Entrevista al Dr. Joseph Shaw sobre la Misa Tradicional

Adelante la Fepublicado el

(R. LazuKmita, J. Shaw, Adelante la Fe – 14 de septiembre 2020)

Robert LazuKmitaEstimado Dr. Joseph Shaw, como laico de la Iglesia Católica y Presidente de la Latin Mass Society (Reino Unido) usted se dedica de lleno a promover y defender la Liturgia Inmemorial. ¿Qué explicaciones daría a quien le pregunte directamente  por qué es tan amante de la liturgia gregoriana? La concepción intelectual detrás de esa dedicación a la misa tridentina, ¿no es tan solo otro tipo de “pasión por las antigüedades”?

Joseph Shaw: Gracias, Dr. LazuKmita.

La pregunta puede ser encarada desde una perspectiva subjetiva u objetiva. Subjetivamente, es legítimo preguntar qué formas de liturgia y qué devociones son de mayor ayuda para las almas. Algunas pueden beneficiar particularmente a algunos católicos, y otras a otros. Algunas como el oficio divino o el rosario de los siete dolores de Nuestra Señora, no son obligatorias, y decir que una devoción o forma litúrgica legítima es anticuada o inapropiada para el tiempo presente es ridículo. Si ha sido aprobada por la Iglesia y alguien la encuentra útil, es todo lo que hay que decir.

Este tipo de elección entre devociones y formas litúrgicas se ha extendido a la misa durante muchos siglos. Algunas personas hacen un esfuerzo especial para asistir a misas en honor a un santo particular o aprecian en particular misas votivas en honor del Sagrado Corazón de María. En siglos pasados, tales devociones se expresaban en la donación de altares laterales para la celebración exclusiva de misas votivas, por ejemplo, en honor del Santo Nombre. La espiritualidad católica ha estado siempre caracterizada por la libertad y la iniciativa privada en tales asuntos. Pensar que es un problema espantoso que algunos católicos celebren la misa o vísperas o lo que sea para una fiesta, o según cierta tradición litúrgica, y del otro lado otros católicos celebran otra cosa, es un error moderno extraño. Es a través de la diversidad legítima que ofrecemos una oración en Cristo.

De esta manera, el papa Benedicto XVI observa en su Carta a los Obispos que acompaña Summorum Pontificum, “se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía.” Este argumento debiera ser demoledor. ¿Quién podría oponerse a que los jóvenes obtengan gracias a partir de una de las muchas formas litúrgicas de la Iglesia? La reforma tras el Vaticano II no fue planeada por los padres conciliares para privar a las personas de gracias, sino para hacer más abundantes las gracias. La consideración principales siempre el bien de las almas: Salus populi suprema est lex.

No obstante, en este asunto también hay una cuestión objetiva y los católicos apegados a la antigua tradición litúrgica enfrentan ataques constantes. Los ataques basados en la legalidad de la celebración de la misa tradicional han sido contestados efectivamente por la intervención del papa Benedicto en Summorum Pontificum en 2007, si bien algunos comentadores todavía no parecen haber recibido el mensaje. Más interesantes aún son los ataques basados en las implicaciones teológicas de la antigua misa, que han sido más numerosos y continúan con gran vigor.

Me entrené como académico y me complace participar en discusiones sobre estos temas, indefinidamente y hasta donde mis habilidades lo permiten, al menos con personas que no están totalmente locas. Tales discusiones incluso pueden ser esclarecedoras. Lo sorprendente es tener estas discusiones dentro de la Iglesia, no solo con protestantes o no creyentes. Cuando los católicos enemigos de la misa tradicional dicen que las ceremonias y oraciones utilizadas durante ocho o una docena de siglos en la Iglesia latina están teológicamente equivocados, no solo critican a un pequeño grupo de cascarrabias agrupados en las periferias de la Iglesia de hoy, sino a la Iglesia Católica en su conjunto. Están diciendo que la Iglesia se equivocó: que en su profunda vida interior ofreció a sus hijos piedras en lugar de pan, no aquí o allá, no durante años o décadas, sino en todos lados y durante la mayor parte de su historia. Es un argumento para lo que Lutero llamó el “el cautiverio Babilónico de la Iglesia”: que la Iglesia se desvió en una era muy temprana y necesita ser dada vuelta para enderezarse.

