Consideraciones Intempestivas

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(Pedro L. Llera, Santiago de Gobiendes – 29 julio 20) Dice el documento de la Pontificia Academia por la Vida, titulado Humana Communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida, que “con el Covid-19 nos hemos encontrado vinculados de manera diferente, compartiendo una experiencia común de contingencia (cum- tangere): como nadie se ha podido librar de ella, la pandemia nos ha hecho a todos igualmente vulnerables, todos igualmente expuestos”. Debe de ser que antes de la pandemia no éramos todos contingentes o no nos habíamos dado cuenta de que lo éramos. Ahora resulta que toda una Academia Pontificia por la Vida no había caído en la cuenta hasta ahora del hecho incuestionable, de la certeza absoluta de que todos vamos a morir. No sabemos cómo, cuándo ni dónde pero, indefectiblemente, todos vamos a morir y por ello, somos todos contingentes (cum-tangere). Dicen que hemos aprendido que somos frágiles. Y es que no sabíamos hasta ahora que lo éramos. El sorprendente descubrimiento de la Academia Pontificia por la Vida nos ha cogido desprevenidos con este inquietante constatación de nuestra propia fragilidad.

“Es necesaria la disposición de los países ricos a pagar el precio requerido por el llamado a la supervivencia de los pobres”.

En resumen: otro mundo es posible. Vamos a cambiar el mundo para evitar las desigualdades económicas entre los países ricos y los pobres. Creemos órganos globales de gobierno que garanticen el derecho de todos a la sanidad. Y la esperanza consistiría en “imaginar y poner en práctica un proyecto de convivencia humana que permita un futuro mejor para todos y cada uno”. Pelagianismo puro y duro.

Permítanme alguna consideración intempestiva a partir de la lectura de dicho documento.

La corrupción política de los gobernantes de los países pobres del Sur Global, ¿no tendrá algo que ver con la pobreza de sus pueblos? Por ejemplo, Venezuela, Cuba… Por ejemplo, Evo Morales, los peronistas argentinos como Cristina Fernández de Kirchner; Maduro, los Castro, los comunistas chinos, los asesinos del gobierno norcoreano, etcétera. ¿Que gobiernen corruptos, asesinos y miserables en los países “empobrecidos” tendrá algo que ver con el hecho de que estén “empobrecidos”?

¿El pecado del mundo tendrá algo que ver con las injusticias y las desigualdades en nuestro mundo? Y si fuera así, ¿no convendría llamar a todos a una verdadera conversión, no a la Pachamama ni a la ecología gretina, sino a Cristo? ¿No será cuando Cristo reine verdaderamente sobre las familias, sobre las naciones y sobre todos los pueblos del mundo, cuando la justicia y la paz prevalecerán de una vez por todas? ¿No convendrá rezar cada día con insistencia que “venga a nosotros tu Reino”? ¿No tendríamos que llamar a todos a vivir en gracia de Dios, a bautizarse los que no lo estén; a confesar con frecuencia, a comulgar con las debidas disposiciones? ¿No será la coherencia eucarística, o sea, la santidad, la que cambie el mundo? ¿No será Cristo mismo el único que puede salvarnos y cambiar el mundo?

Pero no: ni una llamada a la conversión a Cristo. Cristo es la única esperanza: ¡que no se enteran! ¡Que no es el hombre por sus solas fuerzas quien va a cambiar el mundo! ¡Que no! Déjense de utopías voluntaristas, déjense de pretender construir el paraíso en este mundo, porque este mundo está herido por el pecado original y está con dolores de parto esperando su redención definitiva.

Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora;  y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Romanos 8, 22-23.

Todo antropocéntrico. Todo inmanente. Sin visión sobrenatural alguna. Aspiran con Nietzsche – muy intempestivo él – a forjar seres humanos superiores que desprecien la tradición y la historia, que apostaten de Cristo y de su Iglesia, para que “la vida renazca”.

La conciencia de que estamos juntos en este desastre, y de que sólo podemos superarlo mediante los esfuerzos cooperativos de la comunidad humana en su conjunto, está estimulando los esfuerzos compartidos.

