Camerun, Pakistán, India,… todavía persecuciones anticristianas

Mauro Faverzanipublicado el

De una punta a la otra del mundo, siempre sigue siendo más grave y profunda la persecución a los cristianos. China, de la cual se ha constante y ampliamente hablado, no es sino la punta de un iceberg, que incluye ahora vastísimas áreas del planeta.

En África, por ejemplo, otro sacerdote católico fue asesinado por causa de la verdadera fe: ocurrió en la tarde del último 21 de noviembre en Kembong, en las inmediaciones de Mamfe, capital del Departamento, en el sudeste de Camerún. La sangre derramada fue la del Padre Cosmas Omboto Ondari de la Sociedad Misionera «San José de Mill Hill»: el sacerdote de treinta años murió a causa de los golpes sufridos en dos violentas agresiones de las que fue víctima, ambas llevadas a cabo por una patrulla de militares que lo interceptaron frente a la iglesia de San Martín de Tours, donde desarrollaba su ministerio como Vicario.

El P. Cosmas había sido ordenado el 26 de marzo del último año en Kisii, Kenya. Había sido enviado inmediatamente a Camerún en misión, primero a la parroquia San Judas Tadeo, en Fundong, y luego aquí, a la zona del Mamfe.

Es el segundo sacerdote asesinado en la región: el último 20 de julio la misma suerte había corrido el P. Alexandre Sob Nougi, de 42 años, párroco de la iglesia del Sagrado Corazón de Bomaka, en la diócesis de Buea; mientras el último 4 de octubre también un seminarista, Gerardo Anjiangwe, de tan sólo 19 años, fue asesinado a tiros disparados con un arma de fuego siempre por un grupo de soldados delante de otra iglesia, la de Santa Teresa de Barnessing, villa en las cercanías de Ndop, en el Departamento Ngo-Ketunjia, en la zona noroeste de Camerún.

En Asia, en cambio, una abogada cristiana, Tabassum Yousaf, presentó una denuncia contra las generalizadas y reiteradas violaciones cometidas en perjuicio de las minorías religiosas, en particular contra la persecución cristanofóbica, que significa asesinatos, éxodos obligatorios, conversiones forzadas, abusos sexuales y esclavitud, con la complicidad de la denominada ley sobre la blasfemia de 1986, casi siempre utilizada como un arma desleal para inflingir cadena perpetua y condenas capitales a cualquiera que se le acuse, incluso injustamente. Inútiles fueron los intentos para modificarla.

No obstante la resonancia mundial del caso de Asia Bibi, la joven cristiana acusada de haber blasfemado contra el islam, muchos otros sucesos de todo en todo análogos siguen teniendo lugar en estos países de mayoría musulmana, sobretodo todo contra mujeres y niños. Aunque la Constitución predica plena libertad religiosa, a los cristianos no les es consentido beber de las mismas fuentes y fruir de los mismos baños utilizados por los islámicos, pues caso contrario se verán acusados de haberlos dejado impuros; no pueden acceder tampoco a los más altos cargos del Estado, del Ejército y menos aún del Gobierno.

También en la India la situación es cada vez más crítica, como lo denunció el Global Council of Indian Christians, que habla de un clima de creciente hostilidad por parte de la mayoría hindú. Varios casos fueron registrados, los últimos en Uttar Pradesh y en Maharashtra: en caso de desórdenes, los cristianos terminan comúnmente entre rejas, porque acusados de fomentar el odio y la discordia.

Estos son tan solo algunos ejemplos. En realidad y desgraciadamente hay muchas otras situaciones análogas, en toda y cualquier latitud y longitud. De las víctimas de estas masacres, sin embargo, nadie habla en el mundo. Mucho menos en el Occidente cristiano. Un silencio cómplice y culpable, como lo denunció con valentía, la abogada paquistaní, Yousaf, haciéndose así, de todos modos, intérprete de muchos, en realidad de todos. En el mundo.

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