Genealogía del Partido Comunista Italiano a los cien años de su fundación

Roberto de Matteipublicado el

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe – 22 de enero 2021) El Partido Comunista de Italia nace en Livorno el 21 de enero de 1921 de una escisión del Partido Socialista. Sus principales fundadores fueron Antonio Gramsci (1891-1937), Palmiro Togliatti (1893-1964) y Amedeo Bordiga (1889-1970). Este último fue expulsado más tarde y condenado a la damnatio memoriae siguiendo la dialéctica interna de todo partido comunista. En 1917, el partido bolchevique se había hecho con el poder en Rusia encabezado por Vladimir Lenin y León Trotski. El Partido Comunista Italiao (PCI) fue la sección italiana del Komintern, organización internacional fundada en Moscú en 1919 con el objeto de propagar la Revolución Rusa por el mundo.

La Revolución Rusa tiene más peso en la historia del comunismo que la publicación del Manifiesto del Partido Comunista con la que Carlos Marx y Federico Engels hicieron un llamamiento en febrero de 1848 a los proletarios de todo el mundo para acabar con  la burguesía y establecer la sociedad sin clases.

El Manifiesto comunista fue encargado a Marx y Engels por la Liga de los Justos, sociedad secreta revolucionaria afiliada a la Liga de Maestros Sublimes y Perfectos de Filippo Buonarruoti y los Iluminados de Baviera de Adam Weishaupt. Engels enumera entre los precursores directos del comunismo a los anabaptistas, los niveladores de la Revolución Inglesa, los iluministas del siglo XVIII y los jacobinos (L’evoluzione del socialismo dall’utopia alla scienza, Editori Riuniti, Roma 1958, pp. 15-17). Marx y Engeles recogían el legado de estas sectas, pero para lograr sus fines anunciaron un nuevo método, el socialismo científico. En la undécima de sus Tesis sobre Feuerbach, Marx sostiene que la labor de los filósofos no consiste en interpretar el mundo, sino en transformarlo (Materialismo dialettico e materialismo storico, La Scuola, Brescia 1962, pp. 81-86). Esta afirmación pareció cumplirse en 1917 en Moscú, donde por primera vez en la historia el comunismo se hizo con el poder y empezó a propagarse por el mundo. Lenin falleció en 1924 y le sucedió Stalin, eliminando la disidencia de Trotski, que lo acusaba de traicionar la Revolución. En Italia, mientras Gramsci, encarcelado por el fascismo, redactaba sus Cuadernos de la cárcel, su filosofía de la praxis, Palmiro Togliatti, el más fiel de los estalinistas, dirigió el Partido Comunista en la clandestinidad, y continuó haciéndolo durante la posguerra. Con la ayuda de la Unión Soviética, incluso económica, el Partido Comunista se convirtió en el segundo más importante de Italia, sólo superado por la Democracia Cristiana.

Para Gramsci, no era posible que triunfara el comunismo en Italia sin la colaboración de los católicos. Era necesaria la traición de los católicos demócratas, no tanto para conquistar el poder como para conservarlo. «El catolicismo democrático logra lo que no podría hacer el comunismo: amalgama, ordena, vivifica y se suicida (…) Los populares son para los socialistas como Kerenski para Lenin» (I popolari, en L’ordine nuovo, 1 de noviembre de 1919). Togliatti aplicó la lección de Gramsci, sobre todo cuando la elección de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II que éste inauguró el 11 de octubre de 1962 brindó una oportunidad inesperada.

El 7 de marzo de 1963 Juan XXIII recibió en el Vaticano a Alexis Adjubei, yerno de Kruschef y director de la agencia Izvestia. Pocos días más tarde, en plena campaña electoral, Togliatti propuso oficialmente la colaboración entre los católicos y los comunistas (Rinascita, 30 de marzo de 1963). En las elecciones del 29 de abril, el PCI ganó un millón de votos más, provenientes en su mayoría de ambientes católicos. Togliatti murió en Yalta en 1964 mientras la Democracia Cristiana, con la bendición del nuevo pontífice Pablo VI, formaba los primeros gobiernos de centro-izquierda. El Concilio se clausuró el 8 de diciembre de 1965 sin haber pronunciado la menor palabra sobre el comunismo, y eso a pesar de que 500 padres conciliares habían pedido una condena oficial.