¿Son los esfuezos cooperativos de la comunidad humana los que nos van a salvar? Yo creía que quien nos puede salvar es Dios. ¿No habría que pedirle día y noche, a tiempo y a destiempo, a nuestro Señor que nos libre de la peste? ¿O no hace falta? ¿Para qué? Solos nos bastamos. Con el esfuerzo cooperativo de la comunidad internacional ya está todo arreglado. “Este virus lo paramos unidos». “Todo va a salir bien». “¡Resistiremos!». Nosotros vamos sobrados y no necesitamos a Dios para nada (pobres insensatos).

Consideraciones intempestivas para el renacimiento de la vida”. ¿Se creen ustedes capaces de que renazca la vida? ¿Qué vida? ¿De qué nos están hablando? El único “señor y dador de vida” es el Espíritu Santo, es Dios mismo: la Santísima Trinidad. Pero estos se creen que el único Dios es el hombre: el hombre libre para pecar, libre de Dios, libre de toda moral, de todo mandamiento, de toda ley divina. Dios es ese hombre kantiano que “no es medio, sino fin en sí mismo”.

La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el reconocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí misma, no un medio”.

La comunidad humana de la que hablan no es la Ciudad de Dios, no es la comunión de los santos. Dios no pinta nada en esta comunidad humana, por eso ni se le menciona. No hay vida más allá de esta vida terrenal. No hay un alma inmortal que vive más allá de la muerte. Solo se habla en términos puramente materialistas y ateos. Hay que superar la tradición y avanzar hacia lo nuevo, hacia el mundo nuevo del superhombre que está más allá del bien y del mal. Como si fueran masones, proclaman la necesidad de un hombre nuevo sin Dios; un hombre que viva en armonía con la naturaleza como los nativos de la Amazonia; vueltos buenos salvajes, como si estuviéramos libres del pecado original:

Es hora de imaginar y poner en práctica un proyecto de convivencia humana que permita un futuro mejor para todos y cada uno. El sueño recientemente descrito para la región amazónica podría convertirse en un sueño universal, un sueño para todo el planeta que “integre y promueva a todos sus habitantes para que puedan consolidar un «buen vivir»”

Esto se parece más a la utopía del paraíso comunista que a la esperanza cristiana. La única convivencia humana que puede permitir un futuro mejor para todos y cada uno es la que proviene de la conversión a Cristo.

La vida del hombre sobre la tierra no tiene más finalidad que prepararse para la felicidad eterna en la contemplación beatífica de Dios. No hemos nacido para otra cosa ni nuestra vida tiene otro sentido que alcanzar la vida eterna y la felicidad. La vida terrena es lo más despreciable y, al mismo tiempo, lo más importante. Poco importa morir joven o con ochenta años. La vida pasa muy rápido. Pero conviene andar esta jornada sin errar. Conviene vivir y morir en gracia de Dios. Eso es lo realmente importante. Escribe San Ignacio:

El hombre es creado par alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto, salvar su alma. Y las otras criaturas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la persecución del fin para el que ha sido creado. De donde se sigue que el hombre ha de usar de ellas en tanto en cuanto le ayuden a su fin; y tanto ha de prescindir de ellas, cuanto ello le impidan.

La felicidad perfecta no es posible en esta vida. Nuestra felicidad es Cristo y solo glorificando a Dios encontramos nuestra propia felicidad. Por eso, cuando comulgamos a Jesús Sacramentado con las debidas disposiciones, anticipamos la dicha del cielo. Porque Cristo está realmente presente en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia Santa que recibimos en la comunión. Por eso la Santa Misa nos anticipa el cielo en la tierra.