La antigua tradición litúrgica es, de hecho, parte de la tradición de la Iglesia. Se la llama justamente “fuente teológica” junto con las Escrituras, los Padres, y el Magisterio papal. He mencionado arriba que la gente no puede ser criticada por utilizar devociones debidamente autorizadas, si bien tales autorizaciones son falibles y ocasionalmente revocadas. Esto no sucede con la liturgia tradicional porque es muy antigua, ha sido utilizada por mucho tiempo y ha sido respaldada y promovida por tantos Papas, doctores y concilios. Es como el consensus Patrem: un asunto en el cual todos los Padres de la Iglesia concuerdan y por lo tanto no debiera ser dudado por ningún católico.

Aseveraciones tales como “las antiguas oraciones del Ofertorio son erróneas porque tratan a la hostia como si ya estuviera consagrada”, o “el canon silencioso excluye erróneamente a la gente de participar en la misa” no pueden ser correctos: en última instancia son incompatibles con que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia. Debieran llevarnos a pensar nuevamente sobre estos temas hasta que podamos entender correctamente el significado y sentido de estos aspectos de la misa. Y, por supuesto, mucho ha sido escrito sobre estos y otros temas.

Robert LazuKmitaPara muchos defensores del reemplazo de la misa tridentina por la nueva misa, éste  es el motivo  principal: el hombre moderno, cuya mentalidad está totalmente influenciada por la “ciencia”, ya no puede comprender rituales complejos y símbolos sagrados. Consecuentemente, el lenguaje religioso debe ser cambiado completamente, transformado, reemplazado por algo evidente. A primera vista este argumento parece razonable. ¿Pero esta actitud no tiene ningún precedente en la historia? ¿En la tradición católica? En todo caso, si bien tal comprensión fue motivada pastoralmente y bien intencionada, el resultado es precisamente el mencionado: una fuerte aversión hacia la “antigua” misa considerada por muchos, muchos sacerdotes inferior a la nueva.

Joseph Shaw: Debemos admitir desde el comienzo que la liturgia ha sido cambiada de varias maneras a lo largo de los siglos, y cada vez que esto sucede es justificado, supuestamente, por el bien de las almas. Por ejemplo, la posibilidad de celebrar una misa ‘rezada’ en el siglo IX, en el que la misa mayor era impracticable o imposible, o la inclusión de oraciones tras la misa rezada en 1859 (al principio solo para los Estados Papales). Nuevamente, la creación del rito latino, la Iglesia eslava, y otros ritos de la Iglesia estaban presuntamente motivados por una buena causa, por sobre todo, el bien espiritual de las almas.

Entonces, el problema no es la cuestión del cambio en sí mismo, o el objetivo final de los cambios. En cambio, es esta idea de que el ‘hombre moderno’ no puede comprender los rituales complejos y los símbolos. Debiéramos darnos cuenta enseguida de que esta afirmación, de ser aceptada, tiene casi los mismos resultados que la afirmación protestante de que el rito católico es idólatra y la afirmación de la Ilustración de que es oscurantista, y ciertamente estas dos afirmaciones hacen eco en los escritos de los progresistas litúrgicos católicos, aunque no en documentos magisteriales. En sus resultados prácticos, sirve para alinear la liturgia a los valores de la élite intelectual que emergió del Protestantismo y de la Ilustración.

Claramente esto no es una coincidencia y debiera generarnos sospechas como una afirmación empírica. Los reformistas protestantes y los intelectuales anticlericales de la Ilustración no imaginaban que el mero paso de una época haría o podría hacer a las personas menos receptivas de un ritual. Vieron, para su frustración y pena, que las personas lo encontraban muy atractivo y se formaban profundamente por medio de él; encontraron que frecuentemente la única manera de oponerse a ese atractivo era a través de la violencia física.

La misma frustración puede verse en los escritos de algunos miembros del Movimiento Litúrgico antes del Concilio Vaticano Segundo y de los progresistas litúrgicos posteriores, cuando admiten que los católicos comunes no deseaban una reforma litúrgica y continuaban anhelando la misa tradicional que les había sido quitada. Incluso cuando los cambios se aceptaban más fácilmente, nadie podía decir que eran la respuesta a una demanda extendida. Incluso los obispos, cuyas opiniones fueron sondeadas para la preparación del Concilio, mostraron un interés muy limitado en una reforma litúrgica de raíz (lo documentó el mismísimo Annibale Bugnini). Los partidarios de la reforma simplemente dicen que la reforma era buena para la gente y que si la gente no lo notaba, esto demostraba su ignorancia.

