Huyendo de la tiranía de los secuaces del demonio – Plinio Corrêa de Oliveira

Redacciónpublicado el

Próximos a conmemorar los 29 años de la caída del Muro de Berlín -levantado en 1961 y derribado el 9 de noviembre de 1989– nos parece oportuno publicar un artículo escrito por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira hace más de medio siglo, editado en la revista Catolicismo, en su edición de enero de 1966, es decir, algunos años después de la construcción de ese muro de la vergüenza que separó Alemania occidental del “paraíso” comunista, en ese entonces dominado por la ex-URSS.

Mientras el mundo occidental se preparaba para la fiesta de Navidad, una noticia trágica, publicada con poco destaque por la prensa diaria, despertó la atención de unos pocos lectores. Se trataba de un telegrama conjunto de las agencias Reuters y France Presse, procedente de Colonia. Informaba que, conforme datos recogidos por el Servicio Federal de Guardias de Frontera, en los primeros diez meses de 1965 cerca de 4000 personas residentes en Alemania comunista habían intentado huir hacia Alemania Occidental, transponiendo de uno u otro modo la Cortina de Hierro. Únicamente lo habían logrado 1233 personas.

Es evidente que cuatro mil personas osaron intentar lo que un número incontable desearía haber hecho. Muchos, retenidos por el temor a sanciones contra sus familiares ni siquiera intentaron huir. Otros fueron paralizados por el explicable terror de los riesgos que ello ocasionaba.

Sin embargo, pese a los riesgos, cada mes 400 alemanes prefirieron emprender la fuga, fuera de sí por los horrores del paraíso comunista.

Las fotografías que ilustran este artículo exhiben la atmósfera trágica en la cual esas evasiones ocurrieron. En una de ellas vemos a una anciana de 78 años, residente en una casa ubicada en el sector soviético de Berlín, cuyas ventanas se abrían al sector occidental. La pobre septuagenaria resolvió saltar desde la ventana del segundo piso, apoyándose en el borde existente junto a la misma y de ahí arrojarse a una red que los bomberos colocaban a sus pies. Algunos comunistas, habiendo tomado conocimiento del hecho, tuvieron la cobardía de intentar sujetar a la anciana por el brazo. Finalmente ella consiguió desembarazarse y cayó sobre la red en condiciones satisfactorias.

Esa fotografía podría perfectamente pasar a la Historia como un símbolo del martirio de todo un pueblo, más precisamente de uno de los pueblos más cultos y civilizados de la tierra.

La otra fotografía, de los edificios de Bernauer Strasse de Berlín, muestra el resultado de evasiones como ésta. Los comunistas amurallaron las ventanas de todos los edificios situados en el sector comunista que dan al sector occidental. Así ellos revelaron la convicción de su que su tiranía es a tal punto execrada, que por cualquier agujero practicable en la misma huirían en gran cantidad sus desgraciadas víctimas.

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Esas fotografías no ilustran únicamente cuán malo es el comunismo. Prueban también el grado de endurecimiento al que llegaron amplios sectores de Occidente, que llevan la insensibilidad moral al punto de pensar seriamente en la posibilidad de un modus vivendi con los comunistas en la política interna de los países aún libres.

La maldad del comunismo no es en él un mero accidente, que tanto podría existir como no existir. Es una consecuencia necesaria de sus concepciones filosóficas y morales. Es la expresión más requintada de la malicia diabólica presente, ya en esta vida terrena, en los que luchan por Satanás, sus pompas y sus obras.

Quien ama el peligro en él perecerá, dice la Sagrada Escritura (Ecl. 3, 27). Ahora bien, cerrar los ojos a su gravedad de algún modo es aceptar las maniobras astutas con las cuales el adversario intenta engañarnos y quitarnos la voluntad de resistir.

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