El hombre moderno ateo y nihilista tiene miedo a morir, a desaparecer, a volver a la nada. La muerte es el verdadero tabú del mundo hodierno. Al hombre autodeterminado y dueño de sí mismo no le entra en la cabeza la posibilidad de morir. Tal vez por eso a los de la Pontificia Academia les haya sorprendido con la pandemia nuestra fragilidad y nuestra contingencia (cum- tangere). Pero los cristianos sabemos por la revelación que la existencia no termina con la muerte terrena, sino que se cambia por otra vida mejor e imperecedera. “Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrena, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. San Pablo deseaba ardientemente morir para estar con Cristo, que es mucho mejor (Flp 1, 23). Y este sentimiento es común a todos los grandes santos, como Santa Teresa:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

Cuando morimos, muere el cuerpo pero no el alma, que es inmortal. Y a la muerte le sigue el juicio particular, puesto que las almas de los que mueren van inmediatamente al cielo, al purgatorio o al infierno. Por eso hay que tener cuidado y vivir obedeciendo la Voluntad de Dios y cumpliendo sus mandamientos. Porque es de fe que existe un infierno, que es eterno, y a donde descienden inmediatamente las almas de los que mueren en pecado mortal. No se engañe nadie pensando que, si hay Dios, todos vamos al cielo directamente. Hay quien se fabrica una fe a su medida y a su gusto. Pero Benedicto XII lo expresó así:

Definimos que, según la común ordenación de Dios, la almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno, donde son atormentadas con penas infernales; y que, no obstante, en el día del juicio todos los hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus actos, a fin de que cada uno reciba lo propio de su cuerpo, tal como se portó, bien o mal”.

Esto es verdad de fe. Pero ha llegado el tiempo en que la gente ya no soporta la sana doctrina; sino que, según sus propios caprichos, se han buscado un montón de falsos maestros que sólo les enseñan lo que ellos quieran oír. Hoy en día se afirma, por ejemplo, que el amor y la misericordia son los criterios más altos y la verdad se debe subordinar a ellos, de tal modo que, si surge un conflicto entre el amor y la verdad, la verdad debe ser sacrificada. Como Dios es Amor, lo único importante es que amemos. Pero proclamar a Cristo sin afirmar el contenido objetivo de las verdades inmutables de la Revelación divina y de los diez mandamientos, en última instancia, significa crear una nueva religión subjetiva que se apoya en las emociones. Lo importante es que se amen: bendigamos las uniones homosexuales en la Iglesia. Lo importante es compadecerse del sufrimiento del enfermos: ayudémosle a suicidarse o apliquémosle la eutanasia. Esa pobre niña se ha quedado embarazada: pobrecita, que aborte. Ese matrimonio ha fracasado: pobres, que rehagan su vida y vuelvan a casarse… Así, el pecado se disfraza de bondad y de amor para pisotear la Ley de Dios, la verdad revelada. Y con apariencia de bien, se normaliza el mal y se acepta el pecado. 

La Revelación Divina está intrínsecamente unida a la razón y a la verdad. Jesucristo, el Hijo encarnado de Dios, es la Palabra, el Logos, la Verdad, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Pero en esa otra religión subjetiva y sentimentaloide, cada uno cree en lo que le da la gana: en lo que le viene bien para justificarse a sí mismo y para enfangarse en su propio pecado. Pero la verdad revelada no admite interpretaciones subjetivas, al estilo protestante. Las verdades de la fe no las invento yo, sino que las enseña la Iglesia por la tradición apostólica y por el magisterio infalible. El dogma de la transubstanciación o los dogmas marianos son verdades de fe que yo tengo que creer, me guste o no. Y mi opinión no importa. Porque la fe es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y la ayuda de la gracia de Dios, creemos que es verdadero todo aquello que ha sido revelado por Él.

Es cierto: la verdad no siempre es agradable. No suele gustarnos escucharla porque denuncia nuestras propias iniquidades, nuestras oscuridades… Pero la verdad no se puede ocultar. Y aunque resulte desagradable, es una obra de amor – de auténtica caridad – que nos hagan ver esa verdad y que denuncien nuestras iniquidades para que nos arrepintamos y nos convirtamos, porque en ello nos va la vida eterna y la felicidad en este mundo y, sobre todo, en el otro. Que nadie se llame a engaño:

El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer será condenado. Marcos 16, 16.

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. I Corintios, 6, 9-10.

Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Gálatas, 5, 19-21.

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. Apocalipsis 21, 8.