Una persona que intentó llegar al fondo de la cuestión empírica— ¿está el “hombre moderno” menos capacitado que sus ancestros para comprender lo ritual?—fue la antropóloga católica Mary Douglas, en su influyente libro Símbolos Naturales, que se publicó por primera vez en 1970. Ella presenta un complejo marco teórico para explicar por qué algunas culturas tienen rituales complejos y otras no, relacionando el rito religioso con una estructura social y familiar jerárquica y una estabilidad social. Parte de su argumento fue que las tendencias sociales modernas que socavan progresivamente a la familia tradicional y a varias medidas de estabilidad social conducen a la gente a crecer con menor apreciación por lo ritual.

Hay cierta lógica en esta idea; si se la combina con la teoría de que la “modernización” en sentido de destrucción de jerarquías sociales, vínculos locales, etcétera, es inevitable y positiva, por consiguiente la Iglesia debiera adaptarse a esta realidad. Sin embargo, la misma Douglas se horrorizaba por el daño realizado a los católicos de su tiempo por la reforma litúrgica, quienes eran aún bastante tradicionales en su estructura familiar y estilo de vida. Realizó el famoso comentario que la abolición de la abstinencia de los viernes sugería que “la torre de señales litúrgicas había sido manejada por guardavías daltónicos.”

Sin embargo, hay algo que Douglas no notó, algo que se tornó más claro recientemente. Uno podría pensar que la misa tradicional tiene su hogar natural en el páramo europeo, donde la vida ha cambiado menos desde la década de 1950, y en lugares similares de todo el mundo. Estoy seguro de que sería bien recibida en esos lugares, aunque no siempre se encuentra disponible allí. En cambio, lo que en verdad vemos es la atracción que sienten personas de entornos diferentes hacia la antigua liturgia: estudiantes y familias jóvenes de grandes ciudades. Para ellos, la ruptura de la familia, la sociedad y la cultura los han privado de algo, y sienten la falta. El complejo ritual de la misa llena un vacío profundo en sus vidas.

Jóvenes de hogares disueltos, por nombrar lo obvio, pueden encontrar más difícil el formar familias estables, pero no están de ninguna manera en favor de una vida hogareña caótica. Ellos sufrieron las consecuencias. Muchos pospusieron por completo la idea de casarse, pero otros, con la ayuda de la gracia divina, aspiran a algo mejor que lo que tuvieron sus padres. Estos jóvenes no ven el proceso de “modernización” como inevitable o positivo. Para ellos la misa tradicional es como un oasis en el desierto porque alimenta su necesidad de orden, jerarquía y belleza. Los inspira y estimula en su búsqueda de orden y devoción en sus propias vida. Hay un enorme grupo de jóvenes como estos, la mayoría de los cuales no tiene contacto con la Iglesia, pero que proveen la audiencia para videos de YouTube como (por ejemplo) los de Jordan Peterson.

Con la reforma litúrgica, la Iglesia parece decir: “Miren este proceso de modernización. Hagamos la misa lo más simbólicamente estéril que se pueda, así le seguimos el paso a la arquitectura Brutalista y a la tasa de divorcios.” Al hacer esto la Iglesia en realidad está sirviendo a las fuerzas de destrucción. La idea pudo haber sido hablar en un idioma que el “hombre moderno” pueda entender, pero a decir verdad la gente moderna necesita la misa tradicional más que nunca.

