dolorósa iuxta crucem lacrimósa, dum pendébat Fílius.… » recita la secuencia católica del siglo XIII compuesta por el beato franciscano Jacopone da Todi. El poema, una obra maestra espiritual más que literaria, termina con estas palabras: «Fac me cruce custodíri / morte Christi praemuníri,/confovéri grátia./Quando corpus moriétur,/fac, ut ánimae donétur/paradísi glória» («Haz que sea protegido por la cruz, fortificado por la muerte de Cristo, fortalecido por la gracia. Cuando muera mi cuerpo haz que se conceda a mi alma la gloria del paraíso»).

A la criatura más bella del Universo fue predestinada la gloria del Paraíso desde la concepción: preservada del pecado, pero no del dolor, como su no creado Hijo. María Santísima entró en la Gloria del Paraíso en cuerpo y alma, donde es aclamada Reina de todos los coros de los ángeles y de todos los Santos. Su Asunción es verdad de fe que, profesada desde siempre en la tradición de la Iglesia, fue definida como dogma el 1° de noviembre del Año Santo 1950 por Pío XII con la constitución apostólica Munificentissimus Deus: único dogma proclamado por un Papa en el siglo XX, casi un siglo después del dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por Pío IX, el 8 de de diciembre de 1854.

La Asunción, verdad negada por todas las creencias protestantes, anticipa la resurrección de la carne a la que están destinados todos los hombres al fin de los tiempos, con el Juicio Universal. Antes del fin del mundo, los Santos alcanzarán la felicidad eterna únicamente con el alma, a la espera de la glorificación del cuerpo, de la que ya goza la Virgen María. La Madre de Dios, de hecho, cuando visita a los videntes de Fátima, como también en Lourdes, La Salette y en todas las otras apariciones marianas, aparece en carne y hueso.

Escribe Pío XII: «[…] por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica. ».

Los dogmas constituyen el reconocimiento y la oficialización de tradiciones ya pertenecientes y difundidas en el seno de la Iglesia: no son proclamadas para afirmar una novedad, sino para defender una verdad amenazada por ataques teológicos heréticos. En el novecientos Pío XII sintió la urgencia de proclamar el dogma de la Asunción por causa de las amenazas científicas, esas amenazas efectuadas por la crítica moderna a todos los aspectos de la fe católica.

Durante siglos y siglos todos los fieles, rezando el Santo Rosario, han contemplado y contemplan con la oración el cuarto misterio glorioso, sobre la Asunción de la Virgen María que nosotros también celebramos hoy.

Cristina Siccardipublicado el