El martirio de la familia Real de Francia

Cristina Siccardipublicado el

El último 21 de enero se celebró, con diversas Misas no solamente en Francia, el aniversario de la decapitación del Rey Luis XVI. Nada puede la propaganda frente a las páginas de la Historia. La persecución perpetrada contra los católicos Reyes de Francia es Historia: está escrita en las crónicas, en las memorias, en los documentos de archivo, en los testimonios, en los libros. Aquello que la familia real vivió bajo la Revolución Francesa, madre de persecuciones y de monstruosidades, pertenece a aquellos acontecimientos que nadie puede cancelar, aunque no sean mencionados y enseñados porque los enemigos de esos principios abundan aún hoy en Francia y Europa. Los exponentes de la Revolución Francesa iniciaron la descristianización del Continente a golpes ideológicos de “libertad” y de guillotina. El vulgo está en el cajón, las fuentes son piedra viva.

Piedra viva como las historias de Madame Royale, es decir María Teresa Carlota de Borbón-Francia (Versalles, 19 de diciembre de 1778 – Frohsdorf, 19 de octubre de 1851), hija primogénita de Luis XVI de Borbón-Francia y de María Antonieta de Hasburgo-Lorena, Duquesa de Angoulême, delfina de Francia (durante algunos minutos también Reina de Francia en 1830), Condesa de Marnes en el exilio. En sus Memorias ella habla del cautiverio de su familia en la Torre del Templo:

«[…] se tuvo la crueldad de dejar solo a mi pobre hermano; barbarie inaudita; […] Abandonar así a un desdichado niño de ocho años […] sin otro socorro que una cruel campana que él ya no tocaba más, tanto terror tenía de la gente que habría llamado, prefiriendo carecer de todo, que pedir la cosa más pequeña a sus perseguidores. Él estaba en un lecho que desde hacía más de seis meses no era arreglado y que él no tenía más fuerza de volver a hacer; las pulgas y las chinches lo cubrían; la ropa y su persona estaban llenas de las mismas. […] Sus heces quedan en la pieza y nadie las había quitado en este período. Su ventana, cerrada con cadenas y con rejas, nunca era abierta y no se podía permanecer en ese cuarto por el olor infecto.» (Narración de los acontecimientos ocurridos en el Templo desde e1 13-8-1792 hasta la muerte del Delfín Luis XVII, Casa Editrice Ceschina, Milán 1964, pp. 95-96).

El hermano era Luis Carlos Borbón (Versalles, 27 marzo de 1785 – París, 8 de junio de 1795). Desde la muerte de su padre en 1793, fue considerado Rey de Francia y de Navarra con el nombre de Luis XVII por los monárquicos franceses y las Cortes europeas. Fue encarcelado vivo en el Templo en condiciones deshumanas durante más de dos años, bajo el control de los torturadores que lo dejaron en una celda pútrida, llena de ratas, de insectos y de parásitos, con poca luz de día y obscuridad completa en la noche. Mal nutrido y enfermo, murió a la edad de diez años.

Los carceleros llamaban «ciudadanos» a los miembros de la Casa Real, haciéndoles perder la identidad, un poco como hicieron los nazis, herederos del jacobinismo, con la Princesa Mafalda de Saboya a quien, en el campo de concentración de Buchenwald, le dieron el nombre de Señora von Weber.

La familia real de Francia fue capturada en la noche del 6 de Octubre de 1789, cuando una horda enfurecida y embriagada de 20 mil personas, armada de cañones, fusiles, sables, picas y garrotes se dirigió desde París a Versalles e invadió el castillo. Mientras ocurrían escenas horribles de violencia y crueldad, con masacres, cabezas decapitadas y llevadas en picas como trofeos, Luis XVI y sus familiares fueron transportados a París bajo los gritos, las amenazas y las imprecaciones. La hermana del Rey, Elisabeth Philippine Marie-Helene de Borbón, llamada Madame Elisabeth, nacida en Versalles el 3 de mayo de 1764 y decapitada en París el 10 de mayo de 1794, era consciente del deber de ejercer la misión para la cual había sido elegida, la de «ángel tutelar» de la familia. Madame Elisabeth se comportò santamente, sin ningún lapsus. Desde aquella noche la familia estuvo prisionera en el Palacio de las Tullerías. Mientras todos los príncipes y princesas intentaron huir fuera de la capital y de Francia, Elisabeth permaneció en su lugar, próxima al hermano, a la cuñada, al pequeño Delfín de Francia y a la sobrina Carlotta, cumpliendo su misión de consoladora.

En la noche del 2 de agosto la Reina María Antonieta fue conducida prisionera a la Conciergerie. Después de humillaciones indecibles y sufrimientos inauditos, María Antonieta fue decapitada el 16 de octubre. Su última carta, conocida como (esculpida en mármol negro y con caracteres dorados en la Capilla expiatoria de París, en la plaza Luis XVI, en la calle Pasquier 29 del VIII distrito), fue dirigida a la cuñada Elisabeth: «Es a vos, hermana mía, que escribo por última vez; estoy condenada no a una muerte infamante, porque ésta es únicamente para los criminales, sino a ir al encuentro de vuestro hermano». Y después de haberle rogado ser la segunda madre de sus huérfanos, concluyó con estas palabras: «Adiós, mi buena y tierna hermana;¡esperamos que ésta le llegue! Piense siempre en mí; le beso con todo el corazón, junto con los pobres y queridos niños!». La carta no fue entregada.