Robert LazuKmita: Si miramos los escritos de los padres y doctores de la Iglesia como San Agustín, San Cirilo de Jerusalén y San Máximo el Confesor, sus esfuerzos fueron dirigidos hacia la formación completa de sus fieles y discípulos. La idea principal detrás de sus obras de catequesis y teología es cristalina: para participar fructíferamente en la sagrada liturgia los fieles deben conocer una profunda conversión, una transformación espiritual profunda. No es la liturgia la que debe ser cambiada, sino el hombre. A pesar de esta forma tradicional de pensar, en el último siglo podemos observar un abandono casi total de la formación catequística– especialmente de la llamada formación “mistagógica”. Por ejemplo, el cardenal Ratzinger (papa Benedicto XVI), ha mencionado muchas veces en sus escritos esta situación desastrosa. En lugar de reemplazar la liturgia tridentina por una “fabricada”, la mejor solución parece ser el regreso a una formación litúrgica sólida y mistagógica, ¿no es cierto? Como testimonio personal cuento que cada vez que presenté una catequesis mistagógica sobre “imágenes religiosas”, “símbolos sagrados”, “misterios” y “sacramentos” noté un gran y vivo interés de parte de los participantes (¡tanto católicos como no católicos!).

Sobre la idea general de cambiarse a uno mismo en lugar de cambiar la liturgia, es interesante observar que este punto fue mencionado con frecuencia por miembros del Movimiento Litúrgico, al menos hasta las décadas de 1940 y 1950. Sentían que recién comenzaban a comprender la liturgia y a facilitarla a la gente en todo su esplendor.

Creían que la liturgia había sido revestida con extraños elementos devocionales. Uno podría simpatizar con ellos en relación a la práctica—aparentemente común—de un sacerdote subiendo al púlpito durante las misas rezadas de octubre para leer el rosario durante la misa. Uno incluso podría simpatizar con su deseo de ver las antiguas y valiosas fórmulas de misa de domingo, de cuatro témporas y de cuaresma no verse oscurecidas por fiestas y misas votivas más recientes. Pero su actitud difería bastante de la de los Padres y sus argumentos condujeron a ciertas conclusiones problemáticas.

La idea de que la liturgia auténtica debe ser excavada de la liturgia experimentada durante un siglo o dos, puede volverse la tesis más radical expresada por Josef Jungmann de que una “niebla ha descendido” sobre los fieles allá por el siglo VIII y ha oscurecido la liturgia desde entonces, porque el latín o el significado de las ceremonias ya no se comprendía.

Nuevamente, la idea de que el trabajo del liturgista o celebrante es extraer el verdadero significado de la liturgia puede tornarse en la idea de que es el estudio del momento el que debe determinar qué partes de la celebración deben destacarse y cuáles ser removidas como extrañas.

Los Padres no pueden ayudarnos directamente en relación a la tradición litúrgica tal como la tenemos, con la enorme longitud y complejidad de su desarrollo, pero estoy seguro de que estarían de acuerdo en que, mientras puede celebrarse con mayor o menor reverencia, debemos empezar a pensar en nuestra participación litúrgica con una liturgia tal como la recibimos de la tradición, y no una fantasía de lo que nos gustaría que fuera. Más aún, mientras la experiencia más fructífera de la liturgia pertenecerá seguramente a quienes se encuentren en estado de gracia y hayan recibido una apropiada catequesis litúrgica, la liturgia puede hablarle a todos, incluso al más ignorante y al mayor pecador. Para estos, ciertamente, el misterio mismo de la liturgia les habla de su majestad y solemnidad.

Por supuesto que quienes entienden más sobre ella podrán sondar mayores profundidades. Los estudios históricos modernos pueden resultar muy interesantes, pero estoy muy de acuerdo en que el significado y simbolismo de la liturgia es una cuestión de teología mistagógica y no solo de investigación histórica. Por ejemplo uno lee en historias de la liturgia que una característica u otra tuvo un origen puramente práctico, como si eso desacreditara el significado simbólico atribuido durante generaciones por comentaristas litúrgicos, doctores y santos. Esto es malinterpretar el funcionamiento de los símbolos litúrgicos, así como también poner demasiada confianza en la teorización histórica, realizada con frecuencia con limitada evidencia.

