Bendiciones homosexuales. El Papa marca distancia de la prohibición, pero en el año 2000…

Sandro Magister de L'Espressopublicado el

(Sandro Magister, L’Espresso – 24 marzo 2021) La paralización ordenada el 15 de marzo por la Congregación para la Doctrina de la Fe de las bendiciones a las parejas del mismo sexo ha  marzo desencadenado un amplio movimiento de rebelión en la Iglesia, con epicentro en Alemania y Bélgica, donde también destacadísimos obispos han rechazado la decisión de Roma y se han burlado públicamente de ello.

Pero a partir del domingo 21 de marzo la principal incógnita es ahora otra. Y se trata del Papa.

¿Francisco comparte o no este «Responsum» de la Congregación que vela por la correcta doctrina de la Iglesia?

El documento lleva las firmas del cardenal Luis F. Ladaria, prefecto del dicasterio, y del arzobispo Giacomo Morandi, su secretario.

Pero en él se encuentra escrito también que “el Sumo Pontífice Francisco, en el curso de una Audiencia concedida al Secretario de esta Congregación, ha sido informado y ha dado su asentimiento a la publicación del ya mencionado ‘Responsum ad dubium’, con la ‘Nota explicativa’ adjunta”.

Sin embargo, ya en esta formulación hay indicios que hacen pensar en un menor involucramiento de Francisco respecto a las “Responsa” de la misma Congregación.

En ocasiones anteriores el Papa había dado audiencia preliminar no al secretario, sino al cardenal prefecto del dicasterio, y no simplemente para ser “informado” y “dar su consentimiento a la publicación”, como en este caso, sino para algo más exigente: “aprobar”, es decir, hacer suya la decisión, y “ordenar” que se publique.

Del boletín oficial de las audiencias se desprende que el secretario de la Congregación, monseñor Giacomo Morandi, fue recibido por Francisco el 28 de enero, mientras que el cardenal prefecto Ladaria fue recibido por última vez el 18 de marzo, tres días después de la publicación del «Responsum», cuando ya había estallado la rebelión contra la prohibición.

Los rebeldes, en realidad, no apuntaban tanto a Francisco en persona. Más bien lanzaban sus dardos contra la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Vaticano, la institución eclesiástica. Implícitamente, como en otras ocasiones, tendían a separar al Papa de la curia y a absolverlo de su responsabilidad directa.

¿Y él? Les siguió el juego. En el Ángelus del domingo 21 de marzo añadió de improviso un par de glosas al texto que estaba leyendo, para marcar distancia también él de esas rigideces y arideces clericales y elitistas, que son su objetivo habitual, como Papa que está del lado del pueblo contra la institución.

Este es el pasaje con las palabras subrayadas que Francisco agregó improvisadamente:

“Se trata de sembrar semillas de amor no con palabras que se lleva el viento, sino con ejemplos concretos, sencillos y valientes, no con condenas teóricas, sino con gestos de amor. Entonces el Señor, con su gracia, nos hace fructificar, incluso cuando el terreno es árido por incomprensiones, dificultades o persecuciones, o pretensiones de legalismos o moralismos clericales. Esto es terreno árido”.

Unas horas más tarde, puntualmente, llegó la doble confirmación de que se trataba exactamente de eso, de una alusión del Papa, ciertamente no benévola, al «Responsum» contra las bendiciones de las parejas homosexuales.

La doble confirmación llegó -con la ritual referencia a “fuentes vaticanas autorizadas que desean permanecer en el anonimato”- de dos destacados vaticanistas que desde hace tiempo se cuentan entre los más cercanos a Jorge Mario Bergoglio: el irlandés Gerard O’Connell y su esposa, la argentina Elisabetta Piqué, respectivamente en la revista jesuita neoyorquina «America» y en el diario bonaerense «La Nación«.

El resultado de este distanciamiento alusivo del Papa es que a partir de ahora el «Responsum» contra las bendiciones de las parejas homosexuales será considerado por muchos una mera “opinión”, tal como como lo definió desde el principio el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, el obispo Georg Bätzing de Limburgo, en cuya diócesis -como en muchas otras del mundo- se practican desde hace tiempo esas bendiciones.

Y ciertamente no se interrumpirán, con el papa Francisco permitiendo todo y lo contrario de todo sin decir nunca claramente lo que realmente quiere. Como ya ocurrió con la Comunión eucarística compartida entre católicos y protestantes, tras su memorable “sí, no, no sé, háganlo ustedes” que desarmó cualquier intervención correctiva posterior de la Congregación para la Doctrina de la Fe o del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos.

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Esto es lo que sucede hoy. Pero hay un antecedente muy similar, pero de resultado opuesto, que es instructivo recordar.

Era el año 2000, con Juan Pablo II papa y con Joseph Ratzinger cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El tema en cuestión fue una declaración, la «Dominus Iesus«, firmada por Ratzinger y por el entonces secretario de la Congregación, Tarcisio Bertone, que reafirmaba una piedra angular absoluta de la fe cristiana: que la salvación de todos viene a través de Jesús y sólo por él.

También se dijo que Juan Pablo II había “ratificado y confirmado” la declaración, “con conciencia cierta y con su autoridad apostólica”.

Pero eso no impidió que también entonces surgiera una ola de rebelión, incluso por parte de obispos y cardenales de primer nivel.

Y también entonces el objetivo explícito no era el Papa, sino más bien la Congregación para la Doctrina de la Fe y su cardenal prefecto.

Hubo incluso quienes -como el historiador del Concilio Vaticano II, Alberto Melloni- atribuyeron la redacción de la “Dominus Iesus” a la “incompetencia” de “colaboradores de la Congregación” no especificados, a los que el propio Ratzinger “en conversaciones directas demostró que no apreciaba y no conocía”, y todo ello para sabotear el papado de Karol Wojtyla “por su actitud ecuménica y sus tesis sobre el Dios del Corán”.

Pero no ocurrió en absoluto que Juan Pablo II se distanciara luego públicamente de ese documento, en un Ángelus posterior. De hecho, ocurrió todo lo contrario.

Para empezar, dada la magnitud de las protestas, el papa Wojtyla convocó al cardenal Ratzinger para discutirlas y decidir qué hacer. De la misma manera que hace unos días el papa Francisco convocó al cardenal Ladaria a una audiencia.

¿Pero qué pasó en esa reunión? ¿Y en el Ángelus del domingo 1 de octubre de 2000? Dejemos la palabra al propio Ratzinger y a cómo escribió al respecto -como Papa emérito- en un libro de 2014:

“Ante el torbellino que se había creado alrededor de la ‘Dominus Iesus’, Juan Pablo II me dijo que en el Ángelus tenía la intención de defender inequívocamente el documento. Me invitó a escribir un texto para el Ángelus que fuera irrefutable y que no permitiera una interpretación distinta. Tenía que emerger de manera del todo incuestionable que él aprobaba el documento incondicionalmente.

“Preparé, por tanto, un breve discurso; no quería, sin embargo, ser demasiado brusco, por lo que intenté expresarme con claridad, pero sin dureza. Después de leerlo, el Papa me preguntó de nuevo: ‘¿Realmente es lo bastante claro?’. Respondí que sí.

“Quien conoce a los teólogos no se asombrará del hecho que, a pesar de todo, hubo personas que seguidamente sostuvieron que el Papa había tomado prudentemente las distancias de ese texto”.

Obsérvese la ironía totalmente ratzingeriana de estas dos últimas líneas. Ciertamente no es aplicable al papa Francisco, quien en su Ángelus de este 21 de marzo tomó distancia realmente del «Responsum» contra las bendiciones de las parejas homosexuales.

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