Entrevista de La Verità al profesor Roberto de Mattei

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El pasado lunes 4 de marzo el diario La Verità publicó una entrevista de Ignazio Mangrano a Roberto de Mattei bajo el título de Querida Iglesia, deja de ser favorable a los homosexuales y vuélvete soberanista. Reproducimos a continuación el texto de las preguntas y sus sucesivas respuestas.
El profesor Roberto de Mattei, presidente de la Fundación Lepanto y director de la revista Radici cristiane, fue uno de los organizadores de la manifestación Acies ordinata, que el pasado 19 de febrero congregó en la romana Plaza de San Silvestre a cien católicos procedentes de todo el mundo en una protesta silenciosa contra la cumbre vaticana sobre los abusos sexuales.
Señor Profesor, ¿ha sido un fracaso la cumbre vaticana?
Creo que sí. Lo han observado los principales órganos de prensa, que han hablado de un mensaje débil y puesto de relieve la insatisfacción de las víctimas. De todos modos, a mí me parece que el fracaso obedece a otro motivo.
¿Cuál?
 
Que se ha centrado en los síntomas, y no en la causa del mal.
Explíquese.
 
Se ha pasado por alto un punto esencial, que ya había salido a la luz en el informe de monseñor Viganò: la difusión de la homosexualidad en la Iglesia como fenómeno organizado.
¿Existe un lobby gay en la Iglesia?
 
Sí. Me parece evidente.
¿Evidente?
 
En su mayor parte, los abusos cometidos por sacerdotes han sido de adolescentes varones y no de menores. Por lo tanto, si en la cumbre no se habló de homosexualidad, la única explicación es que hubo una presión fortísima para que se evitase el tema.
¿Presión externa a la Iglesia, o interna?
 
Tanto externa como interna. Los medios quieren impedir que la Iglesia recalque su doctrina sobre la homosexualidad.
¿Por qué?
 
Porque la pedofilia es un delito reconocido por todos los estados laicos contemporáneos. Pero esos mismos estados que condenan la pedofilia promueven la homosexualidad.
¿La promueven?
 
Sí. Hasta tal punto que quieren introducir el delito de homofobia, la prohibición de criticar la homosexualidad.
Entonces, ¿la Iglesia ha cedido a la propaganda LGBT?
 
La Iglesia debería adoptar una postura profética de enfrentarse al mundo, y condenar no sólo lo que éste condena, es decir los abusos sexuales, sino también todo lo que el mundo no condena, o sea, la homosexualidad.
¿Y qué hay de las presiones internas?
 
Actualmente reina entre el clero un clima de silencio y complicidad hacia la homosexualidad. Por lo visto la palabra homosexualidad ni siquiera se puede pronunciar.
¿En serio?
Monseñor Charles Scicluna ha dicho que no es legítimo condenar la homosexualidad, porque esta palabra indica una categoría de género y no se puede generalizar sobre una categoría de personas.
¿Y lo contrario sí se puede hacer?
 
¿Acaso la pedofilia no es también una categoría? ¿O es que la pedofilia es en sí pecado mientras que la homosexualidad ya no lo es?
El padre Federico Lombardi ha dicho que en la conclusión de la cumbre se tomaron medidas concretas. ¿Se equivocó?
 
Las presuntas medidas concretas aluden a las indicaciones de la OMS. Es decir, al organismo que promueve la anticoncepción, el aborto, la educación sexual… Me desconcierta que la cumbre se haya plegado al programa de una organización internacional que siempre ha sido contraria a las enseñanzas del Magisterio.
¿Qué habría debido hacer el Papa?
 
No hay nada más concreto que remitirse a la ley moral de la Iglesia. Que no es una regla abstracta, sino la ley natural impresa en el corazón y la conciencia de todo hombre. Eso es lo que más ha faltado en ña cumbre celebrada en el Vaticano: una visión sobrenatural de los problemas de hoy que deje lugar para palabras como gracia, pecado, ley moral ley natural.
Y por el contrario…
Por el contrario, esas expresiones estuvieron ausentes en el documento final. Por eso la cumbre ha sido un fracaso. Un síntoma de dicho fracaso ha sido el estallido del caso del cardenal Pell.
A propósito del cardenal George Pell, ¿qué conclusión ha sacado usted?
 
Creo que en el caso de acusaciones contra clérigos, dado que la Iglesia posee derecho canónico y tribunales y tiene capacidad para investigar por sí misma, no puede limitarse a decir:  «Estamos a la espera de los resultados de las investigaciones de los tribunales laicos».
¿No hay que confiar en la justicia secular?
 
Me parece preocupante esa manifestación de confianza en los tribunales laicos.
¿Por qué?
 
En el Vaticano  ha causado conmoción lo de Pell, porque saben que es inocente.  Y están en una situación incómoda, porque el Papa lo había nombrado prefecto de la Secretaría de Asuntos Económicos. Y si se decide confiarse a los tribunales laicos, habrá que atenerse a las consecuencias.
¿Debe la Iglesia investigar a los sacerdotes abusadores?
 