Robert LazuKmitaEn alguno de sus comentarios, el cardenal Joseph Ratzinger lamenta el hecho de que la liturgia de Pablo VI sea el producto artificial de algunos especialistas. Dice explícitamente lo siguiente: “No había habido nunca nada igual en toda la historia de la teología. El viejo edificio había sido demolido y otro fue construido. Pero al colocarlo como una construcción nueva más allá de la que había crecido históricamente, prohibiendo los resultados de este crecimiento histórico, hacen por lo tanto que la liturgia ya no parezca un desarrollo vivo sino el producto de un trabajo académico y una autoridad judicial; esto ha provocado un daño enorme. Porque entonces surgiría la impresión de que la liturgia es algo ‘fabricado’, no algo heredado de antemano” (Peter Seewald, Benedicto XVI. Un Retrato Íntimo, Ignatius Press, San Francisco, 2008, p. 204). En otras palabras, la misa de las eras que creció orgánicamente en el seno de la Iglesia Católica bajo la guía del Espíritu Santo había sido reemplazada por una liturgia fabricada por especialistas cuya santidad es más que cuestionable. Seamos claros: para un verdadero católico, reemplazar a la sagrada liturgia con la que contribuyeron santos tales como Juan Crisóstomo, Basilio el Grande y el papa Gregorio Magno, por una liturgia fabricada bajo la coordinación de una figura enormemente controvertida como el arzobispo Annibale Bugnini, es algo inaceptable y – eventualmente–verdaderamente apocalíptico. ¿Cuál es su opinión acerca de las percepciones litúrgicas del cardenal Ratzinger? ¿No son una de las razones más importantes por las que sus libros teológicos están prohibidos en muchos seminarios y facultades católicas?

Las poderosas afirmaciones sobre la liturgia que podemos encontrar en las obras de Joseph Ratzinger’ no dejan de asombrarme. Son sorprendentes por varias razones, por ejemplo, que no le impidieron llegar a cardenal y luego a Papa, y que provienen de un teólogo que trabaja en la corriente principal, que había sido una especie de teólogo liberal en sus primeros escritos y no podría ser llamado tradicionalista (en lugar de conservador) ni siquiera en sus obras maduras.

Hasta resultar elegido Papa, las obras del cardenal Ratzinger estaban ciertamente mal vistas en los seminarios—hay muchas historias de seminaristas escondiéndolas—pero en Inglaterra y América la situación ha mejorado desde 2005. En cuanto al debate público, hubo un período después del 2005 cuando todo tipo de ataques a la misa tradicional podían ser respondidos por carta a los periódicos o por Internet, con citas demoledoras del mismo papa Benedicto, y como resultado, muchos propulsores de esos ataques se rindieron. Esto tuvo especial significancia para aquellos liberales que querían acusar a los defensores de la misa tradicional de alguna herejía y para aquellos conservadores que querían seguir al Papa donde sea que él los guiara. Para ambos grupos, el papado de Benedicto desestabilizó fundamentalmente su propia comprensión y su acercamiento a la política eclesial. La experiencia del papa Francisco ha llevado este proceso un paso más adelante.

Sobre este tema específico que usted citó está absolutamente en lo cierto, es un punto de profunda importancia y sugiere, como usted dice, un problema igualmente profundo para la Iglesia como resultado de la reforma. La falta de continuidad en la tradición litúrgica, comprendida como transmisión de la liturgia hasta nosotros, cambia el sentido y la naturaleza de la liturgia misma. Va más allá de cosas como querer usar las mismas palabras que fueron usados por nuestros predecesores en la fe. Eleva la pregunta de por qué cierta forma de adoración es agradable a Dios.

En el Éxodo, Moisés le dice al faraón que el pueblo elegido debía ser autorizado para ir al desierto, no para escapar, sino para adorar a Dios (4:23; 5:1). Cuando finalmente llegan, el mismo Dios les dice cómo deben hacerlo. La tradición litúrgica desde el papa Gelasio, y antes de él, hasta la misa tradicional tal como la tenemos hoy, es un candidato creíble para una tradición que expresa la voluntad de Dios acerca de cómo desea que lo adoremos. Una liturgia armada en un par de años por un conjunto de comités orquestados por el arzobispo Bugnini o es un candidato creíble para este rol: sería ridículo sugerir algo así.