En 1973, tras la caída del gobierno socialcomunista de Salvador Allende en Chile, el nuevo secretario del PCI, Enrico Berlinguer, publicó en Rinascita, órgano del partido, una serie de Reflexiones sobre Italia tras los hechos de Chile, en las que proponía un acuerdo histórico que llevase a los comunistas al gobierno de forma indolora con el apoyo de la Democracia Cristiana. El interlocutor privilegiado de Berlinguer era Aldo Moro, que gozaba de la plena confianza de Pablo VI y comenzó a urdir la trama de un gobierno con los comunistas.

Los años de mayor éxito electoral del PCI fueron de 1974 a 1976, que en las elecciones del 21 de junio de 1976 obtuvieron el 34,4% de los votos. Con todo, la trágica muerte de Aldo Moro en 1978, seguida pocos meses después por la de Pablo VI, ralentizó la realización del acuerdo histórico. Mientras tanto en la Unión Soviética, azotada por una colosal crisis económica, nacía la Perestroika de Mijail Gorbachov. En 1989 se desmoronó el Muro de Berlín y la URSS inició su autodemolición. En su libro El pasado de una ilusión, Fondo de Cultura Económica, México 1995) François Furet escribió que la  descomposición  de la Unión Soviética y consecuentemente de su imperio sigue siendo un misterio por la manera en que se produjo. Sin derramamiento de sangre, la nomenklatura soviética disolvió entre 1989 y 1991 la antigua empresa y se puso a la cabeza de la nueva. El comunismo se liberó de su aparato burocrático en Rusia y en el resto del mundo permitiendo que la ideología comunista pudiera expresarse de otras maneras y por otros medios de actuación.

El 3 de febrero de 1991, el Partido Comunista Italiano también decidió su autodisolución promoviendo la creación del Partido Democrático de Izquierda (Partido Democratico della Sinistra, PDS). Y el 14 de febrero de 1998, el PDS, tras la clausura de los Estados Generales de la Izquierda, cambió su nombre por el de Demócratas de Izquierda (Democratici di Sinistra, DS), partido que a su vez fue llevó a la fundación de la coalición El Olivo, creada a iniciativa de Romano Prodi, la cual acabó por llevar a los comunistas al poder en 1996. Más tarde El Olivo se disolvió integrándose al Partido Democrático (PD), fundado en 2007, actualmente en el poder.

La matriz ideológica de estos grupos y partidos que se han aproximado en los últimos treinta años es marxixta-leninista, refinada por las enseñanzas de Antonio Gramsci y la praxis catocomunista de Enrico Berlinguer, que sigue gozando de gran popularidad incluso entre quienes tendrían que ser sus adversarios. Al celebrar el 35º aniversario del fallecimiento de Berlinguer, Eugenio Scalfari ha afirmado: «Enrico Berlinguer desempeñó en la política italiana (y en la de otros países) un papel parecido al que está cumpliendo hoy el papa Francisco en la religión católica (y no sólo en ella). Los dos han seguido un itinerario de reformas tan radicales que han tenido efectos revolucionarios; los dos han sido amados y respetados incluso por sus adversarios; y ambos comparten un carisma que capta la realidad y nutre un sueño» (La Repubblica, 9 de junio de 2019).

Tanto para el papa Francisco como para Berlinguer la praxis es más importante que la doctrina, la acción más que el pensamiento, y el resultado más que los medios para alcanzarlo. En un artículo titulado Lenin y nuestro partido, que se publicó en mayo de 1960 en Rinascita, Palmiro Togliatti sintetizaba la esencia del marxismo-leninismo en una cita de Marx y Engels: «Nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción».

El comunismo no es una teoría; es praxis revolucionaria, y la Revolución no crea sino que destruye. Lo que importa es derrotar al enemigo, que es el de siempre: la familia, la propiedad privada, el Estado y la Iglesia. Toda metamorfosis, toda alianza, es lícita. Todo el que el que colabora en esa empresa es bienvenido, sea cual sea el medio que utilice para alcanzar el fin. Estudiar el árbol genealógico del PCI ayuda a entender la continuidad que sigue existiendo entre los antepasados y los herederos.

Roberto de Matteipublicado el