Cae el Instituto Juan Pablo II. Pero…¿dignamente?

Roberto de Matteipublicado el

En la trascendental batalla que se libra al interior de la Iglesia Católica ha caído un baluarte: el Instituto Juan Pablo II. El artículo de significativo título I vandali saccheggiano Roma…di nuovo (los vándalos saquean Roma otra vez) publicado por George Weigel, ayuda a situar el hecho en su debido contexto. Según Weigel, después del Concilio Vaticano II estalló una guerra de sucesión entre «dos sectores de teólogos reformistas que hasta entonces habían estado aliados». Unos y otros tenían respectivamente como órgano de difusión dos revistas: Conciliume y Communio. La primera ultraprogresista, y moderada la segunda. Lo que estaba en disputa era «el dominio sobre el profesorado en las principales facultades de teología del mundo».

La elección de Juan Pablo II, que nombró a Joseph Ratzinger prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, supuso la preponderancia de los moderados sobre los extremistas. A partir de 1978, estos últimos «se vieron impedidos de jugar en primera división en la política eclesiástica, aunque continuaran manteniendo un férreo dominio sobre la mayor parte de los cargos de los seminarios y en numerosas publicaciones teológicas». Según explica el escritor norteamericano, no depuró los seminarios de profesores progres, sino que incluso fomentó la fundación de nuevas instituciones como el Ateneo de la Santa Cruz, del Opus Dei (y, añadimos nosotros, el Regina Apostolorum de los Legionarios de Cristo). Es más, el papa Wojtyla «confiaba tranquilo en que la moneda auténtica  –la teología buena– terminaría con la falsa moneda ética». El Instituto Juan Pablo II  para Estudios sobre el  Matrimonio y la Familia fue el «instrumento clave» de dicha operación cultural, sobre todo para fomentar la aceptación de la encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II. Los progresistas, a quienes Weigel califica de testarudos y despiadados, esperaron el momento oportuno para hacer ajuste de cuentas. La oportunidad les llegó hace pocas semanas, cuando el nuevo Instituto Juan Pablo II, cuyo gran canciller es el arzobispo Vincenzo Paglia, efectuó una depuración «al más puro estilo estalinista» del legado católico y pastoral de Juan Pablo II. El caso más resonante fue la supresión, tras 38 años de existencia, de la cátedra de moral fundamental, que estaba a cargo de monseñor Livio Melina. La conclusión, que está igualmente expresada en el título del artículo de Weigel, es que «desde el pasado 23 de julio se lleva a cabo en Roma un crudo acto vandálico: lo que originalmente se conocía como el Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia ha sido perentoria y sistemáticamente despojado de sus más ilustres profesores, y sus cursos fundamentales de teología moral han sido eliminados».

En la reconstrucción que hace el amigo George Weigel hay, no obstante, un vacío que vamos a intentar  llenar. Ante todo, es preciso recordar que a los veintisiete años de pontificado de Juan Pablo II se sucedieron ocho de gobierno de la Iglesia por parte de Benedicto XVI. En total, fueron treinta y cinco años de predominio del sector moderado en la Iglesia. ¿Cómo es posible que a pesar de un periodo tan prolongado de predominio reformista, los jacobinos hayan terminado por tomar el poder, y ejerzan hoy una presión despiadada contra sus adversarios? Surgen sospechas de que la razón estribe en la debilidad intrínseca  del frente moderado. Debilidad doctrinal, porque se sustentaba en su tentativa de justificar a toda costa un acontecimiento como el Concilio Vaticano II, que carga con graves responsabilidades, empezando por su negativa a condenar el comunismo en un momento histórico en que éste constituía el mayor peligro para la Iglesia y para Occidente. Y debilidad estrategia, porque quien está convencido de que defiende la verdad no puede tolerar que en las universidades eclesiásticas y los seminarios se sigan enseñando errores durante años, como sucedió durante los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. La estrategia de promover la verdad evitando condenar el error no funciona. La realidad ha confirmado que ésa era la estrategia, y han corroborado por el contrario la ley de Thomas Gresham (1519-1579), según la cual es la falsa moneda la que acaba con la legal, y no al revés.