Claramente, quienes organizaron el Consilium y quienes aceptaron sus propuestas no pensaban en los términos que acabo de utilizar. Habían sido entrenados para pensar solo en términos de autoridad eclesiástica y validez sacramental. Esta mentalidad sigue diseminada entre los católicos conservadores de hoy. Ella socava la idea de liturgia como acto de adoración, reemplazándola por un digno y tal vez informativo contenedor de sacramentos. No sorprende que los católicos que tienen esta actitud no puedan comprender la idea de un acto de adoración formal sin sacramentos: la celebración pública de vísperas, por ejemplo, o la celebración de la misa cuando los fieles no pueden recibir la comunión (como ocurrió durante la epidemia del coronavirus). No pueden ver lo que se añade a la oración privada a través de las formas heredadas de la Iglesia para la oración pública.

Robert LazuKmitaPero el mismo autor que escribió las citas antes mencionadas, Joseph Ratinzger, como Papa escribe en Summorum Pontificum algo completamente diferente–sino totalmente opuesto–cuando afirma que el misal romano promulgado por el papa Pablo VI y el misal romano promulgado por San Pío V y revisado por Juan XXIII son “dos expresiones del lex orandi de la Iglesia”. No es lo mismo que cuando dice que la misa tradicional orgánica fue reemplazada por una misa fabricada. Porque en el primer caso casi explícitamente dice que la misa tradicional es legítima debido a su crecimiento orgánico y desarrollo legítimo, mientras que la nueva misa fue fabricada y “nos ha causado algunos daños extremadamente serios”. ¿Cómo podemos comprender afirmaciones tan contradictorias concebidas y escritas por el mismo teólogo?

Joseph Shaw: Como teólogo, Joseph Ratzinger comprende la fuerza teológica detrás de la tradición litúrgica latina: como una “fuente”, como un encapsulamiento de la sabiduría espiritual de las eras, y en su rol de expresarnos, a través de la Iglesia, la voluntad de Dios. Y puede ver el daño que la destrucción de esta tradición ha ocasionado.

Como Legislador Supremo de la Iglesia, el papa Benedicto reconoció que la misa reformada había sido promulgada válidamente por su predecesor. Tiene una forma litúrgica válida y lícita para la Iglesia latina, y en ese sentido, por lo menos una “Forma” de la liturgia romana. Mirándola desde esta perspectiva, debe ser comprendida a la luz de toda la tradición litúrgica.

Nuevamente, como estudiantes de liturgia debemos decir: esto es lo que Bugnini, Antonelli o Bouyer escribieron en sus libros sobre el pensamiento de los reformistas, por lo tanto esto es lo que tal y tal cambio u omisión significó. Pero como católicos también podemos decir: la Iglesia nos ha dado este rito, que no contradice explícitamente (por ejemplo) el sacrificio teológico de la misa, por lo que podemos llenar los silencios y ambigüedades haciendo referencia a la tradición anterior más amplia.

De esto se trata la “hermenéutica de la continuidad”. El papa Benedicto no ignoraba en absoluto la motivación tras la reforma y el daño que la reforma ocasionó. Pero la misa reformada está aquí, ¿y qué haremos con ella? Bueno, la Iglesia enseña que la misa es un sacrificio, entonces esta misa reformada es un sacrificio, aunque mucho del lenguaje sacrificial haya sido removido. Y así sucesivamente con cada asunto.

Decir esto no es decir que la misa reformada es una expresión teológica adecuada de la fe de la Iglesia. Se pueden encontrar aprensiones sobre esto en documentos oficiales. Suplican a sacerdotes y obispos que utilicen la catequesis para contrarrestar los malentendidos teológicos que pueden generarse por monaguillas, la recepción del cáliz, el ajetreo de los “ministerios litúrgicos”, etcétera (ver por ejemplo Redemptionis Sacramentum 60 y 100).

Robert LazuKmitaLo que realmente preocupa en estos días es el simple hecho de una crisis tan profunda y total: realmente apunta a cambiar todo aspecto teológico, litúrgico y moral de la vida católica. Nada es intocable por esta “reforma” propuesta e implementada por el Concilio Vaticano Segundo. Incluso más que eso, tenemos un Papa que parece ser un hereje. En una situación tan desastrosa no podemos evitar la pregunta de las preguntas: ¿cuáles son las razones por las que Dios permite semejante destrucción de los sagrados tesoros de la fe, los sacramentos y la liturgia?