En todas sus cartas Elisabeth se refería al Sagrado Corazón de Jesús, al que consideraba su único refugio, el único remedio para los sufrimientos del pueblo y la salvación de la nación. Compuso varios actos de consagración de Francia al Divino Corazón y fue también muy devota del Sagrado Corazón de María Santísima. Persuadida de que la irreligión y la inmoralidad atraerían sobre el país los castigos de Dios, recomendaba llevar una vida honesta, rezar, renunciar al lujo y socorrer al prójimo.

Los perseguidores del orden y de la Iglesia de Cristo no podían tolerar el título de Rex Christianissimus de Luis XVI, no podían soportar que él fuese ungido con el óleo sagrado en la Catedral de Reims y lo asesinaron. Lo hicieron subir al patíbulo el 21 de enero de 1793. El cortejo que lo condujo a la Torre del Templo en la Plaza de la Revolución (hoy de la Concordia), avanzó entre dos filas de guardias armados de fusiles y de picas, mientras, detrás, los sansculottes, borrachos, lo insultaban a los gritos y con malas palabras. Su confesor, el sacerdote irlandés P. Edgeworth de Firmont, le susurró al oído: «Señor, en este supremo ultraje yo no veo sino un último trazo de semejanza entre Usted y Nuestro Señor Jesucristo que será vuestra recompensa». Se presentó al verdugo Sansón, a quien poco antes había pedido no ser maniatado, le ofreció las manos y se las hizo atar: «¡Hagan lo que tengan que hacer!». Después se dirigió a la guillotina: «Perdono a los autores de mi muerte…» y avanzó hasta el borde del patíbulo. Entonces dirigió una proclama a la plaza llena de gente «¡Hijos de Francia! ¡Muero inocente! Perdono a los auotores de mi muerte y pido a Dios que la sangre hoy vertida no recaiga sobre Francia. Cuanto a ti, ¡oh! pueblo desafortunado…», en este punto el General Santerre, comandante de la tropa desplegada en la plaza, temiendo una reacción positiva de la gente a favor del soberano, levantó la espada y ordenó retomar el redoblar de los tambores para cubrir la voz del Rey. La cuchilla de la guillotina cayó sobre el cuello de Luis XVI y su cabeza rodó por tierra. Sansón la tomó por los cabellos y, goteando sangre, la mostró al pueblo silencioso.

El Papa Pío VI, algunos meses después, profundamente herido por aquella barbarie -que había abolido «la más prestigiosa forma de gobierno, la monárquica– y por la «horrible catástrofe», en la alocución Quare lacrymae del 17 de junio de 1793 hablará de «martirio» del «cristianísimo rey Luis XVI», inflingido por odio a la religión católica. El Pontífice compara el martirio de Luis XVI al de María Stuardo:

«Sabemos por San Agustín que ´no es el suplicio lo que hace al mártir, sino la causa´. […] Por lo tanto, para declarar un verdadero martirio es suficiente que el perseguidor, para conseguir la muerte, sea movido por odio contra la Fe, aún cuando si la ocasión de la muerte proviniera de otros motivos, que, por causa de las circunstancias, no pertenecieran a la fe […] ¿Y quien podría colocar en duda que el Rey fue condenado a muerte por odio contra la Fe y ultraje a los dogmas del Catolicismo?» (https://w2.vatican.va/content/pius-vi/it/documents/allocuzione-quare-lacrymae-17-giugno-1793.html).

Por otra parte, en Francia, existe un verdadero y propio culto no solo por la figura de Luis XVI sino por todas las víctimas de la familia Real, al punto que el 15 de noviembre de 2017, el Cardenal André Vingt-Trois, Arzobispo de París, habiendo tomado nota de la autorización de la Santa Sede y del parecer positivo de la Conferencia Episcopal francesa, sancionó la apertura de la causa de beatificación de la hermana de Luis XVI, Madame Elisabeth.

Su muerte fue percibida como la de un inocente y así entró en el rango de los «Mártires de la Revolución». Las estampas contrarevolucionarias se multiplicaron, representando a la Princesa con la palma del martirio. Sus oraciones fueron impresas y difundidas, mientras su primer biógrafo, Antoine Ferrand, comenzó a redactar en 1814 una larga serie de libros.

Conducida al patíbulo, Elisabeth, que tenía 30 años y había vivido en la virtud, consagrándose con todo su corazón a Dios a los 15 años, no sólo no cerró los ojos frente a la matanza, sino que permaneció sonriente y rezando hasta el final. En alta voz llamó, una a una, a las víctimas que venían para ser guillotinadas sin piedad, invitándolas a tener fe en Dios y, si eran mujeres, las saludaba con una sonrisa. Después le tocó a ella. Y cuando la rubia cabeza cayó, añadiendo sangre sobre sangre, la plaza se quedó en silencio.

Cristina Siccardipublicado el