La Iglesia, que cuenta con derecho penal y con tribunales, debe tener valor para plantarse firme ante los tribunales del mundo, con la convicción de que no es el mundo el que tiene que juzgar a la Iglesia, sino la Iglesia al mundo. Debería reivindicar su soberanía.
¿También la Iglesia debe hacerse soberanista?
 
Sí. Me parece sumamente grave que la Iglesia haya renunciado a su soberanía. La Iglesia es una sociedad soberana, al igual que el Estado, aunque su finalidad, a diferencia de la del Estado, sea sobrenatural.
¿Y por consiguiente?
 
Si es una sociedad soberana, la Iglesia posee todos los instrumentos para hacer valer su justicia.  No es un organismo puramente ético que se prive de su dimensión jurídica dejando que sea el Estado quien lo decida todo. Renunciar a la soberanía es una deriva peligrosa.
¿Una deriva peligrosa?
Los tribunales podrían llegar a tener autoridad sobre el papa Francisco.
¿Qué tiene que ver el Papa en esto?
 
Me explico. Cuando la Iglesia renuncia a su soberanía, se convierte en una especie de entidad o empresa moral. Y de esa forma corre el riesgo de convertir a toda la Iglesia, empezando desde arribai, en responsable de los actos de sus subalternos. Eso no pasa si se la considera una sociedad soberana.
O sea, si se comporta como un estado.
 
Exactamente. Si un ciudadano italiano comete un delito, el responsable no es el presidente del Consejo. A partir de ahí, se llegará, por el contrario, a una persecución de la Iglesia.
¿Una persecución?
 
Me temo que sí. Al renunciar a su soberanía, la Iglesia pierde su libertad y se ve obligada a someterse al Estado si no quiere ser perseguida. Actualmente vivimos bajo un régimen de sumisión. Si antes el Estado era el brazo secular de la Iglesia, la Iglesia se está convirtiendo en el brazo secular de los poderes políticos y mediáticos.
¿En qué sentido?
 
En el de que obedece a las indicaciones de los organismos nacionales e internacionales que defienden una visión antitética de la cristiana.
¿Y la persecucuón cómo se daría?
 
Si la Iglesia decide sustraerse a ese mecanismo, surgiría un enfrentamiento a los poderes políticos. En la actualidad la Iglesia no se atreve a hacerlo. Pero si se ve obligada, se encontrará en un gran aprieto por haber renunciado a su primera línea de defensa, es decir, al ejercicio de su libertad e independencia jurídica.
Volvamos por un momento al caso Pell. Hay quien ha señalado que las acusaciones de abusos sexuales han surgido después de que el Prefecto de la Secretaria para Asuntos Económicos hubiera descubierto un millón de euros depositados en cuentas secretas…
 
Es posible que ambas cosas estén relacionadas. Por otro lado, se dice que la fuente de las acusaciones que lo han llevado a   sbarra  no esté en Australia sino en el Vaticano…
¿A qué se refería usted cuando dijo que a la Iglesia le falta hablar de lo sobrenatural?
 
A que la Iglesia está renunciando a su misión, cuya finalidad es la salvación de las almas, para transformarse en una sociedad dedicada al bienestar material de las personas. Se está desnaturalizando.
 
¿Desnaturalizando?
Está abdicando de la misión que le encomendó su fundador Jesucristo. De esa forma se convierte en una organización revolucionaria.
¿Qué quiere decir?
 
Cuando se deteriora la relación vertical con Dios la Iglesia se convierte en una sociedad política. Es la característica principal de este pontificado, que es un pontificado político en vez de religioso.
¿El de Francisco es un pontificado político?
 
Sí. Su tema recurrente es la inmigración. El pasado 14 de febrero, ante una representación de pueblos indígenas en el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola, el Papa expresó su deseo de un mestizaje cultural entre los pueblos llamados civilizados. Eso significa eliminar las raíces cristianas en las que tanto instieron Juan Pablo II y Benedicto XVI.
¿Qué entiende él por mestizaje?
 
Para Francisco el mestizaje no es sólo cultural, sino también étnico. Da la impresión de que su proyecto sea la sustitución étnica de la población europea, en claro declive demográfico, con las oleadas de inmigrantes que llegan de África.
¿Y a qué se debe todo eso?
 
A que Francisco tiene una visión ideológica que es fruto de su formación cultural.
¿Cuál?
 
La de un hombre que se ha empapado de la teología progresista por medio de la teología de la liberación. Es la utopía del mundo nuevo. Con la diferencia de que la está proponiendo 30 ó 40 años después de su fracaso.
¿Cómo calificaría entonces al papa Francisco?
 
La clave de su personalidad está en una deliberada ambigüedad. Y ésa es también la causa de sus problemas. Pero permítame que sea yo quien haga ahora una pregunta.
Adelante.
Benedicto XVI, que tenía mucha oposición en su país, viajó tres veces a Alemania. Juan Pablo II fue a Polonia en nueve ocasiones. ¿Cómo es posible que en seis años de pontificado Francisco haya ido a todas partes, incluso a los Emiratos árabes, y nunca a su Argentina natal?
Cierto. ¿Por qué?
La pregunta es en sí una respuesta…
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