Joseph Shaw: No hay paralelos históricos perfectos para nuestra situación, pero hay paralelos parciales, y si bien no soy historiador de la Iglesia y no puedo hablar de ellos en detalle, creo que al menos nos sirve recordar que existieron. Ejemplos de ellos incluyen la pérdida del poder temporal, que tornó imposible concluir el Concilio Vaticano Primero; la abducción del papa Pío VI por los franceses revolucionarios; y más distantes, la captura del papado por las familias corruptas durante la ‘Pornocracia’; y la capitulación parcial del papa Honorio ante las fuerzas del Arrianismo. También podemos recordar el saqueo y destrucción del templo de Salomón por parte de los babilonios en el Antiguo Testamento.

Dios permite no solo males tales como el sufrimiento y la muerte, sino también el daño a los medios que Él mismo instituyó para la salvación de los hombres a lo largo del tiempo. La explicación simple y filosófica es suficientemente clara. Si es posible para nosotros realizar una contribución real en pos de nuestra salvación y la de los demás, también debe ser que nuestras fallas puedan producir una diferencia real, en forma negativa. Esto significa que, colectivamente a lo largo del tiempo la Iglesia puede soportar terribles heridas que perjudican su efectividad evangélica, así como en otros períodos un movimiento positivo (el movimiento de reforma monástica, por ejemplo, o la Contrarreforma) puede mejorar su efectividad. San Agustín expresó el principio básico así: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti.

Quiero advertirles, sin embargo, contra la tentación del Deísmo, que puede insinuarse a partir de esta respuesta filosófica. No es que Dios simplemente deja que las consecuencias del pecado humano evolucionen siguiendo su propia lógica. Es decir, Él lo está haciendo, pero no simplemente: Dios está al mando de la historia. Toda crisis tiene algo que enseñarnos; toda crisis puede ser superada por medio de virtudes particulares y haciendo referencia a verdades particulares. La salida de una crisis muchas veces es inesperada, y con frecuencia combina una intervención histórica decisiva por parte de Dios, y un nuevo espíritu en la Iglesia, animando nuevos movimientos y nuevos pensamientos. En algunos casos podemos ver en retrospectiva cómo la misma crisis resolvió problemas intrincados que no hubiera sido posible solucionar de otra manera. Por ejemplo, la destrucción de los “déspotas iluministas” del Ancien Régime por parte de Napoleón, seguida de su propio fracaso y derrota, removieron enemigos y crearon oportunidades para la Iglesia de manera extraordinaria.

Ver cómo saldremos de la presente crisis requeriría el don de profecía y solo al hacerlo seríamos capaces de ver claramente el bien que se extraerá de ella. Sin embargo, lo que ya es visible son las debilidades de la Iglesia previas a la crisis, notablemente la sustitución de la obediencia en lugar de la fe como virtud central de la vida cristiana. En el Catecismo Penny (Catecismo de la Doctrina Cristiana), excelente en muchos aspectos, pregunta hacia el final cuáles son las virtudes principales de Jesucristo que debiéramos imitar. La respuesta es “mansedumbre, humildad y obediencia” (Q.347). Esto es teológicamente defendible, por supuesto, pero sin clarificación es seriamente engañoso. Jesucristo fue obediente a Dios, pero difícilmente deferente a las autoridades espirituales legítimas de su tiempo, que habían sido establecidas por la ley divina. ¿Por qué no? Porque estaban equivocadas. Ciertamente podemos aprender mucho de este ejemplo, aunque no exactamente lo que los autores del Catequismo resumido tenían en mente.

En esta vida nunca podremos ver la historia desde el punto de vista de Dios, pero podemos estar seguros de que a medida que los hechos se desarrollen, Dios será glorificado así como fue glorificado por las increíbles recuperaciones de la Iglesia tras la revuelta protestante y la revolución francesa. La historia no se detiene y los hechos se sucederán, ya sea silenciosa o dramáticamente, a fin de que esta recuperación resulte posible. Mientras tanto, debemos trabajar como podemos y sacar lo mejor de esta situación. Tal vez resulte que lo que puntualmente hacemos quede en la nada; tal vez resulte que hemos estado preparando el terreno para una solución a la crisis; tal vez resulte que nuestro movimiento se convierte directamente en la solución. Lo que sí sabemos es que la Iglesia no crece por acomodar los errores de cada generación, sino por los fieles que ofrecen a cada generación las verdades heredadas de la tradición.

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