En consecuencia, no tengamos miedo a la muerte ni a las pandemias: nuestra vida está en manos de Dios. Tengamos miedo más bien de aquel que puede hacer que perdamos el alma; tengamos miedo de morir en pecado mortal. Estamos a tiempo: arrepintámonos de nuestros pecados, confesémonos sacramentalmente y vivamos unidos a Cristo Eucaristía que nos espera en cada Sagrario de cada iglesia. Estemos preparados para morir santamente. No seamos como las vírgenes necias a quienes sorprendió la llegada del Esposo sin aceite en sus lámparas. Inopinadamente, se dieron cuenta de golpe de su fragilidad y de su contingencia (Cum- tangere). Vivamos en la luz y rechacemos las tinieblas del pecado. Y que el Señor nos encuentre dignos de entrar en su Reino cuando nos llame a su presencia.

Algunos dicen: “todos aquellos que incurramos en pecados nefandos persistamos alegremente en nuestro afán. Al fin y al cabo, ¿hay algo más triste que ver cómo pasa la vida sin haberlos cometido?” Sí. Hay algo más triste: la condenación eterna es muchísimo más triste. Pero recuerden la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Cuando el orgulloso Epulón se vio sufriendo las penas del infierno, le suplica a Abraham:  

«Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a casa de mi padre,  porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos». 

Pero replicó Abrahán: «Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!»  

Él dijo: «No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán». 

Y le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos».

No creen en Dios, no creen en la penas del infierno, no creen en la vida eterna. Creen que pueden pecar y que no pasa nada. Creen que pueden presumir y sentirse orgullosos de sus pecados. Porque ellos representan el superhombre nietzscheano, por encima del bien y del mal. Y como no hay más vida que esta, hay que disfrutarla sin cortapisas morales ni Dios. Allá ellos. Yo creo que aunque resucitara un muerto y viniera a avisarles no le harían ni puñetero caso. El hombre posmoderno es así.

Hay una gran apostasía fuera y, lo que es más penoso, también dentro de la Iglesia. Hay una crisis de fe como no se ha visto en los más de dos mil años de historia de la Iglesia. No creen en la vida eterna. No creen que haya nada sobrenatural. Han caído en el naturalismo más ateo y en el indiferentismo religioso más repugnante. Algunos pretenden convertir la fe de la Iglesia en una ideología que se encame con el mundo como una ramera bien pagada. Pero no se olviden de una cosa: Cristo vence. Cristo es el Rey del Universo. Y los poderes del infierno no acabarán con la Iglesia: no prevalecerán.

Somos frágiles y contingentes (Cum- tangere). Por el pecado original estamos todos sujetos a la enfermedad y a la muerte. Nuestro entendimiento quedó oscurecido. Por el pecado original, la naturaleza humana quedó sujeta a la concupiscencia. Adán perdió para sí y para todos sus descendientes la inocencia y la santidad de su primer estado, quedando sujeto a la muerte y al cautiverio del diablo. Nuestro libre albedrío quedó atenuado en sus fuerzas y mal inclinado, pero de ninguna manera totalmente extinguido. Somos pecadores. Pero multitud de sacerdotes y obispos no creen que la pandemia tenga nada que ver con un castigo de Dios por nuestros pecados. (¿no creerán en el pecado original?). En cambio, dicen que el origen de la pandemia tiene mucho que ver con nuestra depredación de la tierra y el despojo de su valor intrínseco. Es un síntoma del malestar de nuestra tierra y de nuestra falta de atención; más aún, un signo de nuestro propio malestar espiritual (Laudato Si’, n. 119). ¿Seremos capaces de colmar el foso que nos ha separado de nuestro mundo natural, convirtiendo con demasiada frecuencia nuestras subjetividades asertivas en una amenaza para la creación, una amenaza para los demás?

Dios no castiga: es el malestar de la tierra y el despojo de su valor intrínseco. Somos una “amenaza para la creación” y la tierra nos castiga por ello. ¿No es esto idolatría? Si no lo es, se le parece muchísimo. Como si la tierra o la creación fuera un ser vivo con capacidad de castigarnos por nuestra actitud depredadora. Pero la tierra es un ser inerte: no es un dios: en todo caso es un ídolo pagano.

Por la redención de Cristo, estamos llamados a la santidad y a la vida eterna. Es Cristo quien nos salva y nos libra del pecado y con su muerte y su resurrección nos ha abierto las puertas del cielo. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo: adoradlo.

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