La renuncia de Benedicto XVI al pontificado el 11 de febrero de 2013 supuso, además, el reconocimiento del fracaso de la mencionada estrategia. La hermenéutica de la continuidad ha resultado incapaz de hacer frente al jacobinismo eclesiástico, que no es una  línea  de interpretación de documentos teológicos, sino un proyecto de conquista del poder mediante hombres y actos. Que Francisco fuera elegido papa fue la inevitable consecuencia del fracaso histórico del reformismo moderado. Jorge Mario Bergoglio enfrenta su magisterio vivo de la Iglesia a quienes invocan el magisterio vivo del Concilio. Si un concilio de la Iglesia siempre tiene razón, ¿quién va a acusar a un pontífice que se presenta como la encarnación de dicho concilio? Por su parte, el papa Francisco, como todos los jacobinos, detesta por encima de todo la ambigüedad y las contradicciones de los moderados mientras que respeta y teme la coherencia de los contrarrevolucionarios. Y si hoy el Instituto Juan Pablo II es saqueado por los vándalos es precisamente porque no resistió abiertamente al papa Francisco cuando tenía que hacerlo.

La exhortación Amoris laetitia del 19 de marzo de 2016 tenía el claro objetivo de destruir la Veritatis splendor y las enseñanzas morales de Juan Pablo II para sustituirlos por un nuevo paradigma moral. En nombre de Veritatis splendor y de su propia trayectoria personal, los profesores del Instituto Juan Pablo II deberían haberse opuesto unánimemente a este atentado a la moral católica, y más aún después de la negativa por parte de Francisco de recibir en audiencia a los cardenales autores de los dubia y del rescripto pontificio del 5 de julio de 2017, según el cual la verdadera interpretación del documento pontificio era la de los prelados argentinos. La intención del papa Francisco estaba y está clara para todos. Pero ningún teólogo del Instituto suscribió la Correctio filialis de haeresibus propagati del 24 de septiembre de 2017 ni ha presentado documento alguno que someta a una severa crítica a Amoris laetitia.

En una entrevista concedida el pasado 3 de agosto a La Verità, monseñor Livio Melina se ha presentado como víctima de una injusta depuración, y afirma que la habían emprendido con él por haber querido interpretar Amoris laetitia a la luz del Magisterio de la Iglesia. Pero es que no es posible interpretar Amoris laetitia a la luz del Magisterio perenne, porque propone un nuevo paradigma moral que es irreconciliable con Veritatis splendor. El papa Francisco está convencido de ello, y nosotros también. Tal vez lo esté también monseñor Melina, pero nunca lo ha dicho públicamente. Y su silencio no ha impedido que lo defenestren. ¿Por qué nos vamos a extrañar? ¿No hemos aprendido nada de la Revolución Francesa?

Hoy en día la batalla exige hombres que luchen con claridad a favor o en contra de la Tradición de la Iglesia. Y si se da el caso de que un pontífice adopte una postura contraria a la Tradición, debemos distanciarnos respetuosamente de él permaneciendo firmes dentro de la Iglesia de la cual él y no nosotros parece que quisiera separarse. Un valiente teólogo como monseñor Melina dispone de todos los medios intelectuales para entender que se pueden resistir los errores doctrinales y pastorales de un papa sin faltar al amor y a la devoción que debemos profesar a la cátedra de San Pedro. Ha pasado la hora del minimalismo, y ha llegado el momento en que la verdad y el error deben mirarse cara a cara y no hacer concesiones. Ésa es la única posibilidad que tiene la verdad de triunfar. Necesitamos hombres que combatan y que si es necesario caigan. Pero honrosa y dignamente.

 

Adelante la Fe – 10 agosto 2019

Roberto de Matteipublicado el