El presidente Duque y el futuro de Colombia

Redacciónpublicado el

Eugenio Trujillo Villegas
Director – Sociedad Colombiana Tradición y Acción

 

En el pasado mes de Junio fue elegido Iván Duque como nuevo presidente de Colombia. Después de una reñida campaña electoral, el resultado fue el previsto, tanto por la opinión como por los medios, pues su inmediato contendor, el ultra izquierdista Gustavo Petro, generó un temor generalizado entre los electores.

Las propuestas radicales de Petro fueron la causa principal de su derrota. Propuso para Colombia una revolución marxista al estilo de Venezuela, proclamándose el sucesor de Chávez y de Maduro. Amenazó con expropiar las grandes empresas agropecuarias, acabar con la explotación del petróleo y del carbón, lanzando a Colombia en una suicida aventura socialista, con lo cual se hizo un daño irreversible.

Colombia se manifestó en contra de estas propuestas populistas de izquierda y además eligió al principal opositor del Presidente Santos. Desde octubre de 2016, cuando se realizó el plebiscito en el cual triunfó el rechazo al proceso de Paz, Colombia se ha dividido con respecto a las supuestas bondades de la pacificación de las FARC. Unos pocos guerrilleros entregaron las armas y se dedicaron a la política en medio de una gran propaganda mediática, mientras que la mayoría de los subversivos continúan haciendo la guerra a través de múltiples disidencias, con los recursos de la cocaína y el respaldo político de los “pacificados”.

Este resultado electoral evidencia un profundo rechazo a la gestión del actual Gobierno. Es tal el descrédito del Presidente Santos, que su propio partido no presentó ningún candidato a la contienda electoral, pues sabía que sería derrotado vergonzosamente. Los candidatos de los dos principales aliados del Gobierno, el Partido Liberal y Cambio Radical, sacaron una votación insignificante en la primera vuelta electoral.

En el resultado final de las elecciones en la segunda vuelta, Iván Duque obtuvo un poco más de 10 millones de votos, contra 8 millones de votos de Gustavo Petro. Sumados, son 18 millones de votos contra Santos y su nefasto gobierno de fraudes y de mentiras.

 

El nuevo Presidente debe corregir la forma de gobernar

En consideración a estos resultados, la pregunta obligada para quienes acompañan con interés lo que pasa en nuestro País, es la siguiente: ¿Cuál será el rumbo que tomará el nuevo presidente de Colombia? Los colombianos tenemos una gran esperanza de que sea el rumbo correcto. Y para que sea así tendrá que solucionar plenamente los siguientes asuntos fundamentales, que son la fuente inagotable de nuestros grandes problemas:

1.- Combatir la corrupción desenfrenada que invadió todas las esferas de los poderes públicos. Es cierto que este cáncer avanzó espantosamente en el actual gobierno, pero él existe impunemente desde hace muchas décadas. Y no alcanza exclusivamente a los políticos y a los funcionarios del Estado, sino también a algunos sectores empresariales, que tienen igual responsabilidad en los grandes desfalcos de las arcas públicas, que escandalizan por su total desvergüenza y por sus dimensiones colosales.

2.- Acabar con la abyecta degradación de la justicia. Como corolario de lo anterior, este deterioro moral ha llegado al extremo de que aún en las más altas instancias judiciales, se compran sentencias y se venden fallos por sumas millonarias, que sólo pueden ser pagadas con los dineros obtenidos con el saqueo continuo de los recursos del Estado. Esto nos ha llevado a presenciar hechos que no tienen antecedentes en nuestra historia, en los cuales algunos funcionarios públicos participan de verdaderas empresas criminales para desfalcar cantidades asombrosas de dinero, y después, con esos mismos recursos fraudulentos, compran su absolución en las Altas Cortes.

Estos hechos infames explotaron ante los ojos del mundo a finales del año pasado, cuando varios magistrados de la Corte Suprema de Justicia fueron judicializados, junto con el encargado de la lucha anticorrupción de la Fiscalía, por ser los protagonistas de estas conductas aberrantes y escandalosas.

