El santo escapulario de la Virgen del Carmen (1251-2021)

Roberto de Matteipublicado el

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe – 14 luglio 2021) Hace setecientos setenta años, en la noche del 15 al 16 de julio de 1251, san Simón Stock, prior general de los carmelitas, rogaba fervorosamente a la Virgen por una manifestación especial de protección a su orden, que atravesaba graves dificultades. De repente, la celda se iluminó y se le apareció la Madre de Dios acompañada de una multitud de ángeles. En las manos traía un objeto que estaba destinado a entrar en la historia de la Iglesia como el santo Escapulario del Carmen, y le dijo: «Recibe, amado hijo, este escapulario de tu orden en señal de hermandad, privilegio que he alcanzado para ti y para tus hijos del Carmelo; quien muera vistiendo piadosamente este hábito se librará del fuego del Infierno. Es prenda de salud, salvaguarda en los peligros y señal de alianza y de paz con vosotros por la eternidad».

El escapulario estaba formado por dos trozos de tela marrón ligados por un cordoncillo para llevarlo colgado de los hombros. Esta extraordinaria promesa era la maternal respuesta de la Santísima Virgen a la ardiente devoción de san Simón Stock y de todos sus hermanos de orden a lo largo de la historia. La promesa no se limitaba a los religiosos profesos de la orden; se extendía a toda la familia espiritual del Carmelo. En la práctica, portar el escapulario significaba integrarse a la orden y participar de sus deberes morales y sus privilegios espirituales.

En muchos documentos oficiales, la Iglesia habla de los privilegios del escapulario como de un patrimonio común a todos los fieles que lo llevan al cuello. La bula Ex Clementi que escribió Clemente VII en 1530, afirma que todos los fieles que forman parte de la confraternidad del Monte Carmelo, portan el hábito y observan las reglas de la orden tienen derecho a llamarse hermanos y hermanas carmelitas y participan de sus privilegios. Todo religioso o seglar que en alguna medida forme parte de la familia carmelita cuenta con la promesa de ser preservado de las llamas del Infierno en virtud del santo escapulario, recibido conforme a regla y portado piadosamente hasta la muerte (cfr. Padre Albino del Bambin Gesù, Lo scapolare della Madonna del Carmine, Ancora, Milano 1958).

El segundo privilegio importante que se concede a los portadores del escapulario se conoce como privilegio sabatino, y según la tradición se remonta a una promesa de la Virgen al papa Juan XXII (1316-1334) confirmada por una bula de 1322 por la cual todo el que porte devotamente el escapulario hasta su muerte, y observando determinadas condiciones, se librará del Purgatorio el sábado siguiente al día de su muerte. El contenido de esta creencia ha sido aprobado en numerosos documentos de sucesivos pontífices, entre ellos Pío XII, que el 11 de febrero de 1950, con motivo del VII centenario de la visión de san Simón Stock, confirmó que el santo escapulario, debidamente portado, obtiene la preservación de almas del Infierno y las libera lo antes posible del Purgatorio, en concreto el sábado siguiente al día de su muerte.

Los dos grandes privilegios del escapulario, la preservación del Infierno y la liberación anticipada del Purgatorio, son dos acciones diversas pero complementarias de la protección de la Virgen a sus hijos del Carmelo. El privilegio sabatino, desarrollado a partir de la promesa de liberación del fuego eterno es, como señala el P. Albino del Bambin Gesù (op.cit. p. 71), la única devoción aprobada por la Iglesia que promete directamente una reducción de las penas que se purguen en la otra vida.

El escapulario que portan los fieles laicos es el mismo que visten los miembros de la orden carmelita, si bien sus dimensiones son más reducidas para mayor comodidad. Se compone de dos pequeños rectángulos de lana marrón unidos por un cordoncillo que se lleva al cuello, bien en contacto con el cuerpo o sobre la ropa, pero siempre de modo que uno quede sobre el pecho y el otro sobre la espalda. Se puede obtener en cualquier iglesia de la Orden Carmelita. Las condiciones que se exigen para alcanzar el privilegio son tres:

1) Que el escapulario sea impuesto por un sacerdote autorizado de la manera que prescribe la Iglesia. Mediante este rito, el fiel queda afiliado al Carmelo y adquiere el derecho a beneficiarse de sus privilegios.

2) Portar el escapulario hasta la muerte. Las palabras de María se refieren expresamente a quienes mueran con el escapulario puesto. Por este motivo, los santos no se lo quitaban por un momento y tomaban todas las precauciones para que nadie se lo quitase cuando estaban enfermos o moribundos.

3) Vivir como buenos cristianos según el espíritu del Carmelo. Nadie puede contar con que la Virgen lo asista a la hora de la muerte si no ha procurado sus favores a lo largo de la vida. Con todo, el escapulario sirve para que la Virgen alcance gracias especiales a quien lo porta, con miras a obtener la perseverancia final.

Para lucrar la indulgencia sabatina es necesario, aparte las condiciones mencionadas, 1) observar la castidad conforme al propio estado; 2) recitación diaria del oficio parvo de la virgen, y 3) observar la abstinencia en los días establecidos. Las dos últimas condiciones pueden ser conmutadas por el sacerdote que impone el escapulario por el rezo diario del Rosario.

Un escapulario deteriorado puede ser sustituido por el propio portador sin necesidad de recurrir al sacerdote. El primer escapulario se bendijo en el momento de la imposición; no es necesario bendecir los que se usen después.

A fin de promover esta devoción, San Pío X permitió por decreto del 16 de diciembre de 1910 la sustitución del escapulario por una medalla que tenga por un lado la imagen de la Virgen y por el otro el Sagrado Corazón. No obstante, expresó un muy vivo deseo de que el escapulario de tela sólo se reemplace por la medalla en caso de necesidad o conveniencia.

En este siglo impregnado de espíritu pagano y materialista, portar el escapulario no sólo es señal de predestinación, según decía Santa Teresa del Niño Jesús, sino también una profesión de fe, una clara toma de posición, una bandera bajo la que librar el diario combate cristiano.

Roberto de Matteipublicado el