3.- Evitar que los Acuerdos de paz firmados por el actual gobierno con la guerrilla de
las FARC, se conviertan en un instrumento de tiranía e impunidad. Los criminales que devastaron a Colombia durante décadas, que aterrorizaron a las pobres gentes indefensas con sus atrocidades y vejámenes, ahora serán legisladores por voluntad del Gobierno. Integrarán numerosos comités administrativos que definirán el futuro de la nación, sin pagar por sus crímenes, sin pedir perdón por ellos y sin arrepentirse de todo el mal que hicieron. Además, el nuevo Gobierno deberá ejercer un control sobre la Justicia Especial para la Paz (JEP), un aparato de justicia transicional recién creado gracias al Acuerdo con las FARC, que en sus primeras determinaciones amenaza con colocarse por encima de los demás órganos judiciales del País, arrogándose derechos y funciones que no le competen, todo ello para favorecer la impunidad de los victimarios.

4.- Enfrentar el narcotráfico con energía y sin claudicaciones. Éste es el flagelo que financia la guerra y los crímenes de todos los grupos guerrilleros y paramilitares, que también alimenta el crimen organizado, y además es la punta de lanza de la degradación moral del País. Hay que tener en cuenta que durante los ocho años de este gobierno del Presidente Santos, los cultivos ilegales de coca pasaron de 50.000 a cerca de 200.000 hectáreas. Y que seguramente, la producción de cocaína que se destina para el consumo de los adictos de Europa y Estados Unidos habrá crecido en la misma proporción.

 

La auténtica solución está en la práctica de los valores del Evangelio

Sin duda, serían muchos más los aspectos que habría para mejorar en Colombia, de tal forma que nuestro País alcance un verdadero, legítimo y auténtico progreso. Pero, para no excedernos en diagnósticos evidentes, ya repetidos ampliamente, las políticas de buen gobierno se pueden resumir en un solo principio fundamental: Si la filosofía y los valores del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo no iluminan las almas de quienes conforman la sociedad, será inútil perseguir con la autoridad coercitiva del Estado al creciente número de delincuentes. No sólo a los que empuñan armas y bombas para destruir el stablishment por la fuerza del terrorismo, sino también a aquellos de alto linaje que se roban a manos llenas los bienes del Estado y también los de las empresas privadas.

Aquí está descrito el rumbo que quisieran para Colombia los que votaron por Iván Duque, el actual presidente electo. Y también, el de muchos de los que votaron por el candidato Petro, que no simpatizan con la imposición de una revolución chavista, pero que sí claman por un cambio fundamental en la forma de gobernar y de hacer política. A lo que se suma la necesidad imperiosa de rescatar los valores religiosos, morales y cívicos, que se han ido evaporando de todas las actividades humanas, y que destruyen todas las instituciones con las consecuencias trágicas que estamos viendo.

Si el próximo gobierno no es capaz de cumplir con estas metas elementales, atendiendo el clamor de la verdadera y auténtica Colombia, con seguridad que dentro de cuatro años, cualquiera que sea elegido presidente, muy probablemente nos conducirá contra nuestra voluntad a los infiernos de la dictadura de extrema izquierda. Aunque la mayoría no lo quiera, si no hay solución a estos grandes retos, se abrirán las puertas para la opresión totalitaria y para la miseria socialista, fenómenos que siempre van de la mano.

Colombia no puede resistir indefinidamente los efectos devastadores que produce gobernar dando la espalda al sentido común, en contra de los valores morales, con una clase dirigente y unas élites que prefieren abdicar cobardemente ante la ufanía del crimen, en vez de enfrentarlo con valor.

Los colombianos saben perfectamente que esta será la triste realidad de nuestra Patria, en caso de que el nuevo gobierno decida no tomar el rumbo correcto.

 

Eugenio Trujillo Villegas – 23 julio 2018

 

Redacciónpublicado el